La última vez les narré mis “previos” antes de llegar a la disco. Recapitulemos. Estoy camino a Miraflores o Barranco, cual sea el destino de la noche. Maquillándome en el auto y poniéndome al día de los últimos chismes con mi “bff”.

Llegamos a algún bar para tomar los primeros tragos de la noche. ¿Mi bebida alcohólica favorita? Vodka, usualmente un screwdriver. Si quiero algo más fuerte: chilcanos, pero ahí si no doy garantías de mis acciones.

Entramos, nos miran, miramos. En la sociedad superficial en la que vivimos no es sorprendente que los individuos se midan unos a otros por sus atributos físicos, especialmente con algunos tragos encima; los chicos en sus camisas celestes y las chicas en faldas cortas. En una ojeada rápida decidimos si hay material o no. Empieza la primera ronda e intercambiamos miradas con algún posible prospecto para bailar.

Si en caso contrario no encontramos alguien de nuestro agrado, nos quejamos de la música, del calor, de la cantidad de gente, el sabor de los tragos y nos vamos. Tal vez en la siguiente parada nos esperen chicos mejores.

Llegamos a la disco. Fuimos demasiado flojas para mandar lista, pero siempre hay algún promotor en nuestros contactos de whatsapp a quien podemos pedirle el favor. Y si no, “tramitamos” al que encontremos en la puerta. Tramitar en este caso es sonreír mucho y batir las pestañas. Un par de minutos después, “voilá”. Ya estamos dentro y sin pagar un sol. Algunas noches la tramitada es tal que terminamos con tragos free y en VIP. Toda una aventura, aunque no lo recomiendo porque suelen estar copadas de viejos o extranjeros viejos que no dejan de babear como bulldogs.

Una vez dentro, nos abrimos paso hacia la pista de baile, y basta que suene “ESA” canción para que empecemos a bailar eufóricamente. Sabemos que nos observan. Creo que ese es el chiste de ir a bailar a un lugar público, por lo menos para las mujeres. El saberse vistas, admiradas. Uno a uno se acercan los chicos: “¿Bailas?” “¿Quieres bailar?” O simplemente te agarran de la muñeca cual cavernícolas.

En el 99% de los casos decimos “no gracias”, “no, estoy con mis amigas”, “no, suéltame”, “¡no, adiós!”, etc. La verdad es que, al menos para mí, bailar con mis amigas me es más divertido que bailar con un desconocido. Excepcionalmente, llegará un candidato cuya apariencia física interrumpa nuestra monótona pero divertidísima sucesión de rechazos.

Comienzas a bailar con este atractivo desconocido, suena una de esas cursis canciones de latin que tanto les encantan a mi generación, pero que yo secretamente detesto. Y allí comienza esa insoportable mini encuesta. No sé si ustedes, los chicos, disfrutan realmente de esto, o lo hacen por inercia o para llenar el silencio, que por cierto no existe ya que por algo estamos en una discoteca con la música a todo volumen.

Me refiero a esa sucesión de preguntas que los chicos realizan cuando bailan por primera vez con una chica que no conocen:

1.¿ Y.. como te llamas?
2. Ahh (según nivel de embriaguez) qué bonito nombre, qué hermoso nombre, un hermoso nombre para una hermosa chica.
3. (Aquí yo tendría que preguntar: ¿y tú? Pero aún si no lo haces ellos completan la información por ti) “Yo me llamo bla-bla-bla”, “por si acaso mi nombre es bla-bla-bla”. Y.. ¿Qué estudias?
4. Ya que nadie sabe qué rayos es Comunicación para el Desarrollo, digo “Comunicaciones”, nada más. Y, bueno, el cortés: “¿y tú?”
5. “Ah… paja, paja, yo estudio bla-bla-bla en X universidad”
6. A lo cual yo respondo: “Chévere…”
7. Él entonces preguntará: ¿En dónde? Y yo responderé: “En cato, la Católica, la PUCP”.
8. Y así sucesivamente… Preguntas tan insulsas como: “¿Dónde vives?”, “¿Tienes whatsapp?” o “¿Cuántos cursos jalaste?”

Les digo algo: no es necesario que nos interroguen. No estoy aplicando a una visa, no estoy buscando a mi alma gemela. Estoy en una discoteca y he venido a bailar. No me importa en lo más mínimo qué estudias o en dónde; mañana no recordaré tu nombre… Así que, chicos, ahórrense su small talk de discoteca que me aburre demasiado.

En algún caso excepcional encontraremos un chico que baila bastante bien. Te estás divirtiendo, pero ya van 3, 4 canciones y el susodicho empieza a meter cara. ¿En serio? 3 canciones y piensan que una les va a atracar. Así que es hora de la retirada. Miro a todos lados en busca de mis amigas. Cuando logro hacer contacto visual con una, le hago señas de “rescátame”. El 99% de los casos, mi amiga no me entiende, o piensa que le estoy diciendo: “Me estoy divirtiendo mucho, vete”. Finalmente me rindo y, como mujer moderna que soy, yo me rescato sola. Le digo:  “Bueno, chau” o “Tengo que buscar a mis amigas” o “Voy al baño”, etc. A veces, si los tomas desprevenidos, puedes dar media vuelta y escabullirte entre la multitud. Otras veces nos toca un chico persistente. “Pero no te vayas, si la estamos pasando bien”, “¿Te vas sin darme un besito?”, “Después buscamos a tus amigas”, “Si no encuentras a tus amigas yo te llevo a tu casa”, “Te acompaño a buscarlas, pero mientras sigamos bailando”. ¡Horror! Yo soy muy amable pero si se ponen con esos disfuerzos… “ugh”. Como sea me zafo y me voy indignadísima (por los siguientes 2 minutos hasta que encuentre a mis amigas).

Y todo este proceso se repite varias veces hasta que los piecitos no dan más en los tacos, ya es hora que el taxi nos recoja y salimos de la disco. Caminamos lentito y con dolor. No, señores, no estamos borrachas (casi nunca), solo nos duelen los pies. Llegamos a la puerta, pero el taxi aún no llega. Buscamos algún lugar para sentarnos a esperar. Ahí comienza la segunda parte de la noche.

Luego de unos minutos se acercan los chicos que salen de la disco. “Chicas, las llevamos a sus casas”. Algunos son chiquillos con carro prestado de papá, otros son extranjeros buscando que los “bricheen”. “Vengan con nosotros, chicas, les ponemos trago y luego les pagamos el taxi”, “Vamos a nuestro hotel a divertirnos”. ¡Ay, qué galante! Argentinos, estadounidenses, europeos, etc. Y cuando los rechazamos nos dicen: “¡Qué sobradas las peruanas!” Mientras nos matamos de la risa, les decimos mil veces “no” en inglés , español o francés por si no entendieron a la primera.

Eventualmente, llega nuestro taxi y nos subimos aliviadas. Nos sacamos los tacos mientras intercambiamos las anécdotas de la noche. Me pregunto qué pensarán los taxistas de todo lo que contamos. ¡Y qué cosas contamos! Pero nos da igual, chisme es chisme. Luego llego a casa, subo despacito las escaleras, me despojo de esos viles tacones. Pijama, cepillada de dientes y a dormir. Hasta el otro viernes, por supuesto.