“No es que sea aburrido, es más, tengo muchísimas cosas para decir, pero tengo el presentimiento que no podré terminar mi idea”

 

Hoy día, en medio de una clase, escuché a un compañero intervenir y pude notar que era tartamudo. Yo no le presté mucha atención, pero advertí que varias personas alrededor mío sí. A mí, ese “c-c-creo que es no-no-no-nominativo”, me resulto muy familiar; y es porque, desde que tengo uso de razón, yo s-s-soy t-t-t-tar-tartamudo.

Muchos de los recuerdos que tengo de cuando era más pequeño incluyen las incontables visitas a una terapista acompañado de mi mamá, ver a mi papá o a mis hermanos mirándome expectantes mientras luchaba por terminar una oración, o a mis amigos lanzando una que otra risa o mirada nerviosa cuando les hablaba. Tengo muchas historias que me incluyen a mí batallando por terminar una palabra, haciendo una pausa antes de comenzar otra porque sabía que no iba a poder terminarla, o cambiándola por otra que sabía que me sería más fácil de pronunciar.

Existen muchos tipos de tartamudez, y crecer con cualquiera de ellas es difícil, aunque, claramente, unas son más difíciles que otras; más aún si tienes en cuenta que las personas que te escuchan pueden muchas veces reírse, perder la paciencia, incomodarse, decirte el siempre terrible “¿qué has dicho?” o, el aún peor, “habla más lento, por favor”. Aún no existe un consenso acerca de cuál es la verdadera causa de la tartamudez, mientras algunos dicen que se debe a motivos psicológicos, otros postulan que es genético, así como también que no existe una “cura” para esto; sin embargo, sí existen diversos tratamientos que pueden ayudarte un poco dependiendo el nivel de tartamudez del que sufras.

Existen personas que tartamudean muy poco, hay otras que tartamudean un tanto más seguido, pero también hay a quienes se les hace prácticamente imposible hablar. Yo me considero entre los que tartamudean seguido, más aún cuando estoy nervioso. A todos nos afecta casi de la misma manera, a unos más que otros, pero, si hablamos de las reacciones más comunes a todos, puedo identificar algunas: procuramos no hablar mucho; evitamos cualquier tipo de situación o evento social en el que tengamos que conversar; mientras podamos, solemos evitar usar ciertas palabras que sabemos que no vamos a poder terminar; simplemente no expresamos todo lo que queremos decir o no decimos nada, a pesar de que tengamos muy buenas ideas, aportes y queramos comernos el mundo con todo lo que tenemos para decir.

De la misma manera, todos hemos sentido alguna vez esa angustia, vergüenza y hasta un poco de culpa al no poder hablar bien o trabarnos en una sílaba, así como también ese sentimiento indescriptible de satisfacción infinita al decir completa una palabra o una frase que pensamos en un principio que no podríamos terminar. Todos nos hemos sentido alguna vez intimidados por las burlas, las miradas, las indirectas, los comentarios de “ese chico nunca habla”, “a él no le preguntes” o “él es aburrido”. No, no es que sea aburrido o que no me guste hacer amigos, es más, tengo muchísimas cosas para decir, pero así como tengo ideas en mi cabeza, también tengo el presentimiento que no podré terminar mi idea, de que tendré que cambiar las palabras que había planeado decir, evitar algunas o simplemente no terminarlas. No soy aburrido, es solo que tengo miedo.

Si alguna vez escuchas hablar a alguna persona tartamuda: ¡ten paciencia! No termines sus frases, no le digas “tranquilo”, “respira”, o “más lento” -vale decir que esto solamente añade más presión y lo más probable es que tartamudee más-. No te rías, no mires hacia otro lado, no te incomodes; solo espera a que termine de decir lo que tiene que decir. Todos tenemos un ritmo, déjalo que avance al suyo. Agradecemos mucho el que nos dejen terminar de hablar y que todo siga como si nada hubiese pasado. En caso un tartamudo vuelva a intervenir en tu clase, no te rías o voltees para decirle a tu compañero lo que te acabas de dar cuenta, recuerda que es sólo una persona más interviniendo en clase con la pequeña diferencia que a él le toma un poco más de valentía que a los demás.