Fotografía: DIA PUCP
– Letras Al Mango no se responsabiliza por las opiniones vertidas en este artículo- 
Aclaración: me encuentro escribiendo este artículo mientras participo de un intercambio fuera del país. He intentado mantenerme lo más informada posible respecto a los hechos ocurridos a partir de los cambios en el sistema de alimentación de la PUCP. No obstante, la mayoría de la información presente en el artículo responde a una comparación entre el sistema anterior y la nueva propuesta de la Universidad. Este artículo será actualizado, modificado, corregido de encontrarse mayor información sobre el tema expuesto.

Cuando la universidad firma un contrato de concesión con una empresa para alguno de los comedores del campus, yo me imagino que esa empresa piensa: “¡Es la Católica! ¡Debe ser una excelente oportunidad de conseguir dinero!”. Sin embargo, hasta antes del cambio de este año, estos contratos implicaban una oferta de un número predeterminado de básicos, económicos, vegetarianos, menús, combos y otros platos “de línea obligatoria”, destinados a que la alimentación se encuentre a disposición de los alumnos de diferentes escalas y contextos socioeconómicos. Estos productos de línea obligatoria tenían un costo menor en muchos de los casos a su costo de producción y la diferencia era asumida por el concesionario según lo estipulado en los acuerdos y contratos.

Como sucede en cualquier mercado, tú y yo somos consumidores y queremos comer la mayor cantidad posible pagando menos. Inclusive, teniendo a veces la capacidad de pagar más, buscamos lo más eficiente porque queremos ahorrar, queremos gastar en otra cosa o sabemos que a largo plazo tal vez nos haga falta el dinero para cubrir otras necesidades. Evidentemente, también hay quienes no pueden costear los platos más caros todos los días, y realmente dependen de los productos de línea obligatoria para no morir de inanición durante la vida universitaria. Esto origina que lo más barato se agote más pronto, así lo primero que se consume son estos productos de línea obligatoria con precios subvencionados por las empresas concesionarias. No obstante, los concesionarios ofrecían además otros platos que tenían precios más caros, pero precisamente estos precios buscaban compensar la pérdida generada por la subvención de la línea obligatoria. Estos platos no siempre se terminaban y la demanda de los mismos no era tan alta como aquella de los básicos, económicos y demás platos de costo menor.

A la ecuación hay que agregarle la oferta de comida fuera de la universidad (desde el Tío Bigote, la carretilla de los anticuchos, los restaurantes, los huecos para tomar, Plaza San Miguel, etc.), los otros concesionarios dentro de la universidad que no ofrecen productos de línea obligatoria pero sí otro tipo de cosas (la Panadería, Ático, Charlotte, 338, Refilo, UNO, café cultural, las tiendas de sociales y EE.GG.LL., máquinas expendedoras, frutería, etc.), los alumnos que prefieren cocinar/traer sus propios alimentos desde casa y el nuevo fenómeno de los “emprendedores PUCP” que elaboran diferentes productos para venta y consumo en el campus. Cada una de estas opciones adicionales compite con el negocio de los comedores, diversifica la oferta y permite que tú y yo no comamos siempre lo mismo, y que tal vez nuestra frecuencia de consumo de productos de línea obligatoria sea bastante variada (y ten en cuenta el gran número de alumnos en la PUCP).

Dicho esto, pensemos en la lógica de una empresa que firma un contrato de concesión. Tal como mencioné en un inicio, el contrato se firma porque ambas partes ven en él una oportunidad de obtener un beneficio. El beneficio que una empresa busca precisamente es el lucro, una ganancia económica. Hasta el año pasado este sistema se mantenía en pie a pesar de que subvencionar los platos genera grandes costos que no son asumidos por la PUCP; estos fondos no vienen de tu boleta ni de los ingresos de Plaza San Miguel, ni de ningún otro lado, son costos que se restan de la ganancia del comedor. En el punto anterior comentaba que la oferta se ha ampliado y diversificado para la alimentación de la Comunidad PUCP. Eso significa también que el mercado es más complejo y hostil para los comedores y las ganancias son cada vez menores -si es que no hablamos ya de pérdidas-.

