I

Somos todos un grupo de jóvenes, estamos a punto de entrar en un gran proyecto y, como todo lo que tiene que ver con organización, necesitamos comunicarnos. Alineados instintiva y ritualmente en círculo, una da la inminente intervención:

– ¿Y cómo hacemos para contactarnos?

La “más más” nos dice: “Obvio, creemos un grupo de Whatsapp”.

Y yo, como no tengo nada que perder, me arrebato:

– Aguanta… ¿Usted se está burlando?

Le muestro mi celular LG viejito, sin el juego de “la culebrita” o “el gusanito”. Movistar pero con el fondo de Claro que heredé de mi tío el “mago” Nacho que está en Canadá -el país- y que ya quisieras tú tener uno como el mío, con su potente linterna salvadora de oscuridades y su gráfico horario mundial para saber a qué horas sueña esa amada… Sirve.

Todas se ríen. Solo una mantiene la compostura. De hecho que me ha mirado a lo largo de las sesiones de capacitación. Yo soy pelucón, soy el mayor de todos los pulpines que hay en el área de servicio, en vez de sentarme me duermo panza arriba en el asiento y no me importa nada. Digo lo que pienso y quiero fiestas y… Acaban de leer ustedes el primer prejuicio hacia mi persona.

Entonces ella suelta, al ver mi aparatito, dando una pregunta hacia un arquetipo que la tiene cansada:

-¿Usas eso porque… eres antisistema?

Prendo la radio. La inolvidable: “Nooooo, mi amorrrrr…”

II

En un primer momento, yo viví en un paraíso en que los hijos confiaban en la palabra que le daban a su madre, pero su madre nunca les creía, o vivía por lo menos en un mundo en que la calle era tan hermosa, tan pródiga, tanto me daba que yo subvertía los horarios en que tenía que volver a  casa.

Repito, la calle era hermosa, como hermoso era el césped de los parques al costado de la fábrica de D’onofrio; como hermosas fueron las noches en un cuadradito lo suficientemente grande como para albergar a una treintena de niños de diferentes partes jugando un triangular con cuatro bancas como arcos. Todo esto allá en Mirones, en la calle, mi alegórica segunda madre.

Pero, además de una irracional tendencia hacia la calle, tenía y tengo un sesgo hacia la conservación. No sé si sea avaro o algo parecido, pero en la medida de lo posible prefiero obtener algo de la manera más económica posible. Felizmente, tengo mis desbordes y eso me encanta, pero – !vamos!- supongo que es por una infancia en la que tener cincuenta céntimos, o un sol en el bolsillo, me hacía sentir que tenía un tesorito directo a ser gastado en el lugar más indicado para que no me ataque el hambre o esas ganas propias de un niño que desea tener cuanto antes una galleta con un sticker de su anime favorito dentro, unos taps o algún jueguito de entra tanta chuchería que venden fuera del colegio.

Eso era, calle y conservación (económica).

De pronto, llega el año 2006 y ya en el salón se habían estado mostrando señales de que el fenómeno de la tecnología se estaba apropiando de nuestro cuerpo y nuestras vidas, creando entre nosotros extensiones y necesidades casi biológicas: el celular.

Pocos eran los que nos librábamos, y aún veíamos en el celular más que una forma de comunicarnos, un juego: estaba el “celu-disco” de mi amigo Farro, quien lo prendía y salían luces psicodélicas y todos alucinábamos; luego estaba Omar, quien se iba atrás del “lonsa” solo para timbrar furtivamente.

-Ring, ring, ring- y Lessa, con toda esa sensualidad de sus hombros altos y comunicativos, se cogía sobresaltada la parte baja del vientre.

Nos reíamos los hombres. Esos eran los usos del celular por ese entonces.

III

– “Tienes que tener tu celular”, me advertía y amenazaba mi viejita. Yo solo reaccionaba como un perro malcriado. Mi gruñido era un “no, má, ¿pa’ qué?”.

-“Para saber dónde estás, pues oye”.

Yo estaba en tercero de secundaria, el reggaetón era la moda con sus letras, los nombres, las ropas anchas y el “gatafiera”. En los barrios empezaron los “guerreos”. Daba un poquito de miedo ya salir.

Su carcaza era negrita, solo tenía dos colores: negro y naranja. Hasta daba algo de pena por su tamaño y yo lo defendía porque le costó a mi madre, y, eso sí, tenía snake.

“Paltea esa vaina”- se quería complicar mi amigo el orejón una mañana de invierno frente a la escuela.

