El 15 de marzo del 2020 el expresidente del Perú, Martín Vizcarra, expresó la delicada situación sanitaria en la que se encontraba el mundo a raíz de la pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) a causa del Covid-19. En base a ello, el exmandatario declaró que el país se encontraba situado en Estado de Emergencia, condición que se mantiene hasta los presentes días. Desde dicha fecha, el Ministerio de Salud ha declarado que han existido un aproximado de 196 673 de fallecidos por infección del virus. De tal forma, es factible entender que, si bien el Covid – 19 puede atacar a cualquier ser humano -más aún si es que esta persona posee algunas condiciones de vulnerabilidad- no se puede homogeneizar las cifras sin antes profundizar cuáles son los sectores más afectados, aquellos quienes probablemente no vuelvan a ver la luz nunca más luego de la inserción de este virus dentro de sus organismos.

Tan solo en el 2019 el  Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) señaló que el 20, 5% de la población se encuentra en situación de pobreza, lo que se desarticula del conglomerado de clase media y de una realidad alarmante en el que tan solo el 25% de ciudadanos cuentan con un trabajo formal. Estos datos básicos son fundamentales para comprender las demás relaciones que se promueven en base a la ganancia de dinero para la subsistencia básica. Así, esto se alinea a dos consecuencias fundamentales. Por un lado, el Estado de Emergencia y el panorama sanitario ha obligado o bien a que las personas pertenecientes a sectores laborales informales a quedarse en casa en medio de la desesperación de familias que acostumbran a vivir de salarios diarios o de exponerse, pese a todo, con tal de sobrevivir. Ambas ideas exponen a estos grupos a coyunturas desoladoras en lo que respecta a la idea romántica y, en ocasiones, sin trasfondo social como lo era “quédate en casa” frente a unos bonos estatales que no alcanzaban realmente a todos los necesitados. Esto debido a la falta de conocimiento actualizado del Padrón de Hogares, más aún en zonas rurales, puesto que esas son zonas a las que el Estado hasta el día de hoy les dificulta ingresar. 

Por otro lado, la deficiencia de servicios públicos estructurales ha calado a una realidad crítica en donde se observan los primeros efectos de la impalpable inversión monetaria, como fue en el caso de la salud, el cual se encontraba abastecido únicamente por el 5% del PBI. De tal manera, el sistema de salud no se encontraba preparado para al menos recibir una mínima parte de los infectados entre asintomáticos y enfermos terminales, dejando de lado también a otros sectores de recuperación alejados del Covid-19. Sin embargo, para gran parte de la población, el pensamiento de recurrir a una clínica privada para salvar sus vidas era realmente inimaginable, más aún en una situación en el que estas instituciones decidieron lucrar frente a un contexto sociodemográfico que indica la imposibilidad de acceso a estos servicios. 

En ese sentido, el anexo de las desigualdades socioeconómicas y el clientelismo que pregona de alguna u otra forma el Estado ha generado distintas problemáticas visualizadas en la complejidad de las cifras de víctimas mortales por infección de Covid-19. De acuerdo con un estudio realizado por los médicos cirujanos Óscar Mujica y Paul Pachas, se señala que, solo en Lima y Callao, gran parte de los fallecidos no contaba con el nivel educativo de secundaria completa siendo esta representada en un 52,2% de muertes en los distritos más pobres en comparación de un 18, 7% en las zonas más acomodadas. En esa línea, es idóneo mencionar que no es el preámbulo no es una mera coincidencia con los resultados estadísticos sobre las víctimas, sino más bien es la mirada de las próximas consecuencias jerarquizadas con respecto a quienes pueden salir de esta enfermedad y quienes están destinadas a apelar a su suerte. El dilema se centra en que estos grupos, pese a que ha pasado un año desde la declaración del Estado de Emergencia, no se han visto atendidos. Las cifras mostradas invisibilizan una realidad que abarca más allá del simple contagio, debido a que, mientras muchos luchan por sobrevivir al virus, otros batallan en medio del terror no solo por superarlo, sino también por costear los gastos que implican y buscar alimento durante los días de espera de recuperación del afectado. Asimismo, resulta necesario aclarar que si actualmente solo en la capital se cuenta con escasa información fáctica como lo son las estadísticas sobre esta problemática, en otros departamentos del país, los datos que se pueden rescatar para plantear políticas públicas concisas son aún menores. Aquello detiene el proceso y relega una vez más realidades alternas propio de la pluriculturalidad que existe en el Perú.

Frente a ello los contagios se han incrementado, muchos de estos alcanzando la gravedad de necesitar una cama de UCI. Tal como lo presentan en algunos casos brindados al diario El País, la garantía para acceder a uno de estos servicios frente a su escasez ha llegado a alcanzar los 90 000 soles, cifra que probablemente una familia que vive en situación de pobreza o incluso en clase media no pueda lograr nunca. También, se han presentado momentos en el que la recarga del balón de oxígeno ha llegado a alcanzar aproximadamente 1500 soles. De esta manera se ha observado como la salud como servicio y derecho se ve manejado por un sistema burocrático en el que la frase sálvese quien pueda solo es posible mencionar en un sector reducido de la población. No resulta idóneo hablar de un crecimiento económico en el Perú si es que las brechas de desigualdad no han disminuido, los sectores que poseen menos acceso a una capacidad adquisitiva que cubra sus necesidades básicas han sido los más dañados. 

Es válido afirmar que el virus puede atentar contra cualquier tipo de persona sin distinción de clase. Asimismo, es posible mencionar que la decisión de quiénes poseen acceso a cama UCI se basa en cuestiones prioritarias de quienes mantienen mayores probabilidades de supervivencia. Sin embargo, cabe recalcar que, al fin y al cabo, así la persona afectada se ubique dentro de este marco, si no cuenta con el dinero suficiente para costear los gastos requeridos, la opción de recuperación queda descartada frente a un sistema privado lucrativo con la salud. En adición, si bien el acceso a una cama UCI no brinda certeza de que el enfermo podrá salir airoso del contagio, en estos tiempos, ofrece un ápice de esperanza frente a un panorama desalentador. Desde esta mirada, se puede discernir que la angustia para estos sectores empobrecidos no solo surge en el miedo a lo que la enfermedad puede ocasionar en el afectado, sino también en cómo costear los gastos diarios caseros y los del virus. Vale resaltar que estos puntos se distancian de circunstancias como, en el caso de una posible recuperación, por ejemplo, lo demandante en cuestión económica que es pagar las terapias posteriores. Pese a que en algún momento esta realidad se tornó controversial, por lo que el Estado y la Asociación de Clínicas Particulares del Perú realizaron un acuerdo con el fin de flexibilizar los costos hacia los asegurados en Essalud (SIS), no han existido cambios sustanciales en lo que respecta al tema. 

De esta manera, se puede concluir que el panorama actual por el que atraviesa Perú ha normalizado la desgarradora imagen que se visualiza en los sectores con menos accesibilidad económica por brechas de desigualdad estructural a raíz de la expansión del Covid-19. Esta enfermedad azota a todos sin distinción. No obstante, existen grupos que se encuentran con mayor exposición a este virus, aquellos que no pueden protegerse en sus hogares, pues aquello implicaría una situación insaciable de supervivencia para quienes viven del día a día o cuentan con múltiples empleos inseguros o informales para salir adelante frente a un abandono estatal. Sí, esta enfermedad mata, pero a algunos realmente los asesina en vida, colocando sus vidas en una balanza económica en el que solo queda esperar una recuperación milagrosa ante un proceso frívolo lucrativo que apaga la esperanza de alguna familia.