Luego de años de producción, la famosísima novela de Alfredo Bryce Echenique ha estrenado su versión al cine. Dirigida por Rossana Díaz Costa, esta adaptación indaga en los conflictos sociales y raciales en la Lima de los 50, todo a través de los ojos del precoz Julius, el más pequeño de una poderosa familia de la capital, quien cultiva una profunda relación con los trabajadores de la casa, frente a la incertidumbre en la que vive su madre y el marcado prejuicio y machismo de su padrastro y hermanos. Por supuesto, la expectativa con un film así es enorme. El resultado, a pesar de ciertos aspectos memorables, es un producto irregular, exiguo tanto en su concepto como en su ejecución; una versión apresurada y demasiado benigna de la historia original, que, a su modo, desaprovecha oportunidades de realizar una crítica verdaderamente astuta a ese sistema postcolonial y abusivo que no se ha ido a ninguna parte. Buscaremos dar algunos motivos para probar por qué.

Antes que nada, dejemos las cosas claras.  Las adaptaciones cinematográficas no tienen por qué ser una copia fidedigna de la historia original. Más bien, se espera que el cine capture la sensibilidad, conceptos y momentos clave del texto literario y que los pueda resignificar a través del lenguaje audiovisual, construyendo una historia propia, relevante por sí misma. Ahora bien, si el filme forzosamente busca adaptar lo inadaptable, u omite innecesariamente detalles clave que determinaban la esencia de la novela, entonces tenemos un problema: nos quedaríamos con un proyecto a medio concluir, insuficiente para la audiencia, con el espíritu censurado y débil. Eso mismo vemos aquí.

Un mundo para Julius adolece por partes iguales de sobresaturación y carencia. Es un film sobresaturado cuando, en su intento por adaptar la ironía y ternura de la narración de Bryce, termina cayendo en una versión edulcorada de sí misma, condescendiente con la audiencia.

Solo basta con fijarnos en la banda sonora, a medio camino entre una implosión de jazz swing y tonadas infantiles, que a ratos parece estar fuera de lugar e invadir escenas que por sí solas son emotivas y relevantes, dotando al film de un excesivo dramatismo o una excesiva algarabía según sea el caso. Parecería que Díaz Costa temiera que lo filmado no fuese suficientemente conmovedor por sí mismo, lo cual no es cierto: ¿cómo no verse conmovido por un sistema explotador y abusivo que se aprovecha de los más vulnerables y por los lazos de confianza que nacen a pesar de la crudeza de aquellos que buscan impedirlos? Las escenas de Julius con distintos trabajadores podrían llegar resultar genuinas y bastante creíbles, pero se termian siendo afectadas por excesivos cortes en alguna sección del montaje, el exceso de melodrama y malos usos de la narración en voice over.

Lo mismo sucede con el subtexto político del filme. La visión del racismo y el prejuicio de Julius suele caer en lugares comunes, en roles caricaturescos que, si bien funcionan en un medio escrito (donde somos nosotros quienes representamos la escena en nuestra cabeza), fallan en el medio fílmico, resultando demasiado grotescos, casi como villanos de cuento. Reconocemos que personajes despreciablemente racistas habitan en la clase alta limeña (solo basta echar un vistazo a las problemáticas reacciones que muchos mantuvieron en el último proceso electoral en Perú), pero cuestionamos que, teniendo la oportunidad para explorar manifestaciones más sutiles y normalizadas del prejuicio, el film se limite cuestionar la superficie del asunto. Una vez concluida la cinta, es probable que un espectador promedio desprecie a la familia de Julius, pero este lo hará pensando que sus acciones son parte del pasado, y que hoy por hoy estas no podrían permitirse. El cine debe incomodar e interpelar a la audiencia. En una historia como Julius, el cine debería diseccionar las formas de odio y abuso que todavía mantenemos (y defendemos) a rajatabla y que siguen enraizadas en en nuestro paradigmas socioculturales.  

El libro de Bryce, con sus limitaciones, sí parecía querer cuestionar más a profundidad las dinámicas patriarcales y postcoloniales de la Lima moderna. Para empezar, dejaba que los personajes justificaran (y analizaran) sus prejuicios. Así, la tolerancia de Juan Lucas, padrastro de Julius, frente a los abusos en su casa con las nanas y cocineras solo se explica en un discurso profundamente normalizado en contra de la mujer andina, el cual es reemplazado en el film por unas cuantas frasecitas malévolas, sin mayor trasfondo. El racismo y la misoginia no la diseñan entes maquiavélicos, sino personas promedio, quienes lo predican con toda la convicción posible y con la certidumbre de que están en lo cierto. Para desmitificar estos predicados ridículos primero hay que conocerlos, pero el film no quiere hacerlo, como si fuese lo suficientemente obvio para la audiencia. No siempre lo es.