-“Pero por lo menos tengo, ¿no?”.

-“¿Y para qué diablos quiero un celular así? Pa’ eso prefiero no tener nada mejor”.

Me quedé en silencio. En ese momento perdí. Pero no por eso deseé un celular más “parado”. ¿Algo o nada? De entrada aquí vienen las valoraciones. No sé si fue desde ahí que me decidí por lo simple.

IV

Dos años después de esa pequeña grezca, tiempo en el cual mi celular pasó incólume al insulto en ese colegio de todas las sangres que era Trilce, una noche me vino a buscar Fichín. Quería ponerse al día en los apuntes pues faltó al colegio. Era muy tarde para hacerlo entrar, cerca de las once. Entonces bajé, pero abrigándome un poco. Por esos días se construía en toda la avenida un gran, pero inservible, by-pass. Las calles tenían mucho polvo y el silencio de esa noche era como una apología a la tranquilidad.

Conversaba con mi amigo, sobre la vida, el cole, sus amores y los míos; las locuras, cuando se aparece un cangry. Tenía una polera ploma, labios gruesos, tez más clara que la mía y lengua y modales “achorados”.

-“Batería –empezó con ese lenguaje y tono propio de los “faites”-, tengan cuidado, están robando bastante por acá, por la noche, de otros barrios. Yo se los digo pe’ porque vivo por acá y uno es yunta. No se palteen…”.

-“Pero a la firme que recién he salido de la cana y tengo que mantener a mis chibolos. ¿Ves para allá, barrio? Ya, ahí está mi batería. Así que dame lo que tienes, y tú también que –miró de reojo- ya conozco tu casa. Al toque nomás que estoy cargado –y su mano se acomodó en la correa-“.

Había sido todo un momento muy brusco. Como de costumbre mi amigo solo tenía un sol y yo me quedé traumado con eso que sabía en donde vivía. La protección de mi casa la convertía en una celda.

– “Toma…”-y el ladrón se llevó para siempre mi celular negro y naranja en esa noche de cielo callado, noche casi roja.

V

Con los años no me vencieron las ofertas ni las modas; seguía terco ante los intentos de mi madre por comprarme un celular con cámara.

-“¡No, má! Sin color, simple.” –hacía pucheros el manganzón-.

Eran años de radicalismo revolucionario, más “anarquista-monse” que comunista del s.XXI, y además, si lo compraba mi viejita y no yo, mínimo debía pedir lo más modesto. La conservación.

Y, sin embargo, hoy más que nunca encuentro mucho de sentido a esas elecciones. Solamente una vez he tenido uno con cámara, por cierto de muy mala calidad, y observé muy frustrado que su batería se agotaba en un día. ¡Qué frustrante para alguien al que su batería le duraba días! Por cierto, ese celular se perdió en una noche muy hermosa, el año pasado, en Vichama. Si uno extraña los celulares, siempre es el tono o su bandeja de mensajes recibidos.

Nadie me quita el tono, como de un sonido de cristales, al recibir un mensaje de mi segundo celular, ni tampoco nadie me borra de la memoria esos mensajes y el momento en que fueron recepcionados de ese antepenúltimo celular que poéticamente fue absorvido por la oscuridad de una fiesta en el Centro de Lima.

Todos se fueron y todos están conmigo, con su simpleza, su accesible utilidad y su limpia transparencia. De que se burla la gente, claro que sí, y mías he hecho esas burlas. Convendría el saber por qué se empeñan en insistir con ese asunto. No es que me moleste pero uno se pregunta: ¿por qué?

Evidentemente, para mí tiene una explicación de estatus. Tener cierto celular te da estatus. Por eso lo luces, por eso te endeudas: ¿entramos?  Y lo cochino de todo esto es que cuando llegan las burlas. Del estatus se pasa a la patanería que en sí misma es imbécil. Si ya no se cholea, se “telefonea”, por decirlo de algún modo. Y no es que me tengan de punto, por favor. Si no es que en las reuniones ya uno observa y algunos asistentes ponen ciertos gestos tan idiotas que afean por completo el tema. Qué triste que eso tenga que ver con el hecho de que en las reuniones… Pero esperen. Debía responder una pregunta.

