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Al colegio no voy más

David es un niño de cabello trinchudo. Él es “chacotero” y no entiende por qué Diosito creó la escuela. David anda muy fastidiado, realmente no quiere ir. Cerca de la entrada del colegio, cuando está a unos pasos de llegar, se dice: “¿Voy o no voy?”. “Mmm… ¿¡Pero si no aprendo nada!?”

No es difícil hallar la respuesta: David se da media vuelta y se va. Pero, ¿cuál es el destino de este joven alumno de escuela fiscal de los setenta?

La Plaza San Martín lo espera. Y, de entre su fauna confusa de karatekas, payasos, polemistas políticos de viejo fuste, faquires y pirañitas que aspiran bolsas de terocal, una persona en especial: el histórico mimo Acuña. David, los universitarios de la sede sanmarquina del Parque Universitario y cualquier curioso que por la plaza ande, se detienen para ver a este mimo egresado de la Escuela Nacional de Arte Dramático (Ensad) contar sus historias divertidas y comprometidas. El público que parado lo ve se mata de risa.

De la Universidad al taxi, y del taxi a la plaza

Han pasado 45 años desde que Acuña decidió hacer teatro callejero. En efecto, fue justo un 22 de noviembre del 68’ el día en que Acuña plantó cara al azaroso destino, y se fue a la Plaza San Martín a ganarse la vida. Antes había trabajado en provincias llevando arte a comunidades campesinas y en la universidad de Huamanga en donde fue director de su escuela de teatro. Por circunstancias del intenso compromiso político de Acuña, este fue expulsado.

Retornó a Lima con la esperanza de encontrar trabajo y poder mantener a su familia (una esposa y cuatro hijos), pero el destino le jugó una mala pasada al hacer que se averíe el motor del carro que Acuña taxiaba. La solución a tanta desventura pasaba por seguir un consejo de su tío Silverio, del barrio Morona de Iquitos: “Nadie se muere de hambre que para eso están las historias”. Así, un 22 de noviembre, Acuña iba a la Plaza San Martín con un megáfono y una canasta de mimbre en la que portaba sus herramientas de trabajo y le decía al primer hombre con el que se encontró: “Tú eres el espectador y yo el actor”. Acuña, con lo aprendido en las comunidades, estaba construyendo el teatro callejero y social.

Hoy, para conmemorar estos 45 años de actividad artística callejera, Acuña está nuevamente en la Plaza San Martín después de radicar buen tiempo en Suecia.  Si Ayer fue César Vallejo, José Carlos Mariátegui y Atahualpa Yupanqui, hoy Acuña recuerda a Ho Chi Minh, el líder de la resistencia vietnamita en la guerra contra EE.UU: “Ni el camino es tan largo, ni estoy solo”, se lee, escrito con tiza –como acostumbra hacer-, en la explanada donde actuará. A su alrededor, la gente variopinta se apretuja e intenta respetar los bordes, también hechos con marca de tiza, que separan el espacio del actor y del público. Muchos de ellos se enteraron por un aviso de El Comercio y por las redes sociales.

El maquillaje de Don Jorge

Precisamente, el artículo que el periodista costumbrista Antonio Muñoz Monge había publicado en la sección cultural del diario de los Miró Quesada el domingo último informaba esto: “Como homenaje a su primera función, Acuña actuará en la Plaza San Martín el sábado 22 a las 4 p.m”. Siendo las 4:05 pm, el “exigente” público pedía furtivamente a Acuña que empiece. Este, que se encontraba dialogando con los serenos sobre el permiso que tenía para actuar en la plaza, respondía: “En el piso he puesto la hora, empieza la función a las 4:10 pm”. Cosa que estaba al costado de la citada frase. El “exigente” respondía: “¿Pero hora peruana o sueca?”. Risas.

Después de unos aplausos y unas escalinatas colmadas, Acuña coge una sombrilla y, desde la primera grada, mira con los ojos más inocentes al público.  Empieza a bajar. Lleva un saco con cuadraditos de colores que intenta poner en un perchero invisible. Cuando lo pone y se voltea para hacer una llamada en un teléfono sin cable, el saco cae. A su turno, parte del público ha decidido realizar eso que suele hacerse cuando hay un evento de relieve: tomar fotos. “Muévase, pe, joven”, le dicen a un muchacho que saca su poderosa Canon para inmortalizar a Acuña, pero que impide la vista.

