Editado por Katherine Perez

Una guerra que se tomó en serio tras la muerte de Kiki Camarena, agente federal de Drug Enforcement Agency. Una guerra que se veía venir desde que se apresó a Félix Gallardo en Guadalajara, el “jefe de jefes” que vaticinó el baño de sangre entre Tijuana, Juárez y Sinaloa.  Hoy en día, esta guerra ha hecho que México sea el segundo país más peligroso del mundo, teniendo una alarmante cifra de más de 300.000 homicidios dolosos entre 1988 y 2018, sin contar aquellos asesinatos de los que no se tiene conocimiento. Las secciones del país controladas por el narcotráfico han puesto a México en jaque, atacando la fuerza estatal y corrompiendo el estado de derecho. Siendo este un problema acarreado desde 1980, ¿Por qué el Estado no pudo frenarlo antes? Antes de que se torne tan sanguinaria como lo es ahora, cuando solo una persona controlaba las plazas y aseguraba que no se desataran guerras entre ellas. México actuó demasiado tarde, el PRI cooperó con el narcotráfico mexicano incluso después del ascenso de los carteles independientes, era de esperarse que en 2006 explotara el índice de violencia pues las tensiones entre carteles estaba por estallar. Desde 2006, México es un país en jaque, donde la violencia no se limita a unos cuantos estados, si no, está expandida por todo el territorio y su gran poder derriba la escasa fuerza que aún le queda al Estado. 

Partió de tres sectores con un alto índice de violencia, los cuales eran las áreas ocupadas por Juárez, Tijuana y Sinaloa. Sin embargo, no solo se ha expandido la violencia a lo largo del territorio, si no que han surgido carteles más sanguinarios que sus predecesores. Con el ascenso de la nueva generación de Jalisco y los Zetas a partir del 2006, México fue un baño de sangre que el gobierno de Felipe Calderón no pudo controlar. Aquí se detecta el primer problema que facilitó el incremento de la violencia: las acciones del poder ejecutivo no eran suficientes. Se necesita mucho más que una declaración de guerra, mucho más que tener al presidente disfrazado de militar, se necesitan acciones concretas que fortalezcan las instituciones de la defensa del país. Es verdaderamente escandaloso que en medio de esta “guerra”, los Zetas hayan podido sobornar sistemáticamente a policías con el fin de no tener trabas al momento de transportar las drogas, e incluso hayan llegado a callar cuando presenciaron secuestros u homicidios. Más de 1.600 militares cambiaron de bando durante la guerra contra las drogas, y 312 FF.EE pidieron retiro voluntario. Se evidencia claramente un desbalance de poder, donde el dinero y el miedo son más efectivos que todo el poder con el que cuenta un mandatario. Claro, suponiendo que el mandatario pondría primero el bien común del pueblo y no su propio bolsillo…

Audiencias del Chapo Guzmán, Brooklyn, ex-narcotraficante confiesa que tanto Felipe Calderón como Peña Nieto recibieron dinero del cartel de Sinaloa a cambio de protección para los carteles. Lo más grave, es que este testimonio concuerda con el de “Rey Zambada”, uno de los testigos clave del caso, el cual afirmó que “el sistema entero está comprado por Sinaloa”, especificando que la Fiscalía General, Seguridad Pública e inclusive la Interpol estarían compradas por el Chapo Guzmán. Un sistema estatal completo arrodillado ante el poder y el dinero del narcotráfico, ante la influencia que este es capaz de mover. ¿Dónde quedan las políticas públicas e institucionales que lucharán contra el crimen organizado? No se pueden olvidar las 300.000 muertes que han ocurrido en México desde el 2006 a día de hoy, por motivos relacionados al narcotráfico. No pueden dejar de buscar a los desaparecidos, son más de 60.000 mexicanos los que faltan. Las cifras hablan por sí solas, puede que las autoridades nieguen el problema, pero las estadísticas existen y harán que organismos internacionales estén conscientes de lo que sucede en México a día de hoy. Puede que el sistema completo esté corrupto, que los presidentes hayan preferido el dinero al bien común de su pueblo, pero los 300.000 muertos y 60.000 desaparecidos pesarán sobre el historial de los gobiernos de los últimos quince años. La corrupción gubernamental que permitió que crezcan los carteles es una deuda gigante que el poder estatal le tiene a México, y que no podrá ser pagada ni con todo el dinero que el narcotráfico haya movido alguna vez.

Ni Calderón, ni Peña Nieto, mucho menos AMLO. Ningún presidente ha podido detener la guerra contra el narco, una guerra que pone a las capacidades del Estado contra las cuerdas. Sea por corrupción, respuestas tardías, o deficiencias en las funciones, es una guerra en la que, hasta ahora, México queda derrotado. Los nuevos carteles desafían a las instituciones de defensa mexicanas, al ser más sanguinarias, llegando a intimidar incluso a las Fuerzas Especiales. La corrupción propia de los carteles de la vieja escuela ha llegado a los estratos más altos de gobierno, haciendo que sus delitos queden impunes en territorio nacional y que las instituciones que deben defender a los ciudadanos, los protejan a ellos. Una situación de violencia que viene desde el siglo pasado, pero que ningún mandatario puede manejar apropiadamente. No será fácil que México salga vencedor de esta guerra, al menos no a corto plazo. La lucha anti-corrupción globalizada en todo el sistema estatal mexicano podría contribuir en gran medida a que las políticas sean más efectivas, ya que los efectivos responderían a los intereses de la población, y no a los de los carteles. Además, se podría plantear que la lucha contra el narcotráfico se enfoque más en cortar el flujo de dinero que va hacia los carteles, lo cual los dejaría sin liquidez suficiente a corto plazo, y un buen equipo policial, inteligencia de alto nivel y FF.EE con la suficiente preparación armamentística podrían sacar una importante ventaja.  Es cierto, era mucho más fácil que México gane la guerra hace treinta años, pues el actuar de los carteles y sus métodos eran más predecibles y no llegaban a ser sanguinarios. No obstante, aún no es tarde. México está en jaque, mas no es un jaque mate. Las piezas aún se pueden mover para no elevar más el número de muertos y desaparecidos, para frenar el crecimiento de carteles tan salvajes, para desarticular lo iniciado por el “Huarache” Félix Gallardo, que más tarde consolidó Joaquín “Chapo” Guzmán, para desaparecer por siempre el miedo sembrado por el narcotráfico.