Decía Jiri Menzel —y con razón— que las buenas comedias debían ser sobre temas serios: hablar de forma muy solemne sobre aquello “relevante” resulta, finalmente, ridículo. La cultura no es ajena a esto: la tradición rabelesiana o el “Cándido” de Voltaire son comedias que, a la larga, parten de temas “importantes”. Eso, sin embargo, no implica que el humor y la seriedad vayan siempre de la mano . Al hablar de un postconflicto, por ejemplo, estamos ante un espacio de heridas abiertas, controversias latentes, necesidad de memoria colectiva. No es, pues, la mejor excusa para las risas.

JoJo Rabbit es, quizás, ejemplo perfecto de esto: un film que, desde el arranque, quiere generar controversia. Ver el Holocausto Judío —como cualquier conflicto— desde una retina infantil ya es difícil, pero mucho más retador resulta tomar esa perspectiva y hacerla sátira. Luego de estrenarse, el escándalo se disparó: dividiendo a crítica y audiencia, esta versión bufonesca de un niño nazi y su relación con Adolf Hitler desató rechazos. Claro que no es la descripción del conflicto lo que desata la controversia —aunque algunos avispados afirmen que sí— sino su tratamiento. La idea es precisa: no se debería tocar carne, ni actuar de forma incisiva, a menos que el conflicto en cuestión haya pasado por ciertos filtros necesarios.

Los filtros, por supuesto, varían según quién los defiende, lo cual sugiere, con razón, que son arbitrarios. Podría ser la prueba del tiempo: dar cierto período, digamos de duelo, antes de abordar el conflicto desde lo humorístico. Ahora bien, ¿de cuánto tiempo estamos hablando? ¿Necesitamos, acaso, un cambio generacional? ¿Necesitamos disipar la presión mediática? No solo el tiempo, también está el concepto de individualización del dolor: el dolor es propio de las víctimas y el extrapolarlo al resto (con elementos cómicos) no sería legítimo.

Si nos damos cuenta, JoJo Rabbit parece concebir estos límites. No solo fue filmada con 70 años de diferencia —en una Europa a priori distinta— sino que aún mantiene respeto por sus víctimas (como el hecho de filmar sus ejecuciones fuera de cámara). Y, claro, no es un humor que miente o minimiza: el horror sigue allí y el film no es ajeno al drama que genera.

A eso se le suma, además, que no estamos ante un “conflicto cualquiera”. Pensémoslo : ¿qué otro conflicto ha sido tan sobreexplotado como la II Guerra Mundial? ¿Qué otro arquetipo del mal en la cultura popular es tan representativo como Hitler y sus secuaces? Será entonces que, debido a la exposición en la industria, las constantes revisiones del conflicto, y la fascinación por sus detalles, el Holocausto se siente más sencillo de referenciar, más universalizable y, por ende, dispuesto a verse hurgado y confrontado por el humor.

Quizás esto explique por qué el humor en JoJo Rabbit resulta legítimo. Y, más importante, este parece ser efectivo. Esto implica, necesariamente, un factor ilustrativo. El humor es efectivo en la medida en que contrasta: mientras más desproporcionados y excesivos sean los elementos retratados, más obvia resulta la crítica para el espectador, más irrealizables parecen las propuestas del nazismo. ¿Cómo mostrar la excesiva burocracia en un régimen autoritario? Con el comiquísimo gag de “¡Heil Hitler!” ¿Cómo explicitar lo contraproducente del odio por odio? Haciendo que JoJo se enamore de la niña judía, volviéndolo torpe.

El film es efectivo, además, en la medida que interconecta. En palabras del propio Waititi, JoJo Rabbit necesitaba generar empatía, servir a modo de alarma. Hablar del post conflicto brinda un abanico de opciones para acercar a la gente: preferir un enfoque trágico, o un enfoque de rechazo al mal. Esto supone problemas: la compasión es fácilmente vista como condescendencia (considerando que el dolor es exclusivo de las víctimas), mientras que, basándonos en un mundo judeocristiano y liberal, algo como “odiar” a alguien nos genera vergüenza. Entonces, queda el humor, algo fácil de compartir con los demás —todo el mundo ríe, sobre todo ante pavadas infantiles o burla a personajes famosos— y es algo muy, muy humano.

A eso se le suma la propia experiencia catártica. Es posible entender que, cuando preferimos solemnidad y firmeza, es razonable que mantengamos los tabúes en su sitio, que no nos atrevamos a cuestionar lo aparentemente incuestionable. Eso no sucede en el humor, de vocación naturalmente disruptiva. Así, el humor en JoJo Rabbit puede ser entendido como catalizador temático: elemento que genera y soporta hurgamiento. Las confrontaciones constantes entre niño nazi y niña judía, en las que se discuten abiertamente las raíces del incendiario discurso de hitlerianos hacia minorías, no podrían ser vistas con “seriedad”: sería demasiado horripilante, demasiado demoledor.

Tal vez lo que duela —y lo que irónicamente, hace reír— sea el hecho de que, por buena parte del filme, no percibimos una temática tan desfasada: ¿o es que acaso las estrambóticas lecciones de odio nazistas carecen de similitud con discursos de ciertos personajillos políticos modernos? La forma de actuar de JoJo, por otra parte, tiene cercanía a esos jóvenes activos en redes sociales, más que orgullosos de la alt-right y los primeros en atacar (en este caso, mediante el meme) al progresismo. Obvio nos reímos de ellos, pero, al verlos vestidos con uniforme y empuñando un arma —sugiriendo todo lo que esa cháchara puede desencadenar—, la cosa se pone seria. Las bromas de Waitiki y de sus personajes son las mismas, pero ya no causan tanta risa.

Queda el hecho de que utilizar el humor resulte, definitivamente, congruente. No olvidemos que es el Holocausto desde los ojos de un niño. ¿Cómo más lo vería un niño nazi, con la cabeza tan atolondrada de propaganda, con los amigos alimentando su orgullo nacional y con la ilusa población local atiborrada de esperanzas? No sorprende, entonces, que JoJo vea en el tío Adolf un modelo aspiracional, incluso un amigo. No sorprenden los colores pastel del film, la musiquilla rock o el idílico final feliz.

Parece que el humor en JoJo Rabbit funciona. Funciona porque enseña. Funciona porque empatiza. Funciona porque es coherente con sus intenciones.

Bueno. A reír.