VI

¿Qué veo en las reuniones, en los carros, en cualquier lugar donde hay gente de este tiempo? Para empezar, no voy a ser apocalíptico. Hay gente que se habla, ríe, discute, etc. El tema va en otros espacios sociales como el bus, el aula. Es hasta denigrante ver que se presta atención como máquinas al profesor sin ir al grano de lo que él dice, si no se sigue conscientemente la clase para iniciar ese aprendizaje tan fructífero que es el debate. Se apuntan las cosas en las laptops, se zonzea ahí, se entra al fb y se baja la pantalla con el mouse con una compulsión que a todos nos hace muy tristes. Pero se me puede acusar de que en este aspecto hablo de laptops y no de… esos aparatitos modernos llamados celulares. A pesar de que en mi consideración incluya a estos últimos.

Tenemos el caso de las reuniones. Me ceñiré en exclusivo a los celulares, aunque también hay cabida para el manipulable televisor y sus miles de canales que ahogan por completo una natural discusión humana. ¡Aún recuerdo cuando por una hora completa nos la pasamos viendo cómo se bailaba descaradamente salsa una noche en el barrio cuando debíamos estar hablando de, por ejemplo, la política vecinal, el pasado amoroso de tal pata, las peleas que alguna vez hemos tenido; cosas importantes, o sea, nuestras! Porque una cosa es ver porno con tus patas a cierta edad o ver “Two girl-one cup” antes de ir a un tono con toda la gente brava y otra cosa es pasarte una hora viendo cómo los peores representantes del género salsa reproducen el racismo y el machismo en sus conciertos cuando o puedes bailar, conversar de cualquier tema o conocer a una persona. Y si les choca que me afecte una cosa por una hora, ya entienden mi valoración por el tiempo.

Pero íbamos con las reuniones. Qué falta de vida, señores. Qué falta. De la última que tengo memoria, todos se metieron a conversar, ahí sí, a sus mundos virtuales; y a las cosas físicas que teníamos a nuestros costados, nada que ver. A tal nivel llegó ese texteo con la seguridad entendida en su lado más amargo, que me dije, como los cuentistas, si por lo menos el dibujo no cambiará a las personas, por lo menos que no me permita que cambie a lo que son ellos: y ahí nomás me puse a dibujar a un chiquillo que wassapeaba.

Para alguien que tiene a una familia muy conversadora, de muy fácil entrarle a la labia con conocidos y extraños –sobre todo en esto último-, tales situaciones lo llevan al colmo del disgusto. Y como para darle un cierre a este tema del ensimismamiento, ¿qué se conversa? Claro, es privado, ¿pero de veras nos ayudan como personas, nos ayudan a crecer o nos mantienen en lo mismo? Y no es que pretenda que constantemente todo sea una educación, qué aburrido. Pero las más de las veces me encuentro con personas con inquietantes niveles de vida interior que de inmediato acuso a sus celulares y al zombie poder que tienen sobre sus… “propietarios”.

Tal situación me lleva con una consideración llamémosla de postura. Es horripilante ver a gente encorvada caminando, sin importarle ni una mierda lo que pase a su alrededor. Metida, metidísima casi nihilistamente en su mundo de pantalla y botones. ¡Qué plaga la de esa tecnología! Y si me fastidia tanto es porque siento muchas veces que esa gente que anda tan feliz comunicándose, es una tabla tremenda frente al Otro –¡viene la antropología!-¡ No se comunica, no hace nada, no es proactiva, no siente inclinación ni empatía genuinas por nada.  Ya quisiera verlos con un libro, una revista. Son uno en un millón. Nuevamente, caracho, acuso a sus celulares que los tiene cual Gollums.

Lo dicho tiene relación con el momento. Mamita mía. Una vez me tocó animar un evento para niños en La Victoria. Como era de esperarse, los niños eran muy movidos y se entretenían bastante. Para el final del evento escolar, se presentó un grupo criollo traído por el alcalde, Los Ardiles. Se armó tal jarana, estimulada por una masiva y gratuita entrega de discos de ellos, que uno se sorprendía al ver el tremendo saoco con el que se movían la mayoría de las niñas. Sin vergüenza, sintiendo con alegría y armonía en todo el cuerpo la música. Disfrutando todos… a excepción de unas colegas de unos veintitantos que, ellas sí, con sus aparatos de marras, registraban todo y hasta tenían la conciencia de posar como si vivieran al máximo la fiesta. Yo quise aguarles el show por un rato y como si hubieran sido poseídas por una alma mala casi me corretean por arruinar una foto de ellas. Siempre hay una postura: a mí, que trabajo con niños, no me gustaría que terminen como muchos de mi generación: encorvados, sin vida interior, sin vida que los acompañe a comunicarse con otras vidas, con sabor a naturalidad.