Jorge, por otro lado, tiene 83 años y se mueve como un artista que dibuja con delicadeza un lienzo. Hablando de pintar, el mimo estrella del Perú, va nuevamente hacia la escalinata para empezar con la sesión de maquillaje. Miéntras va a su “camerino”, el actor da detalles sobre la labor del mimo. Indica al público que antes el artista usaba máscaras, pero que con el tiempo el artista las fue eliminando al hallar el maquillaje.

Jorge se pinta, es sumamente prolijo. Parece una dama. Usa un espejo que cuando le da el fuerte sol deja ciego por segundos a quien se topa con el reflejo.

Este maquillaje lo preparo en casa; y está compuesto de vaselina sólida, tierra de color y un poquito de mantequilla de cacao- nos informa.

“En los labios, dice Jorge, es otro el color. Lo único que cambia es la tierra de color”, que no es llevada. Cuando su cara está completamente blanca, tal cual sus cabellos, Jorge se pinta las cejas, “encima de las cejas”. Y, bajo los ojos, se pone dos puntitos. El artista, ya pintado, ahora empieza a hablar sobre la pantomima, una rama artística que es 800 años más antigua que Cristo y que hace un uso intenso de los gestos, los ademanes, las actitudes y el movimiento total del cuerpo. La pantomima o mimo, comunica Jorge por su espacioso escenario, es representada en “las falderas de los cerros, en las colinas, en plazas, como ahora…”.

El proletario, la leche y las ratas

Es el año 1952 y a Lima están llegando los migrantes. Uno de ellos es un joven que quiere (sobre)vivir en la ciudad de “la bestia de las mil cabezas”. Ha comprado un periódico. Busca trabajo. Al abrirlo, lee un aviso que dice: “Laboratorio de prestigio busca joven que trabaje”. Este queda en Breña. “Un golpe de suerte”, piensa el joven provinciano. Al presentarse al citado laboratorio, muy temprano a las 6:00 am., el joven ve que hay 135 provincianos esperando por el trabajo. Él se une: ya son 136. A las 8:00 am. ,450. A las 8:30 am., la fila empieza a avanzar.

El jefe de personal, “alto, flaco y hocicudo y de largos bigotes” va entrevistando a los postulantes.

-¿De qué parte de la provincia eres?-le pregunta el jefe de personal.

-¡De la selva!-responde el joven.

-Oh… me han dicho que los de la selva son trabajadores-le comenta complacido.

-¡Así será!-responde con amabilidad y sin pensar muy bien en lo que dice el joven.

-¿En dónde has trabajado antes?

-En una lavandería.

-¿Y cuánto te pagaban?

-Siete soles diarios.

-Oh…-reflexiona el jefe de personal-. Acá te aumentaremos el sueldo… Recibirás ocho soles diarios.

El ánimo del joven se ha vuelto una montaña rusa. De la subida ahora toca la bajada. El jefe de personal prosigue:

-Tu trabajo consistirá en ir a las jaulitas y darles pan y leche a  los ratones. Los alimentaras y limpiarás la jaula.

El joven cumple lo que se le pide y alimenta a los ratones de ojos azules y hocicos rosados. Se le paga, sí, pero el jornal se le va en pagarse la pensión que de comida solo le dan agua y pan por las tardes, las colaboraciones a un paisano que se está instalando en la ciudad y el transporte de la pensión al trabajo. Es un sueldo de miseria. Pronto, no solo ha bajado de peso, llegando a pesar 45 kilos, sino que sufre serias transformaciones corporales: los dientes se le empiezan a caer y le salen ojeras “del tamaño de la noche”.

El joven, además de protector de las ratitas, es filósofo. Una noche se pregunta.

-¿Por qué las ratas toman leche y los obreros no toman desayuno?

La duda lo lleva a la reflexión, y de la reflexión pasa a la acción. Desde ahora tomará leche y pan y las ratas tomarán agua y pan. El cambio de dieta genera nuevamente transformaciones en él: engorda y “le salen chapitas en la cara”. Algo similar ocurre con las ratas. A ellas se le caen los dientes y les salen ojeras.

