Es jueves 04 de octubre. El cuerpo me tiembla y no por el frío. Estoy postrada en una camilla de hospital, decorada con diversos tubos que envuelven delicadamente algunas partes de mi cuerpo. Mis ojos acaban de abrirse por la cantidad de vibraciones que produce mi celular. Antes de levantarlo de la mesa de noche que tengo al lado, miro a mi alrededor. Ahí está él, Lu, jodidamente perfecto, con la melena toda desordenada y el cuerpo relajado en el sillón de la habitación. Encima de sus jeans rasgados, tiene su libro favorito, Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar. Pienso en lo afortunada que soy de tener a un amigo que hasta hace unos años solo se dirigía a mí como “Señorita R., muy buen trabajo. Cualquier duda, escríbame al correo”. Sin embargo, con el tiempo, el correo pasó a ser Facebook; después Whatsapp y ahora, -aunque la distancia lo impida del todo- comunicación presencial.

Hace una docena de horas, él tomó un vuelo que lo trajo hasta Lima para solucionar unos asuntos personales que tenía en casa. Para mi suerte, su último punto de parada es la habitación en la que me encuentro. Al verlo dormir en esa posición, a solo a unos centímetros de mí, recuerdo una de las fotos que tomé con uno de mis grupos para un trabajo de publicidad, en el que resaltamos la camisa blanca de John Holden Woman como la salvadora de varias mujeres que sufren de crisis existenciales al no encontrar prendas que combinen con los vestuarios que ya tienen en sus armarios.

Después de varios segundos contemplándolo, cojo el celular y comienzo a responder el sinfín de mensajes que me enviaron: había trabajos pendientes y yo estaba ahí, dopada con quién sabe que anestésicos. Siento como poco a poco voy perdiendo las fuerzas. Mi cuerpo decide relajarse, haciendo que el celular escapara de mis perezosas manos y diera un estallido explosivo en el suelo. Despierto en cuestión de microsegundos junto con mi compañero de habitación, quien corre hacia mí y prende la lámpara que se encuentra en el cuarto.

– ¡¿Qué estás haciendo?! – dice mientras recoge mi celular y se lo mete en el bolsillo trasero.

– ¿Qué se supone que estás haciendo tú? – dije extrañada por su comportamiento.

– Ah, qué bien, señorita cronofama. Está con energía para pelear.

– ¿Crono qué?- dije mientras me acomodaba en la camilla para que él se siente a mi lado.

– ¡Cronofama! ¿No te has puesto a pensar que cada persona siempre guarda en su interior un cronopio, una fama y una esperanza, y que revela alguno de ellos de acuerdo a las situaciones que viven? Es súper simple: tú, la mayor parte de tu vida, te dedicas a ser un cronopio, pero cuando llega la etapa de parciales o, peor aún, finales… ¡Plinp! Pasas de verde a rojo.

– ¿Okay…? – moví ligeramente la cabeza para mostrar lo confundida que estaba. – ¿Y así paso a ser un fama?

– ¡Estrellita para ti! – puso uno de sus pulgares suavemente en mi frente. – ¿Si recuerdas quiénes eran los famas, verdad? Si me das un “no” como respuesta, no solo harás que Cortázar se revuelque en su tumba, sino que también me habrás perdido por completo.

– ¿Así de trágico estás? ¿En serio?- mencioné entre risas.

– Bueno, solo intento hacerte reír… Pero ya… ¿Si los recuerdas, cierto? – dijo con un tono algo preocupado.

– ¡Claro! Son los seres rígidos, obsesionados con la organización e instructivos… – él sonríe ligeramente – ¿Y cuándo se supone que soy una esperanza?

– ¿En serio, osas preguntarme eso? – me dice sacado un poco de onda – ¡La respuesta es evidente!

– ¿Ahora? – menciono fingiendo que es la respuesta idónea.

– ¡No! – se levanta de la camilla y se para delante de mí – En los meses de diciembre, enero y febrero. Solo en ese período de tiempo, tu personaje intermedio sale a flote y se deja llevar por las personalidades contradictorias de cronopio y fama – yo río mientras veo su enfado reflejado en los pasos de baile que marca mientras me da su discurso – Si que eres una caja de pandora… Eres como un cronopio...

– ¿Verde, húmeda y gorda? – lo interrumpo.

Él coge la almohada del sillón donde despertó y me la tira.

– ¡No, tonta! Eres como un cronopio lleno de colores. Y tiene sentido, ah. Tu odio hacia el color verde hace que pintes tu cronopio de diferentes colores. Eso te hace resaltar del resto. – Se acerca a mi camilla y hace su ademán de “ya es hora de dormir“.

Me acomodo suavemente en la camilla, buscando una posición no incómoda para dormir. Me acurruca con la sábana blanca. Apaga la lámpara y desordena ligeramente mi cabellera.

– Buenas noches, cronofama. – Oigo que dice mientras se dirige a su sillón.

