Por: José Ignacio Mogrovejo Palomo

Cuando el explorador y arqueólogo Hiram Bingham llegó en 1909 por primera vez al Cusco, el tramo del ferrocarril, que conectaba la ciudad con el resto de estaciones del Sur, acababa de ser terminado, y sus impresiones sobre el Valle del Vilcanota se desprendían en cumplidos por su clima y la variedad de cultivos que producía su suelo. De forma similar, tras haber descrito lo maravillosa que era la ciudad imperial por sus construcciones pétreas y edificaciones coloniales, el estadounidense llegó a paso de mula a la fortaleza de Sacsayhuamán, un lugar que para él no podía significar otra cosa que la mejor representación de la majestad y poder de los Incas, gobernantes que vigilaban desde las colinas pobladas de hierba, y sus tronos perfectamente tallados, a los trabajadores que levantaron los imponentes muros de la fortaleza. Más de un siglo después de su llegada, las áreas boscosas que rodearon la fuente de imaginación de Bingham sobre la civilización incaica quedaron envueltas en llamas, como parte de una serie de incendios forestales que no habían tenido precedentes en el país desde que se tiene registro.

La crisis sanitaria y social ocasionada por la pandemia del COVID-19 ha permitido que diversos problemas estructurales que forman parte de la realidad cotidiana en el país sean visibilizados y, hasta cierto punto, discutidos abiertamente en diferentes espacios, especialmente por lo que ello representa para nosotros cuando reflexionamos si hemos logrado comprender el porqué de las dificultades presentes tras dos siglos de independencia política. Desde la disciplina histórica se ha tratado de definir una síntesis de los elementos políticos, sociales y económicos que marcaron el desarrollo del proyecto republicano, y a partir de ello, obtener conclusiones importantes que nos ayuden a determinar la actitud para asumir los retos del presente año. Sin embargo, así como miramos nuevamente al pasado para encontrar respuestas, al restringir las explicaciones y/o ideas que expliquen la difícil coyuntura únicamente a factores “humanos” (incremento en los movimiento migratorios, mayor intercambio comercial entre las naciones, agudizamiento de las brechas sociales entre países ricos y pobres), podríamos perder de vista que los tiempos contemporáneos posicionan la enfermedad y el fracaso del Estado como veredicto histórico, en medio de una crisis ecológica que condiciona el devenir de la sociedad hacia un futuro climático incierto. 

Pero, ¿se trata de un tema que llama nuestra atención? Si pensamos en la naturaleza, o el medio ambiente, no siempre resulta muy claro comprender los factores que influyen en el incremento de la temperatura a principios de año, la percepción popular de que en Lima no es posible distinguir las estaciones, o inclusive cómo las inundaciones o movimientos sísmicos afectan en diferentes temporalidades nuestras acciones, pero sobre todo, cómo nosotros hemos formulado nuestras respuestas, y el conjunto de nuestra interacción con el ambiente, por un sentido inmediato de la fatalidad y la crisis debido a estos fenómenos. Incluso en su modesta producción, la historia medioambiental en el Perú ha logrado formular ideas importantes que permiten entender las formas en que hemos impuesto nuestras acciones en el mundo natural, y su enorme incremento, motivado por los ideales modernos que veían en el extractivismo un mecanismo sostenible de participación en un mundo globalizado. Sin embargo, las nuevas investigaciones y el conocimiento disponible aún no han permitido asumirlo como un tema relevante para nuestra sociedad, y donde la crisis vigente supone también una oportunidad para formar parte del diseño de nuevas dinámicas globales, mediante el uso de energías renovables y una nueva relación con el entorno natural. 

Si las principales fuentes para el registro de nuestro vínculo con el medio ambiente, las fuentes primarias en las obras de diferentes eruditos y personas encargadas de la labor administrativa, desde el Virreinato, han privilegiado el registro directo de las percepciones colectivas de los desastres naturales más importantes, dejan una tarea pendiente para las ciencias sociales y las humanidades de ir más allá de la narrativa de la catástrofe y la ruptura violenta del equilibrio ecológico que por mucho tiempo se ha dado por sentado. ¿Por cuánto tiempo la expresión de nuestras acciones sobre el entorno únicamente podría limitarse a ello? En el caso del motivo de esta nota, los incendios forestales en el Perú, aunque no son los casos más representativos de su tipo a nivel mundial, han visto un importante incremento desde hace dos décadas en su extensión y los daños que ocasionan tanto a las áreas protegidas como las que son empleadas para la agricultura y/o ganadería. El incendio forestal en el Parque Arqueológico de Sacsayhuamán, en octubre del año pasado, así como los ocurridos en regiones como Puno, Ancash, Madre de Dios, Junín y Huánuco, son una buena muestra de cómo la frontera humana de lo “natural”, delimitada por la necesidad de supervivencia, se transforma en un elemento relevante cuando se percibe el peligro de lo “cultural” (patrimonio arqueológico, áreas de uso económico), pero en realidad se pierde de vista que las llamas no hacen distinción del paisaje. Bajo el contexto actual, el fuego ha dejado de ser principalmente una herramienta histórica en favor del progreso humano, para ser un indicador del declive y la falta de comprensión que aún se tiene por los medios de representación de los problemas socio-políticos en las áreas rurales (incapacidad de gestión, incremento de las actividad ilegales, carencia de servicios de calidad) y su trascendencia como dificultades de índole nacional.

Comprender los orígenes de la pandemia es un trabajo que ahora reside en las investigaciones futuras, pero incluso desde la reflexión cotidiana, no se puede ignorar el rol que potencialmente ha desempeñado la presencia humana en la realidad ecológica global, difuminando progresivamente las fronteras que distinguían nuestras propias limitaciones en el entorno que habitamos. En 1883, el médico Luis Carranza observaba los incendios en la zona de Pampas, Ayacucho, y en su comprensión, se trataba de un espectáculo nocturno que simulaba las erupciones volcánicas, y cuya práctica por las comunidades indígenas desafiaba el frío de los Andes para favorecer la calidad del suelo, y con ello, la supervivencia de sus cultivos. La realidad que podía explicar el asombro de viajeros como Carranza o Bingham, y darle sentido a territorios y poblaciones convertidas en objeto de estudio, debe ser un motivo de crítica necesaria para comprender las problemáticas que durante buen tiempo han sido relegadas a un segundo plano, y que ahora es mucho más visible debido a una mayor conciencia ciudadana y sentido de participación colectiva. Siendo el pronóstico de la crisis climática una mayor recurrencia de incendios a nivel global, y una mayor inestabilidad en el balance que disponemos entre la naturaleza y la cultura, dialogar con nuestro entorno nunca había sido tan apremiante, ni tan incómodo como lo es ahora.  

Fuentes:

Hiram Bingham. Across South America; an account of a journey from Buenos Aires to Lima by way of Potosí, with notes on Brazil, Argentina, Bolivia, Chile and Peru. Boston, New York: Houghton Mifflin Company, 1911.

Luis Carranza. “Las heladas y los incendios en la puna”, En Artículos publicados: Estudios geográficos y estadísticos de algunos departamentos centrales del Perú. Lima: Editorial del “Comercio”, 1888: III-VIII.

Marc Dourojeanni. “[Opinión] Impactos ambientales de la pandemia en el Perú”, Actualidad Ambiental. 8 de junio del 2020. Consultado el 17 de enero del 2021. https://www.actualidadambiental.pe/opinion-impactos-ambientales-de-la-pandemia-en-el-peru/

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