Las autoridades ven un apocalipsis. Organizan con prontitud una sesión permanente que dura tres días y tres noches. Intentarán saber qué diablos les pasa a las ratas. Todo el aparato organizacional se moviliza. Se intentará descubrir “el secreto de la muerte” y para eso crean pociones, medicamentos, fármacos. En tanto, se oyen unas risas; son las del remozado joven que bebe leche y quien es el único que tiene la respuesta.

El jefe de personal, está muy demacrado con la situación que viven las ratas. Un día, yendo para su casa, entra a una tienda para comprar dos velitas de a cincuenta cada una. Al llegar a su hogar, se las enciende para la Virgen de las Mercedes. El jefe inicia una oración pidiéndole a la Virgen que le ayuda a resolver el problema de las ratas. “¡Sálvalas, por favor!”, reza. Cuando cae la noche, al jefe de personal se le aparece la virgen en sueños. Ella le dice: “mañana te esperará la respuesta al problema en el lavadero de pomos del laboratorio”.

Rápido al llegar al centro de labores, el jefe de personal se aparece en el cuarto que le ha encomendado la virgen. En el cuarto ve al joven, la cocina está encendida y sobre ella una olla… ¡Con leche!

-¿¡Por qué calientas la leche?

-Es que… cruda me hace daño.

El jefe lleva entonces al joven donde el Señor Gerente. En el salón de la gerencia, hay un hombre gordo, calvo, vestido con un impecable terno de casimir inglés y camisa blanca, lleva además un “reloj que marcaba el tiempo y la vida de todos los obreros del laboratorio”. El jefe de personal empieza con las acusaciones. Tres en total. Una de ellas, la más resaltante, es:

-He ahí, señor Gerente, ese inhumano que no se compadeció de las ratitas.

Al oír las acusaciones, el Gerente se puso furibundo, y recriminó al joven con esta pregunta:

-¿Y tú, por qué te tomabas la leche de mis ratas?

El joven respondió sin temblar, “como se acostumbra entre ladrones” y dijo:

-Señor Gerente, me tomaba la leche de sus ratas en vista de que con los ocho soles que Ud.me paga, no me alcanza para tomar desayuno.

Los gerentes, al no entender nunca de estas cosas, ponen cara de enigma. Y suelen despedir a los trabajadores que les dicen la verdad. Este, por ejemplo, señaló con su gordo dedo la puerta de salida al joven. Desde aquella vez, el joven se gana la vida contando historias en las calles y plazas. Y cada vez que ve a un gerente en una plaza suya, el joven le dice al público:

-¡Allá va uno! ¡Allá hay uno que se está yendo!

Y, Jorge, superando las barreras de la ficción y la realidad, se abre paso entre el público y va al centro de la plaza, caminando con su particular rapidez, mirando, distinguiendo, preguntando a la gente que pasa si ha visto al gerente que solo le da ocho soles de salario a sus trabajadores. A los segundos regresa con una sonrisa, agradece y dice:

-Este fue el cuento “El ladrón que robó al ratón”.

Todos aplaudimos al creador de “La Sopa”, artífice del cuerpo como símbolo. El sombrerito con una flor roja en la copa es pasado por el propio Acuña. Luce lleno  luego de haber circulado por toda la rotonda formada. Pero, como dice un hombre moreno que lleva un bastón que hace de presentador, “los milagros de amor no se repiten dos veces”. Y esta vez las almas han sido llenadas hasta desbordarse en Plaza San Martín, cuna del arte de la calle por antonomasia. Nos lo dice la sencilla alegría de un niño que celebra el sabor de una no recomendable porción de “La Sopa”, preparada con mucho cariño por Acuña. Para saber en qué consiste, el lector deberá salir más por la ciudad y encontrarse a un mimo (que han aprendido las lecciones del maestro Acuña) o, en su defecto, exigir más arte callejero. Con cualquiera de las dos opciones se sale ganando.

Fuentes:

http://impresentable-impresentable.blogspot.com/2011/01/el-ladron-que-robo-al-raton.html

https://redaccion.lamula.pe/2014/11/22/acuna-vuelve-a-las-calles/jorgefrisancho/

https://limaenescena.lamula.pe/2012/02/02/jorge-acuna-el-mimo-es-el-origen-del-hombre/rosanalopezcubas/

https://cazapropia.lamula.pe/2013/09/03/el-estruendo-del-silencio/eloyjauregui/

http://elcomercio.pe/eldominical/actualidad/mas-importante-mimo-peru-estara-plaza-san-martin-noticia-1771553