Solía viajar mucho cuando era niño.  Por aquel entonces vivía tan lejos del colegio, que mis padres tenían que llevarme  todos los días en carro, por 25 minutos, hasta llegar a Magdalena, donde recién entonces una movilidad escolar se encargaba de llevarme hasta mi colegio en Surco.  Esto, curiosamente, nunca me pareció algo fuera de lo normal.  Para mí era tan normal invertir entre dos o tres horas diarias para ir al colegio, como para otros lo es un viaje de quince minutos.  Era lo que yo consideraba normal.

Hay muchos puntos memorables dentro de los más de 25 kilómetros recorridos, pero pocos como el que se encontraba cerca al Terminal Marítimo del Callao. Era una calle oscura y triste que quedaba por la Plaza Garibaldi, frente al cruce entre Manco Cápac y Atalaya, al costado de la avenida Argentina. Esa pequeña calle sucia era una especie de callejón donde el tráfico siempre era lento, y nunca faltaban buses de transporte gigantes deambulando de lado en lado.  Ahí era donde a los niños les gustaba correr, jugar y robarle a los buses.

-“Sube la ventana, hijo”- me decían mis padres cada vez que pasábamos por ahí.

Pero a diferencia de la mayoría, yo nunca sentí miedo.  Más bien, sentía curiosidad por esos niños que, aprovechando el descuido de un semáforo rojo, se abalanzaban con velocidad contra los buses.  Usándose mutuamente como escaleras, observaba cómo siempre eran dos los niños que subían con habilidad y destreza a la cima del camión.  Ya una vez encima, la cosa se volvía rápida; conseguían mágicamente abrir el grifo del bus y se las ingeniaban para llenar, todo lo que podían, los baldes que uno de ellos en las manos cargaba  y luego se bajaban antes de que el bus llegara a las puertas del Terminal Marítimo.  Más de una vez los vi bajar con el bus en movimiento, dejándolo atrás todavía con la gasolina chorreando, y desapareciendo entre las calles.  Era ciertamente una acción de habilidad y delincuencia.

Con el tiempo esos niños se volvieron algo tan normal como el viaje mismo.  El verlos correr de  un momento a otro, trepándose como podían a los enormes camiones de carga, era ya tan natural como las dos o tres horas del viaje. Aunque nunca dejó de llamarme la atención todo acerca de esos niños de ropas andrajosas, y varias tallas más grandes de lo que deberían, las cuales les colgaban como trapos.  Quizá porque no entendía cómo sería la vida de esos niños que eran más o menos de mi edad (entre cinco a doce años) y aún así, se arriesgaban la vida robándole gasolina a los buses, lo que les parecía lo más normal del mundo. Y así pasaron los años, con la calle y los niños evolucionando con el tiempo, donde estos ya se quedaban sentados en las esquinas, con baldes en las manos, esperando a sus víctimas, mientras la calle se volvía más oscura y sucia.  Incluso había quienes llevaban banquillos de plástico para subirse con más facilidad, que, por supuesto, un tercero se encargaba de retirar de la pista.  Una vez pregunté qué hacían con la gasolina, y escuché que se las vendían a los taxistas en las esquinas por un poco más que la mitad de precio.

Esta rutina siempre se mantuvo con aparente naturalidad para todos, hasta un día, en que regresaba del colegio y  que el tráfico estaba más lento de lo usual en ese callejón. Más adelante de la fila de los autos, observé que una parte de la pista estaba cerrada y había una pequeña muchedumbre de gente amontonada en círculo alrededor de ese lado.  Seguimos y pude observar las manchas de sangre derramadas por el pavimento, incluso recuerdo su oscuro color rojo con grandes puntos negros por la suciedad, las que  llegaban hasta la cabeza de un pequeño cuerpo al que no se le podía observar el rostro.  Se la habían cubierto con un trapo tan sucio como sus ropas.

“Uno de los niños delincuentes de los buses se cayó”, alcancé a oír cuando mi padre preguntó al único policía que estaba ahí.

La escena no duró más de dos minutos, y aún puedo verla en mi mente hasta el día de hoy.  No había nadie llorando al niño, sus compañeros lo habrían abandonado a la volada probablemente, mientras él seguía tirado en la pista, con el cráneo roto y sin nadie que lo recogiese.  Y es que así son los niños que caen en una ciudad como la nuestra, nadie se digna  a detener la calle aunque sea unos minutos para recogerlo y llevárselo.  Simplemente se les empuja a un lado, y el tráfico sigue.

No sé porque recordé esto por primera vez en meses. Ni siquiera sé si aún en esa calle todavía los niños siguen trepándose a los buses por unos tristes billetes.  Solo quise darme un tiempo para escribir sobre un niño que murió de una forma absurda a la misma edad que yo y, que a los pocos días, ya habían otros niños repitiendo la misma hazaña sin que a nadie le pareciera algo fuera de lo normal.

Por esos niños que cayeron  y, como el resto de sus vidas, nadie quiere darse el tiempo.