Por otro lado, hay veces en que sí deseo poseer uno de esos aparatos. Es cuando veo un abrazo, cuando veo a una niña pintar sola en medio del parque un aviso, cuando veo el cielo, una calle, las estrellas, a dos hermanitos caminar por la ciudad, un perro mirando la nada, a su dueño, unos ojos perdidos, una mujer de la que me siento en un instante admirador… En esos momentos, no veo a nadie, ¡a nadie!, tomando una foto. ¿De qué sirve tener el aparato si este solo se usará para el artista hollywoodense inflado, marketeado, paquete, de qué sirve si ves la realidad tras tu pantalla y no tras los ojos que tu madre te ha dado? ¿De qué miércoles te sirve que hables tanto del momento si no disfrutas como debe ser ese momento? ¿Es que hipotecas el presente y lo guardas en la reserva de la intacta memoria del celular pero no de tu corazón y sentimientos? ¿Es eso? Nos damos cuenta que el problema no es simplemente de estética…

El problema viene a ser de libertad. Cuánto camino, cuánto disfruto, cuánto siento a la calle. Me gusta estar afuera, me gusta sentirla, perderme… Ver. Pero no me pierdo en San Isidro, Barranco, Miraflores –en esos dos últimos distritos, hay que ser sinceros- me he perdido muy bien-, sino que me pierdo en La Victoria, en Breña, en Villa El Salvador, Rímac, El Agustino, Pueblo Libre, Jesús María, Los Olivos, etc., y sobre todo en mi querido Centro. ¿Cómo no recorrer y recorrer, aún más de noche, esas calles de mi historia infante? Lo he hecho, lo volvería hacer… sufrir sus aceras, sus paredes, los rostros de sus gentes. Creo haber descrito buenas situaciones que he vivido y que me esperan por vivir, todas de esos momentos, y agradezco por ello a mi compañera Ingrid que estuvo conmigo y tanto ella como yo disfrutamos. ¿Con un celular como el que ustedes me venden y quieren que tenga habría caminado con tranquilidad por Jr. Lampa por la noche? ¿Por Azángaro? ¿Por el Palacio de Justicia? ¿Por Emancipación? ¿Por El Porvenir? ¿Matute? ¿Isabel La Católica? ¿Por la Breña vieja? ¿Por la Avenida Alcázar y todo lo que hay a su margen derecho? ¿Por el Cerro San Cristóbal? La respuesta es no. Aunque fueran aventureros, que sin duda los hay, siempre tendrán una respuesta, pero siempre tendrán un peso de más. No todo es perfecto, ustedes, los pocos, tendrán sus imágenes, pero a mí me basta con mi corazón –sin desgañitar el pétalo de una buena foto…-.

Qué triste puede ser eso del peso. La protección. La semana pasada me fui a comprar a Paruro un megáfono. Era de mañana. Llegó mi amigo a la hora, tarde. Compramos otras cosas y nos fuimos caminando como para la Av. México. Yendo y viniendo, por el hospital Almenara, a unas cuadras como regresando para Vía Expresa, en una pared amarillenta y muy vieja, se encontraban dos señores, del cual uno exponía su mercadería. Era todo digno de una celebración y de una foto. No puedo definir la calidad de los discos, pero todos eran vinilos antiguos, objetos de colección traídos todos de provincia, “porque aquí en Lima nadie quiere vender”. Era para una foto, era para seguir por esa ruta que nos adentraba a La Victoria desde un lado muy desconocido, pero no lo hicimos. Mi amigo, comúnmente avezado, no se mandó. Desde su bolsillo derecho tenía una limitación. Aunque podemos decir que no estaba de ánimos para dársela de bravo pues había cortado con su flaca.

-Tranquilidad… ¿Eso es no? Qué bacán su pensamiento….-me dijo, casi por la medianoche, un taxista de San Juan de Lurigancho tras oír parte de lo que les digo-. Tranquilidad es ir a tu casa, estar con tus hijos, ver una película, tomarte una chelita, todo bien, sin paltas, vivir tranquilo…

Y no tenemos tranquilidad: más, más, más, queremos más. ¿Para qué? ¿Y por qué?

Este largo texto va dedicado para mi amigo Franz, para que camine tranquilo, como lo ha hecho desde siempre, también va para mi amigo Carlos Valverde, que me quiere jubilar de la escritura (¿Ese ta’ locazo, no?) y también va para la chica de la pregunta, a la que también le dije parte de lo que les digo, aunque con un categórico deslinde: “¿Antisistema? Esas son zonzeras…”.