Cuando estalló el escándalo porque algunos concesionarios como el del Comedor de Letras escondían el número de básicos disponibles para ofertar los productos más caros, no sólo hubo un abuso por parte de las empresas frente al alumnado. En mi opinión, esta también era una señal de alerta, porque si una empresa que tiene un contrato “jugoso” empieza a hacer esto, es también porque el contexto no le está siendo favorable para el negocio. En ese momento, salió a relucir que algunos de los contratos de concesionarios estaban por vencer a finales del 2015, por lo que nos alegramos pensando que otras empresas trabajarían en los comedores bajo el mismo sistema y todos seríamos felices. Pero, ¿nos dimos cuenta de que las condiciones eran cada vez menos atractivas para atraer un concesionario? ¿Qué empresa querría gestionar un comedor sabiendo que tiene más las de perder que de ganar? ¿No se correría la voz entre los empresarios del rubro diciendo que tener un comedor de la PUCP se volvía cada vez menos rentable porque las reglas eran demasiado estrictas?

Los cambios propuestos desde la administración de la universidad, con el establecimiento de un plato único para todos los comedores del campus tampoco son una solución frente al problema. Se afecta directamente a todos los alumnos que dependían de la línea obligatoria para poder alimentarse a diario o con una frecuencia considerable. Además, donde tenías un número alto de opciones para elegir entre los diferentes platos de cada comedor (porque si no te gustaba el básico de uno, comprabas el del otro), ahora tienes que adaptarte al único plato que hay y su respectiva opción vegetariana si es que quieres comer “más o menos barato” en un comedor del campus. Sin embargo, no solo son los alumnos los afectados. Bajo la lógica de la universidad, esto debería ser más atractivo para la(s) empresa(s) concesionarias. No conozco los argumentos para esto más allá de que ahora los concesionarios no tendrán que subvencionar tantos platos de línea obligatoria, pero aparte de las medidas de protesta que incluyen no comprar el plato único, tampoco creo que sea muy atractivo el nuevo sistema frente a la enorme competencia y oferta variada de las demás opciones (y ahora tendremos al “Tomate Loco” en Tinkuy, una nueva oferta de pizza luego de la desaparición de Domino’s). Habría que ver qué tan sostenible a largo plazo es esto y si realmente funcionaría más allá de el enorme rechazo al alza de precios.

Es claro que ante el nulo atractivo de la modalidad anterior, si los procesos para los concesionarios quedaban desiertos, era necesario renegociar y ofrecer condiciones más estimulantes para que los comedores funcionen ante el nuevo año académico. A pesar de ello, es inaceptable que la negociación de los contratos y las alternativas para que esto se lleve a cabo se hayan estudiado y trabajado casi totalmente de espaldas a la representación estudiantil en sus diferentes instancias. Los representantes buscaron conocer lo que estaba sucediendo e involucrarse en el proceso, pero la Universidad actuó sin tomar en cuenta los puntos de vista e intereses de uno de sus principales actores, quizás uno de los más subestimados también. Personalmente, me parece que un proceso más participativo para la negociación, por más urgente que fuera la necesidad de concesionar, podría haber brindado mejores resultados que favorecieran más a los alumnos e incluso a las mismas empresas participantes del sistema.

Honestamente,  el alza de precios era inevitable; tener un plato a S/. 3.60, acompañado de refresco y pan, cuando los precios de los alimentos, el sueldo mínimo y la inflación han variado considerablemente desde el establecimiento de la línea obligatoria se hacía cada vez más difícil (sí, no es solo un cuento para subirte la boleta, si bien no sucede en el grado que argumentan las autoridades de la PUCP cuando hacen los aumentos, no significa que no se haya dado en menores proporciones y no haya minado poco a poco la rentabilidad de los comedores). Es cierto que no somos una universidad nacional y no sé hasta qué punto tendría fundamento suponer que la subvención de los platos debería salir de los fondos de la PUCP (es muchísimo dinero por mes y por más que hayan ingresos altos es importante saber que también hay egresos y una subvención de este tipo implicaría cambios complejos y extremadamente significativos en el presupuesto, hasta podría ser eventualmente una excusa para el alza de boletas). Hasta el año pasado, creo que éramos la única universidad privada con una oferta alimenticia con un precio tan bajo -sí, somos una universidad sin fines de lucro pero eso no significa tampoco que el manejo sea como el de las universidades del Estado-.

Habrá que ver ahora qué sucede con las nuevas reglas de juego…