Además del exceso, Julius también sufre distintas carencias en su ejecución, tanto por la trama como por sus personajes. La selección de escenas de Díaz Costa busca priorizar la rutina limeña con un Julius en pre-pubertad (la segunda mitad del libro), pero a costa de ignorar todo el material previo, las temporadas de Julius en Chosica, el desarrollo de su relación con Vilma, su nana, y otros trabajadores de la familia. El resultado, entonces, es un film que quiere convencernos de que Julius es más cercano a mayordomos y cocineras que a su familia, pero no parece dedicarse lo suficiente a representarlo en la pantalla. Notamos la intención de Díaz Costa, pero nos cuesta ver qué tan genuino es lo que filma. Cuando la cocinera, Nilda, se va de casa, Julius llora y lamenta la escena en un voice over. El problema es que poco o nada sabemos de Nilda, de su rutina, de sus sueños. No se le da agencia suficiente.

Allí el segundo problema. A diferencia de la novela original, narrada en tercera persona, el film utiliza a un Julius adulto como narrador, lo que necesariamente excluye a otras voces del film. Los romances y sueños de Vilma son desconocido por la audiencia. La culpa creciente de Susan es poco explorada. Y así sigue. Tenemos, más que personajes secundarios, una serie de arquetipos comunes, como figuras periféricas en una gran pintura principalmente abarcada por un solo protagonista. El sufrimiento de Vilma y otros trabajadores solo son comprendidos desde Julius. Lo mismo con el de Celso, el amigo de Julius que es discriminando por ser pobre. Los otros personajes apenas tienen diálogos que los distingan.

Irónicamente, actores de la talla de Fernando Bacilio (El mudo) no tienen ningún diálogo propio. Antonieta Pari, (NN), en la mejor actuación del filme -genuina y lastimera sin caer en el exceso- tiene apenas un par de escenas (de las más memorables de Julius) y luego regresa a su rol de extra en los planos generales del filme. Quizás Julius busca alegorizar el estado de permanente oscuridad en el que se ven sumidos los pobres y los no capitalinos, secundarios en sus propias historias. Pero, por momentos, parece que el filme replica eso que tanto busca cuestionar. Quizás sea una responsabilidad compartida con la novela de Bryce, pero, nuevamente, aquí es donde el film bien pudo tomarse una distancia. No lo hizo. Pensemos en la secuencia en la que los trabajadores, preocupados por el abuso a Vilma, se rebelan contra el patrón. El problema es que 1) no sabemos cuáles son sus verdaderas convicciones, 2) no sabemos cómo esto afecta en su personalidad e identidad, porque el film no les da una.

Inevitablemente llegan las comparaciones. Pensemos, por ejemplo, en Machuca (2004), del chileno Andrés Wood. Si bien el film también exploraba la desigualdad social desde la visión de un niño de clase alta, la diferencia substancial está en que, en aquel film, aquellos vulnerables tenían agencia, y una voz activa a lo largo de la historia. El propio Machuca, su amiga, su familia, todas ella voces valiosas y propias, estaban presentes. Estas son voces que Julius limita a unos pocos planos detalle y algún cuchicheo filmado rápidamente. Claro, no se puede filmar todo. Pero se puede escoger. Se pudo haber descartado toda la subtrama de las monjas gringas y nada malo hubiese pasado, seguro.

A pesar de estas falencias, no podemos negar el talento con el que se filma algunas escenas en Julius. La secuencia en el cementerio, más allá de algunos planos innecesarios de las estatuas, tiene un aire de libertad y espontaneidad muy propia de la infancia: en un paneo general, Julius corre desolado por el espacio de concreto, buscando el consuelo que nadie parece darle. Otros planos secuencia son capaces de adaptar con inteligencia la suntuosidad y soledad de la historia original, la belleza melancólica del palacio, narrando el mundo de Julius de una forma en que las palabras de Bryce no podrían. La secuencia en la que Arminda (Pari) camina horas a pesar de su edad para llevarle camisas a Juan Lucas y un regalo a Julius es sobrecogedora en su sencillez y falta de pretensión.

Algunas otras secuencias dividen a la audiencia. Veamos un ejemplo. La muerte de una trabajadora del hogar motiva un rápido entierro, y Julius rechaza que su ataúd sea llevado por la puerta de atrás. Dirige al cortejo por el salón principal de la casa. Conceptualmente, la escena promete. Pero la forma en que es filmada (con musquilla infantil, extrema saturación de los colores y el fantasma de la hermana de Julius bailando junto al cortejo) parece excesiva y fuera de lugar, una distracción innecesaria. Así pueden resumirse otros pasajes en Julius: escenas con las ideas correctas, pero con un desequilibrio de estilo que sale caro.

Aún así, la secuencia final, rebelde y contestataria, se queda en nuestra retina con un mensaje sencillo y transgresor. Nos sugiere lo que pudo haber sido este film con un poco más de sentido de disputa. Desconsolado, Julius sale de la piscina y su “palacio” ahora es una moderna residencia en medio de la Lima de 2021. La cámara recorre Lima y filma el tristemente famoso muro de la vergüenza que divide arbitrariamente a ricos y pobres en la capital. Sentimos ira, una ira merecida y necesaria. Quizás debimos sentirla un poco más a lo largo del metraje.