Terminado ya el periodo más férreo de la cuarentena y posiblemente el episodio más difícil al que el Perú ha tenido que plantar cara en los últimos años, no solo la normalidad se está reanudando, sino también el ritmo y tono de las rencillas políticas. En efecto, sobre la memoria de más de 11 mil fallecidos y una economía desangrada, las chispas entre el Ejecutivo y el Legislativo no se han hecho esperar. 

El eje del conflicto, la inmunidad parlamentaria y el impedimento de postular a aquellos que tengan sentencia en primera instancia, un botón de la más amplia reforma política. El domingo pasado, el presidente desempolvó el terno y la corbata, se plantó frente a cámara con Bolognesi detrás y con discurso de indignación anunció referéndum (sí, otro). El Parlamento, ni corto ni perezoso, convocó a sesión extraordinaria y en unas cuantas horas reformó sin mucha reflexión 5 artículos de la Constitución.

Más allá del análisis técnico sobre el contenido de lo sucedido, las implicancias políticas son bastante preocupantes. A inicios de abril mencioné en este espacio que el gobierno seguía una lógica reactiva, pero habiendo terminado ya la primera legislatura del nuevo Congreso debo de decir que esta no es exclusiva de la casa de Pizarro. Tenemos un partido de tenis en el que la pelota es la Constitución, pero con un público sediento, eso sí.

Vizcarra quiere meter la reforma política a como dé lugar, y aunque nadie podría negar lo necesario de ella, haciéndolo a grito, pecheo y empujón no se llegará a buen puerto. El consenso político, necesario para reformas de tal envergadura en regímenes democráticos, es fundamental si se quiere lograr su sostenibilidad más allá de personas y vientos políticos. Sin embargo, parece que eso no es muy tenido en cuenta por ninguno de los bandos.

Pero, ¿por qué esto es así, qué empuja a nuestros políticos a actuar de esta manera? Pues, desde el lado de Palacio, podría afirmar que el presidente se ve en la necesidad agarrarse de algo. Sin partido y sin bancada, y más allá de todo aquello referente en tono de cuento y/o verdad sobre el deep state, el apoyo popular es fundamental. Y desde la Plaza Bolívar, el cálculo político es lo principal. Preparar el terreno de cara al próximo año, sin olvidar la tan aclamada voluntad popular, dirige lo que se hace y deja de hacer, lo que se grita y por lo que se vota.

¿Y quiénes serán los que saquen provecho de todo ello? Imposible dar nombre y apellido en este momento, pero de hecho que la población y la institucionalidad del país no. Los ganadores, todos quienes sepan y puedan capitalizar el descontento cuando se acabe el somnífero de la mano dura, quienes griten más fuerte, o simplemente quienes ofrezcan más barato el cielo. El 2021, si es que las elecciones se hacen efectivas, se configura como un escenario tan emocionante como desesperanzador.

Lo que se viene no será sencillo ni para el país ni para el ciudadano de a pie. La reactivación es lenta, la eficiencia del Estado es pobre y los políticos siguen el mismo performance que seguían desde antes. La cuarentena no ha desgastado los ánimos de pelea, sino que ha fungido de paz armada. Y de vuelta al ruedo, veamos quién queda mejor parado. Ojalá sea el país.