Toma a una persona que no conozcas tanto, que sea un conocido, alguien que inspire simpatía pero con el cual no se haya entablado alguna conversación importante. No se requiere que la relación sea mutua: quien va a realizar el proceso eres tú, no la otra persona.

Ahora, piensa en cómo te gustaría que vaya esa relación. Imagina que empiezan a hablar de esas cosas importantes que no se dicen a nadie más, que llegue a ser un gran amigo, que haya tensión y decidan besarse, tocarse, follarse. Fin del cuento. Que, impulsados por la sociedad (“Bueno, me siento bien contigo.” – “Yo también.”), decidan estar juntos.

Empieza la novela. Sabes cómo acaba: terminan.

Empieza el segundo capítulo.

Esa relación condenada al fracaso desde el día uno, porque A se siente menos que el ambicioso B (o el motivo que se desee), terminó influyendo en ambos de una forma tal que, si no la hubieran tenido, si no hubieran desperdiciado eso (porque los ex que se mantienen amigos ya han sido usados bastante en las historias), no habrían llegado a donde tenían que estar. Pero eso lo verán luego.

Primero, Dana estará con una fotógrafa y Alex con un artista. Estos tipos estarán tan atribulados que pronto se apoderarán de la historia. Casi como Fran, quien procura a Alex de amigos para luego esfumarse; o Lou, quien desea reintegrarse a un molde que se vio forzado a dejar. Milly, la fotógrafa, de nombre antiguo pero esclava del posmodernismo. Matt, artista profesional que ya no quiere dejarse llevar. Alex pierde su fe. Dana se transforma. Pasan los años. Todos cambian. Una novela larga, que empezó como historia de amor pero terminó sin serlo.

Lo gracioso es que podría serlo. Si las personas vivieran en otro tiempo o hubieran nacido en otra cabeza, lo serían. El chiste del proceso creativo de una historia (porque la fantasía se volvió historia y las personas se transformaron en personajes diferentes a ellas) es que todo depende de quién la haga. El punto de partida es el mismo y después las inquietudes de su autor la transforma. Uno dirá que no hubiera podido escribir El Quijote. Si le dijeras a alguien que no conoce la historia que escriba de un loco por los libros, quizás saldría algo distinto. Con “aires a”, pero que, si hubiera tenido copyright, no podría ser demandado por los dueños.

Pienso en la pregunta común que Darren Shan manifiesta que suelen hacerle: “¿De dónde sacas tus ideas?”. Dice que del sitio de donde todos las sacamos: la cabeza. Y es cierto. Todos podríamos escribir.

Si los jueces no estuviéramos listos para condenar, o si el dinero fuera suficiente consuelo.