En ocasiones la cultura puede convertirse en una bandera política. Como nos ha mostrado la historia, las banderas culturales pueden ser instrumentalizadas por algún grupo político para alcanzar el poder, o pueden ser estimuladas desde sus propias bases para aliarse con determinados grupos políticos. Incluso, a veces ocurre que los grupos de presión (lobby) deciden postularse directamente a cargos públicos. En nuestro caso la reciente detención de un famoso personaje político es aliciente para pensar esta tendencia. Una que refleja una larga historia de enfrentamientos entre dos movimientos a nivel mundial. Expongamos brevemente el desarrollo de estas luchas.

Con las marchas y protestas de mayo del 68’ el mundo parecía entrar a un nuevo estadio cultural revolucionario  manifestado a través de la juventud organizada bajo la estela de banderas pacifistas como “Peace and Love” o algunas más contestarias como “prohibido prohibir”. Sin embargo la revolución del sexo libre, las drogas y el rock and roll se internalizó –dejando atrás sus pocas facetas radicales- en el común de la población. Ahora, las nuevas generaciones a nivel mundial, aunque reconocen parte de este legado, están cada vez más emparentadas con las concepciones que surgieron en contra de este movimiento. Es decir, están más relacionadas con el neoconservadurismo estadounidense y europeo, y con el fundamentalismo cristiano en sus diversas formas.

Este asunto, que pareciera ser de índole únicamente cultural, es importante más allá de esa esfera, ya que ha repercutido en la instauración de un régimen político y económico que se identifica con ese discurso. Con la instauración del neoliberalismo a partir del Congreso de Washington, la doctrina económica vino acompañada de un discurso conservador que respondía tanto al discurso dicotómico de la Guerra Fría (el bienestar material individual por medio del capitalismo o la redistribución económica por medio del comunismo) como a las críticas que había lanzado el movimiento juvenil de la generación de los 60’s. El nuevo discurso se basaba en la noción de recuperar el aprecio por las cosas simples de la vida, la enseñanza de que cada uno debía de aceptar el lugar que Dios le había dado en el mundo y esforzarse para ser mejor. Los críticos neoconservadores manifestaban que los revolucionarios del 68’ se equivocaban por pedir mejores condiciones de vida en el marco de la Guerra Fría. Afirmaban que lo que debían hacer era aceptar su lugar y proteger a sus familias con ayuda de Dios, dado que su situación podría ser peor.

Este nuevo discurso trajo a colación tres conceptos que hoy en día son espinosos en todas las naciones: Dios, la nación y la familia; tres principios cuya protección algunos políticos comenzaron a declarar en público como su mayor objetivo. Este asunto es importante porque las consecuencias de esta lucha cultural se nos presentan hoy en día como una pelea de poder. Mientras el neoconservadurismo se mantuvo incólume en el mundo –más o menos hasta poco antes de la mitad de los 90’-, el discurso oficial era presionado por minorías organizadas a incorporar o repeler iniciativas políticas que favorecían reformas en cuanto a la concepción cultural de estos principios. En algunos países el ataque fue más contra uno de los conceptos que contra todos, pero como esta situación difiere según la zona del mundo de la que hablemos, nos concentraremos en el caso americano.

En Estados Unidos, donde también habían surgido ambos fenómenos anteriores, el feminismo, el movimiento pro derechos humanos, el movimiento LGTBIQ, entre otros, terminaron adhiriéndose al esquema tradicional de las consignas políticas esgrimidas por los distintos partidos.  Esto generó una brecha política entre un extremo estadounidense neoconservador, religioso, nacionalista y pro-familia, y otro progresista, cosmopolita, pro-derechos humanos y de género, etc. Después, los siguientes 30 años han sido la historia de la lucha política entre estos dos movimientos, uno heredero del movimiento del 68’ y el otro heredero de su reacción. Tales grupos tienen activa representación en el mundo y se encuentran tras la pelea en diversas naciones por la ascensión al poder de personajes como Donald Trump en Estados Unidos, Rodrigo Duterte en Filipinas o Jair Bolsonaro en Brasil. La reacción se ha impuesto nuevamente en los últimos años, y en el caso peruano, aunque el discurso pro-familia que se enfrenta a la llamada “ideología de género”, entre otras consignas, también se encuentra disperso en diversos grupos de presión de raigambre evangélica o católica. Este además posee aliados potenciales y efectivos en el campo de la retórica política.

Hace poco uno de sus aliados parece haber caído. Hoy en día aun no estamos seguros si la “señora K” terminará presa, ni tampoco si al fiscal José Domingo Pérez terminarán convirtiéndolo en héroe nacional -¿Quién sabe, si Ricardo Gareca tiene una estatua en Lima, por qué no? El punto, sin embargo, es que esta concepción de la política y de la cultura no termina con el encarcelamiento de un personaje. Mucha gente la quiere presa porque la perciben como corrupta, pero muchos de aquellos que la pretenden presa no piensan realmente de forma diferente a ella. Su concepción cultural y política es la misma, y eso significará que surgirá un nuevo candidato para esa demanda electoral. No hay que engañarse, cuando una cabeza es cortada, casi con seguridad, la hidra regenerará una nueva.