Fraise creció en medio de una crisis emocional, laboral y personal. Cumplió sus 21 años con mucha angustias y saturaciones. Tuvo la ingenua idea de que en la siguiente década su vida daría un cambio radical, donde un futuro laboral se le forjaba.

Le queda un año para terminar la carrera que había iniciado con mucha ilusión y ahínco, pero ahora solo lo está terminando con asco. Se ha creído todo el rollo o cuento de que es una desgraciada que no merece ser feliz.

Aquella Fraise mantenía un pequeño blog hace un par de años: Chica en púrpura. Escribía desde garabatos confusos hasta textos ficcionados muy cortos que, en realidad, camuflaban muy bien su agitada vida diaria. Para en ese entonces, gozaba mejor su vida, a comparación de hoy. Pero, ¿cómo espera gozar de ella ahora, si ha decidido coger el papel de la víctima/sufrida?

Dentro de dos meses cumplirá 22. Tiene un panorama más grande de las cosas que divagan a su alrededor. Siendo una niña víctima consiguió amor, atención y aprecio, ya sea consciente o inconscientemente, de sus profesores y amigos.

Creyó que el sufrimiento por el que pasaba era el mayor cargo del mundo que justifica todas las mezquindades. Así, no se permitió reconocer todo lo bueno que la vida le estaba intentando ofrecer. Se estancó en el mismo papel barato. Ese que aún a sus 21 años le cuesta dejarlo caer.

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Muchos hemos sido Fraise en algún momento de nuestras vidas. Unos menos, otros más. Yo fui Fraise. Tú tal vez lo fuiste.

Si escribo esto no es porque esté mal. Estoy en una racha de buena fortuna que he tenido que aprender a forjar. Tengo los amigos de la vida, esos que apenas abro la boca, aparecen en un dos por tres. Por las clases y libros que he sostenido en estos meses, hoy me mantengo. Todo marcha bien.

Si escribo esto hoy es porque durante estos meses he conocido varias personas que han pasado por una situación similar al de Fraise. Después de hablar horas y horas con ellos, decidimos crear una pequeña historia que nos involucre en una sola una crónica. ¡Esto fue lo que salió!

Por lo que sé ahora, el fin de una etapa -al menos para mí- exige una revisión. A mis veintipocos años de edad y con mi poca iniciativa en el autoconocimiento, puedo decir que mi cuerpo ha cambiado. He perdido 20 kilos de culpa, dolor y rabias contenidas. Así, sin dietas ni remedios.

La Bubu de ahora es una persona diferente, que tiene serios problemas con su nombre aún, pero que por fin ha abandonado esas crisis existenciales sobrecargadas. Ya no piensa en la muerte. En el no disfrutar. En la recreación de sufrimientos. En la limitación de sus movimientos.

Por ahí me dijeron: “Cuando te mueves (actúas), todo fluye mucho mejor. Mientras te muevas, seguirás viva. Y eso siempre será una buena noticia”.

Y sí, como decía Ariana, “Thank u, next”. Doy gracias a toda esa etapa oscura. Porque fue gracias a ella que hoy me muevo, actúo, me valoro y fluyo. Sin ella, no hubiera aprendido las lecciones grandes e indispensables para toda persona: el autorespeto y el amor propio. Todo lo que me ha pasado me ha permitido llegar al lugar dónde estoy en estos instantes.

Ahora siento que todo llega en su momento, no antes ni después. No se puede cambiar el tiempo por nada del mundo (y agradezco que no se pueda). Este es el momento más emocionante de mi vida, con el estrés y ansiedad en la espalda. Tengo 21 años. 21 años que ya viví. Me volví cínica, esos que se propagaron en la segunda mitad del siglo IV a.C. y empecé a dibujar y a escribir.