¿Cuántos de nosotros hemos hablado mal de las sagas juveniles? En un ambiente universitario como el nuestro, estoy seguro que la gran mayoría. Despreciamos este tipo de literatura -si podemos decirle así- porque sabemos que nuestro lugar es con la élite intelectual del mañana, tomando un café en algún pequeño rincón de París o Madrid mientras discutimos con nuestros pares -igual de versados que nosotros, por supuesto- acerca de la relevancia de Dostoievski en la narrativa contemporánea.

–Entonces, amigos míos– dirá alguno de mis compañeros en tono de burla–. ¿Ya leyeron el último libro de Suzanne Collins?

Por supuesto, todos nos deleitaremos por lo jocoso de su intervención. Recordaremos con lástima como la juventud de nuestra generación perdía el tiempo consumiendo banalidades de tamañas proporciones. ¿”Los juegos del hambre”? Soltaré una risa. La vida es corta, queridos amigos, y lo escrito mucho. Nosotros respetaremos el canon literario, leyendo solo aquello que valga la pena leer. Sorberemos perezosos y al unísono el café que pidió cada uno, cafés cuyos nombres nos resultaran impronunciables, incluso después de habernos tomado la molestia de aprender el idioma. ¿Sagas juveniles? No. Nunca. ¿Qué aporta eso al mundo, sino solo una burda distracción de la realidad que nos toco vivir?

Preguntarán entonces si alguna vez leímos alguna, y yo fingiré que fuerzo la memoria mientras mis compañeros van contando uno a uno sus experiencias literarias más vergonzosas, con la misma malicia con la que uno narra una travesura. Saldrán a flote muchos nombres que no recordaré para ese entonces: “Divergente”, “Maze Runner”, “Fifty Shades of Grey” -¿acaso eso cuenta como saga juvenil?-. Con los títulos ya sobre la mesa, empezaremos a desmembrarlos con mucho cuidado, criticando desde la forma en la que estaban  escritos, pasando por los clichés a los que tenían que recurrir para evitar desarrollo de personajes y, finalmente, como estos no eran más que sucias copias de clásicos a los que ni siquiera se tomaron la molestia de imitar bien. Daremos otro sorbo al café, con una sonrisa satisfecha en nuestros rostros y pediré yo un muffin à la banane para terminar el desayuno, lo único que podría pronunciar en el menú.

Intentaré recuperar la calidad de nuestra amena charla introduciendo un nuevo tópico de análisis: “Finnegans Wake” de James Joyce –porque “Ulises” está claramente sobrevalorado. Sin embargo, mis compañeros habrán notado mi ausencia en el tema pasado e insistirán en que responda la pregunta. ¿Yo? ¿Sagas juveniles? Inventaré alguna excusa. Para ese entonces, sin lugar a duda, habría dedicado mi vida entera al cultivo de mi mente, cortando cualquier tipo de reflexión irrelevante. Ellos insistirán. Por miedo a sonar como un pretencioso, les diré lo primero que venga a mi cabeza.

–”Harry Potter”, supongo.

Todos me mirarán como quienes despiertan de un sueño profundo. ¿Harry Potter? Claro que todos lo conocerían. Me reiré sin muchas ganas. Si, ¿cómo olvidar a aquel que inicio con todo este boom de la mediocridad? Trataré de excusarme hablando sobre como Poe y Vallejo murieron de hambre mientras que este desperdicio de papel, sin ningún elemento novedoso ni relevante, vendió mas que ambos en su tiempo. Así es, el mundo está lleno de injusticias, amigos, pero nosotros estamos para reparar eso, ¿verdad?

Para ese entonces ya nadie me estará escuchando. Cada quien recordará a su manera el libro con la que toda una generación había compartido una misma infancia. ¿Harry Potter? ¿Cuándo lo leí? Vendrán a mi mente imágenes algo borrosas. Mi padre llegando del trabajo con una bolsa negra y dejando en mis manos mi primer libro sin dibujos que ocupaban la mitad de la hoja. Mi llanto cuando me di cuenta que no algún dulce o juguete. Recordaré cuando un apagón en toda la cuadra me dejó sin las caricaturas del medio día y me vi obligado a abrir finalmente el libro. ¡Oigan! Despertaré a mis compañeros de su trance para reanudar el juego de desmembrar el libro. Todos aceptaran de mala gana, queriendo permanecer perdidos en sus propios recuerdos.

¿Recuerdan lo predecible que era la historia? Vamos, chicos: ¿cuantas veces más se puede usar una profecía para justificar la ociosidad de la autora? Alguno entonces se levantara -sé que lo hará- para hablar sobre la ambigüedad de dicha profecía, como esta podía terminar en dos situaciones totalmente válidas. Otro tomará valor y propondrá una teoría que se le ocurrió cuando niño que siempre había querido discutir. La charla se irá animando cada vez más y yo continuaré evadiendo el tema. Diré lo mucho que me molestaban los personajes y su pobre desarrollo. Todos lo aceptarán. ¿Quién es Ron Weasley si lo comparamos con Sancho Panza? ¿O Voldemort con el inspector Javert? ¿O Snape con Jean Valjean? Me daré cuenta entonces como, después de tantos años, seguía recordándolos a todos, la personalidad de cada uno e incluso algunos de sus diálogos. Pasarán por mi memoria los fragmentos de libro en el que morían mis personajes favoritos. Recordaré la muerte de Dobby, Fred y Dumbledore. Como me preocupé cuando en el segundo libro Harry no pudo entrar a la plataforma 9 y ¾ y como lloré cuando leí sobre la vida secreta de Snape. Disimularé el nudo en mi garganta pidiendo una cola, lo cual será imitado por todos mis compañeros.

Pasaremos horas en la misma conversación y, olvidándonos totalmente de masacrar al libro, compartiremos anécdotas divertidas. Llegará la hora del almuerzo y pediremos una ración de papas fritas. ¿Recuerdan el viaje en el Ford volador? ¿Y qué tal la pelea con el basilisco? ¿Se sorprendieron con la muerte de Diggory en el torneo de los tres magos?

La noche caerá sobre el café y yo, ebrio de nostalgia, finalmente admitiré que ese fue el primer libro que leí en toda mi vida. Todos terminarán contando la misma historia, se irán a su casa y desempolvaran sin vergüenza sus viejos libros, aquellos que yo había desechado en mis primeros años de universidad, haciendo espacio para la antología poética de Mallarme.

Caminaré por las calles, con la cabeza baja, pensando en cómo había bajado la calidad de las novelas juveniles desde mi infancia. ¿O fui yo quien me hice viejo? No, no puede ser.

¿No?

Camino a casa, pasaré por una vitrina llena de libros en descuento. Mis ojos se dirigirán por su cuenta a una edición muy bonita, amarilla. Todos los clásicos desaparecerán por unos segundos, mientras en niño en la portada me sonreirá, mientras monta una escoba, como quien dice: ¿después de todo este tiempo?

–Siempre.