Nuevamente la vi, había pasado mucho tiempo desde la última vez, iba ella junto con su amiga, yo; por el contrario, me encontraba en una de mis tantas caminatas solitarias en la PUCP. “Se hizo algo en el pelo” —pienso inmediatamente—. Se dirige hacia mí; la veo; me ve; cruzamos miradas; mira hacia otra parte; hago lo mismo; camina por mi lado y se aleja en silencio. Entonces lo reconozco: “Es mi crush”.

“Crush”, palabra gringa con un significado peculiar, internet lo describe como un amor imposible. Refiere a una persona por la que te sientes atraído, encantado, flechado, locamente enamorado sin ninguna razón aparente. Uno se resiste y quiere entender por qué; las preguntas empiezan a aflorar ¿Será su físico? ¿Su personalidad? ¿Su estilo? Nunca se sabe: solo lo sientes. Aun así, se busca una manera lógica de ordenar aquella atracción inmediata. Lo he intentado, pero nunca con mucho éxito. “Solo me llama la atención”, me engaño a mí mismo.

Lo más curioso —o penoso— es que esta persona no te conoce: no formas parte de su círculo social. Afortunadamente, Facebook ofrece una solución rápida e invasiva a la vez. Por ello, tener un crush llega a ser peligroso, podría guiarte por el camino del stalking, vivir una fantasía erótica, ilusionarte al punto de creer que es el amor de tu vida. Se empieza con una visita al perfil, el scroll es infinito, etapa escolar, universitaria, familia, amigos, viajes, fiestas, cada post te acerca más —o eso crees—, ¡cuidado! No vayas a dar like, ahora tocan las fotos luego los ex’s.

No negaré haber caído en ello, un stalkeo por aquí, otro por allá, siempre sano, siempre moderado. Sé que idealizar a la otra persona es un error; no obstante, es allí donde radica la magia de los crush, ya que son amores platónicos, nos limitamos a ver, mas no interactuamos. Atribuimos miles de características positivas, las negativas son más difíciles de pensar, no entran en la ecuación; este ser es perfecto a nuestros ojos. Probablemente todo cambiaría si conociéramos a nuestro crush y nos diéramos cuenta de que es una persona nada fantástica, sino tan común como nosotros.

Mientras sigo caminando, recuerdo las veces que la vi sonriente con su estilo juvenil y algo rudo a la vez. “Le hablé algunas veces entre amigos” me digo para consolarme. Incluso, tengo la sensación de que reconoce mi rostro. “Algo es algo” —digo en voz baja.
Súbitamente, cansado de no hacer nada, doy media vuelta y camino tras ella en un heroico intento de hacerle el habla.
—Hola. Creo que una vez llevé curso contigo.

Continúo con la conversación, digo lo primero que se me viene a la mente y así evitar el silencio incómodo. Todo sucede muy rápido, exagero mis gestos (creo que nunca sonreí tanto). Por su rostro creo haberle caído bien. Decido lanzarme y le propongo salir, increíblemente ella acepta.

Finalmente lo conseguí, todo era cuestión de actitud. Debo alistarme para el siguiente fin de semana. A veces es necesario arriesgarse sin importar las trabas, no pensar en las paltas, jugársela sin temor al fracaso. No pasa mucho tiempo para que vuelva a estar solo; todo ha pasado en mi mente.