Despierto al día siguiente muy tarde. El reloj marca las 11:21 a.m. Con el cuerpo aún maltratado, pero con los ánimos al tope, busco rápidamente con mis ojos a mi compañero de noche. No lo encuentro. Solo hallo una hoja bond encima de la mesa del cuarto que tiene como titular: “Para un cronopio lleno de colores”. Sonrío cuando lo veo. Esa misma mañana, él tuvo que partir hacia el país de las maravillas, aquel lugar que le abrió los brazos para que siga creciendo profesionalmente. Leo atentamente el contenido de su carta:

– Dentro de tu bolso dejé el libro de Cortázar. Tómalo como un préstamo, no como un regalo. Sabes que es mi libro favorito y el de mi padre. Saca provecho de él. Estoy seguro de que lo harás.

Ese día, termino de leer el libro por quinta vez en mi vida. Hice un pare a mis labores académicas y me entregué completamente a esta especie de tratamiento honorífico que hace Cortázar en su obra. Es así como recuerdo lo que me dijo mi compañero el día anterior en nuestra amena conversación: “Es súper simple: tú, la mayor parte de tu vida, te dedicas a ser un cronopio, pero cuando llega la etapa de parciales o, peor aún, finales… ¡Plinp! Pasas de verde a rojo.

Estoy totalmente segura de que no solo yo decido pasar de ser un ser verde húmedo a un rojo fuerte, exaltante o exuberante. Ciertamente, todos lo llevan a su manera, pero el punto es que cada uno de nosotros decide quién será en esta etapa estresante de la vida universitaria: parciales.

Los relatos de Cortázar proporcionan claves acerca de las personalidades, hábitos e inclinaciones artísticas de sus personajes arquetípicos. Como muy bien lo vio Lu, muchas características de estos seres invaden nuestras personalidades en etapas específicas de la vida universitaria. Antes de comenzar a hacer una breve similitud entre ambos, debo recordarles qué es un cronopio: unos seres verdes, tibios y húmedos. Son especiales, cómicos, divertidos y muy amigables que circulan por lugares por los que deben y NO deben andar. Dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos. Son pequeñas criaturas ingenuas, desordenadas, sensibles, aparentemente locos, sin miedos, poco convencionales, como un dibujo fuera de raya o un poema sin rimas.

Por otra parte, los famas son seres importantes, formales, instructivos, que defienden el orden establecido de las cosas. Son estables, silenciosos, racionales y rígidos. Se impacientan si las cosas no salen como las planearon.

Finalmente, las esperanzas son aquellos seres que se encuentran en el medio de ambos y se dejan llevar por las contradictorias personalidades de sus dos anteriores amigos. Son sedentarias, dejan que las cosas y los hombres divaguen a su alrededor, sin ningún problema, sin ninguna queja.

He pensando en cuántas veces me he topado con cronopios, famas o esperanzas por los lares de la biblioteca, pasadizos de los pabellones, salas de estudios; entre amigos o compañeros de trabajo o de universidad. Lo cierto es que estos moldes aún gozan de plena vigencia y se hacen más notorios en épocas de trabajos grupales o exámenes. Incluso, podemos vernos a nosotros mismos reflejados en estos seres ficticios de Cortázar.

Así, el estudiante cronopio sería aquel que en pre parciales puede aparentar ser un loco para no mostrar esas crisis emocionales que muchos alumnos famas tienen al procesar que tienen que estudiar una infinidad de temas académicos en dos o tres días. Probablemente, logren perder un poco la cabeza, pero lo disimulan con gran éxito. No muestra preocupaciones, pues sabe que al final de todo, logrará obtener lo que desea, a pesar de que se haya equivocado en responder una, dos, tres o, quizás, cuatro preguntas. Piensa que jalar un examen no es tan relevante, pues aún queda la otra mitad de ciclo para poder reponerse. La época de parciales pasa por encima de él sin causarle daños psicológicos.

Todo lo contrario, sucede con el estudiante fama, quien si no realiza un listado de tareas pendientes, acaba lentamente con la tranquilidad de su ser. Responde minuciosamente las preguntas de los exámenes y, antes de responder, siempre piensa una, dos, tres o cuatro veces, para que no se le escape ningún dato importante. Cuando acaba con su deber, vuelve al punto de inicio para solucionar o borrar los tropiezos que pudieron haber quedado en el trayecto. Si al salir de la batalla universitaria descubre que hizo jugadas erróneas comienza a nombrarse como un soldado caído.

El caso de los alumnos esperanzas se puede comparar con estatuas (que no se mueven y uno debe ir a verlas) porque ellos no se toman el tiempo necesario para buscar o informarse: los parciales van a por ellos. Son aquellos que no experimentan ni un milígramo de estrés o preocupación. Creen que con lo que saben podrán superar las metas. Probablemente, puede ser así o, quizás, no. Sus fallas no les provocan remordimientos ni lástimas, se dejan llevar a su suerte y al porvenir.

En mi caso, Lu tenía razón. Paso la mayor parte del año siendo un cronopio, pero cuando llegan las temporadas de parciales o finales, pinto todo mi ser de rojo para meterme en el pellejo de los famas. Él, en cambio, casi siempre pasa su vida siendo un fama con pocos indicios de cronopio. Lo bueno del asunto es que, a pesar de las diferencias de las personalidades, un cronopio y un fama no son tentaciones pasajeras, sino que complementan a una esperanza de acuerdo a sus gustos y perfiles. ¿Quién eres tú?

A Lu, por todo el cariño y preocupación brindada hacia mi persona.