Iba a ser un día convencional, de regreso a casa. Jueves es un día sin clases para mí, así que aproveché la noche para visitar a mi abuela. Viendo “Agosto” nos la pasamos bien; luego tomamos un lonchecito; y después, me retiré con mi propina mensual, pensé que debía guardarlo para mis pasajes a la PUCP y para algún uso personal (necesitaba un par de audífonos, ¡urgente!).

Di una mirada a mi billetera: tenía 0.70 céntimos y un generoso billete de propina. Estaba cerca a un mall en la Av. Primavera , ¿por qué no comprar mis audífonos allí, de paso que paseo un rato?

Y se hizo. Conseguí un par de audífonos cómodos -en todo sentido. En breve recordé que tenía una de esas promociones para dos que me vienen con la farmacia. Quería contentar a mi mamá con un dulce, entonces pedí la promoción, para llevar.

Quién iba saber que iba a experimentar, en una noche cualquiera, un poco de lo que llamo “momento que calienta el alma”.

Caminando al paradero que me llevaría a casa, vi a dos chicos, como de mi edad, cantando. Uno era la primera voz y el otro, de gafas, hacía los coros alentado por una gastada pero confiable guitarra. Estaban sentados ensayando antes de subirse a uno de esos grandes “micros”. Sin duda eran jóvenes estudiantes.

Mi corazón se enterneció. Cuántas veces pensé en hacer lo mismo.

Me quedé escuchándolos, no tenía gran apuro en regresar, pues solo estudio de lunes a miércoles. Me acerqué amablemente a ellos. Luego de haberlos escuchado hasta el final, les dije, mientras me sentaba junto a ellos, si alguno podía hacer el arreglo de la canción con notas más bajas. Él lo hizo igual de agudo que mi voz. Los tres reímos. Finalmente lo hizo tal como quedaría. Me gustó, nos gustó. Ensayaron la canción dos veces más.

Yo también canté, quería intercambiar un poco. Uno me hizo sonreír luego de oírme: Me dijo que no sólo cantaba sino encantaba.

Me preguntaron mi nombre, me dieron los suyos, sé que uno estudia ingeniería en la UNI y el otro está en el Conservatorio. Una maravilla. Les dije que vivía en el Óvalo Higuereta, ese era mi destino. Justo había un carro del cual estaba segura me dejarían subir. Nos aventuramos y les dieron el pase. Me senté como cualquier pasajero, delante de ellos, cual espectadora. Cantaron la canción que les escuché ensayar momentos antes. Nos mirábamos cómplices, luego vino su versión de “Bailando” y me puse a cantar con ellos desde mi asiento. Hubo sorpresa. Y en sus rostros, cierta inocencia.

Y sin darme cuenta, ya era hora de agradecer a todos los pasajeros por haber escuchado, pedir una colaboración. El de la primera voz pasó por los asientos en tanto el de gafas empezó con una canción que estaba como pedida por mí. “Un olor a tabaco y Chanel / Me recuerda el olor de su piel…”.  No me retuve ni un poco. Canté por todos mis extremos con él, con ambos. Me señalaron la parte de la canción que dice: “Me preguntan por ella…”. Sonreí tiernamente. Terminamos el tema juntos, también alcancé a darles una moneda. Me dijeron tiernamente que me cuide. Volteé a la derecha para verlos desde la ventana y saludé con la mano al de la guitarra. Se despidió de vuelta.

Hace unos días estaba teniendo problemas al dormir. Todo un vaivén de emociones lúgubres. Hoy sé que me iré a la cama con ese calorcito en el pecho, con la cara de ellos, con nuestras voces trasmitiendo lo mismo, volviéndonos nosotros en uno solo.

  • Rosanna Rivero

    me encanto tu post!

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