Redactora de Vida Sana escribe hoy una Crónica.

Nunca me he considerado visualmente apetecible. Al decir apetecible no pretendo comparar a las mujeres con un plato de ají de gallina, ni mucho menos traerles la imagen de un comensal con salivación excesiva – no me hago responsable de lo que estén imaginando-, sino que siendo sincera creo que la palabra apetecible es la perfecta representación del imaginario que tienen un buen grupo de peruanos respecto a una mujer bella.

Pero no quiero caer en generalizaciones. Cada ser es un pequeño universo.

Esto inicia un martes a las ocho y media de la mañana. La noche anterior me había empeñado en separar mi ropa, porque planeaba darle una ojeada a mis apuntes en la mañanita para dar un buen examen en la Cato, y no quitarme el tiempo en el popular “qué me pongo” que suele llevarme unos 20 minutos. Era un día de esos en los que quieres verte simpática, a tu propio estilo. Además sentía que había estudiado lo suficiente como para no salir derrotada de la prueba lo cual reforzó la idea de que debía proyectar mi satisfacción académica a mi outfit del día. Un poco trivial, pero divertido.

Hace unas semanas me había comprado un short de denim de segunda mano en una feria independiente. Aún no lo había reestrenado pues sentía que necesitaba el día correcto para hacer ver al mundo esta prenda peculiar, ochentera y a mi parecer muy mona. Así que me lo puse. De paso adopté un polo en tonalidades azules con estampado abstracto, un par de botas marrones y mis aretes de chapita de Daria. Lista para la acción.

Mis gafas de carey, al buen estilo de Allen, delataban el calor del día. Buena día para ponerse short, pensé. Fue cuando había llegado al paradero para tomar mi primer micro que me di cuenta de que era observada. Usualmente no soy observada. Supongo que me observan para no chocarse conmigo en la calle o para no atropellarme, lo usual.

Primero fueron un par de señoras.  Estas delicadas mujeres pasaron a mi costado y se tomaron 5 segundos -que  fueron eternos- observando mi atuendo.  Mis botas rotas, debido a los bailes de los  Jueves Saludables, parecían causarles bastante extrañeza, creo que esperaban sandalias o algo más femenino. No sé que habrá corrido por sus mentes, pero su mirada sin duda no era de aceptación. Admito que también soy de usar ropa más delicada, pero no creo que haga el cambio en cómo me comporto con los demás.  Fue raro que me vieran con ojos juzgadores, sin duda no me gustó. Luego observaron mi rostro, sobre todo mi cabello semi-húmedo y esponjoso. No soy de verme muy prolija, mi cabello es toda una jungla.

Y para cerrar con broche de oro, clavaron su mirada en mi viejo short de denim. ¡Oh, short ochentero! ¿Tanta conmoción causa en señoras de la tercera edad?

Seguí caminando y tomé el bus. Al verme dentro, las demás miradas no se hicieron esperar. Es increíble sentir la carga que pueden tener las miradas.  Hicieron que sintiera que mi ropa era una especie de atentado a la ciudadanía, a la moral cristiana o incluso un mal ejemplo hacia las niñas pequeñas.

Y así, con actitud de no querer ser vista más, traté de cubrirme con mi morral las piernas y subí el volumen de mi reproductor musical.

Fue cuando bajé que me di cuenta que uno nunca está solo. Una chica también vestía distinto. No usaba un short de segunda, pero si una falda estampada muy peculiar. Se le veía genial. Alcanzamos a mirarnos en un tono de reconocimiento.

Y así fue cómo terminé en la “S”, con 50 minutos de viaje de por medio, hasta llegar al  paradero de Marina con Universitaria. Casi todo el viaje pensé que el cobrador me haría algo. Sobre todo porque se sentó a mi costado varias veces, pero no, al parecer no hizo nada. No puedo decir que el viaje fue placentero. Estuve preocupándome todo el tiempo. ¿Muestro mucho? ¿Me estará mirando? ¿Me estará juzgando?

Esta crónica es una experiencia que me dejó pensando cómo el acoso callejero y el prejuicio no se limitan a los que lo ocasionan, sino también al propio afectado. Es como si existiera el famoso Pepe Grillo y estuviera trepado en tu oreja derecha susurrándote: “No lo hagas, no, no. Es incorrecto, es inaceptable, no te exhibas”.

Y en el caso que le diga al grillo que guarde silencio… ¿A qué me atengo?