Encadenados es una propuesta híbrida, transgresora, una que entiende al cine como un medio oral antes que visual, que ve a la cámara como una herramienta manipuladora, capaz de entrometerse en lo más íntimo de los individuos -incluso en sus pensamientos- y, a su forma, hacerlo arte. Es un film que decide abandonar las reglas tradicionales de la narrativa -una historia lineal, personajes que se quedan de inicio a fin, un punto fijo de conflicto- en favor de una representación calculadora y caleidoscópica de la sociedad peruana -y arequipeña- y cómo esta se enfrenta a numerosas tribulaciones y contradicciones. Habiendo pasada desapercibido en los círculos intelectuales y siendo ignorada por el espectador local, su futuro parece zanjado en el olvido. De a pocos, necesitamos conocer un poco más de estas historias, entendiendo su impacto.

La idea es sencilla: dividir la historia a través de monólogos. Monólogos que, por la fácil flexibilidad del cine, pueden adoptar cualquier forma. Monólogos que pueden ser cartas nunca escritas a amantes, llamadas telefónicas cortadas de golpe, pensamientos dolorosos que guardamos para nosotros, diálogos enfrentándonos a algún enemigo o canciones que cantarle a un ser querido. Los monólogos, por supuesto, no están exentos de ciertas reglas. Necesariamente, un monólogo debe estar -de alguna forma- directamente relacionado con el anterior. Las historias deben estar hiladas, incluso de la forma más insospechada. Y, una vez que el monólogo haya llegado a su punto climático, deberán ser reemplazados por otros. De a pocos, nos vamos entrometiendo en la vida de estas personas. Dejamos que, por unos 10 minutos cada una, estos personajes cobren vida y, de alguna manera, se acerquen a nosotros.

Encadenados funciona, entonces, como mosaico social, como una ambiciosa propuesta de visibilidad y enfrentamiento: mostrar distintas realidades encapsuladas en una misma ciudad y, a su vez, someterlas a contraste entre ellas. La cámara de Miguel Barreda Delgado hace un travelling general por las escuetas calles de Arequipa ciudad que, al igual que sus protagonistas, ha crecido en medio del caos, ha crecido sin permiso. Vemos que la ciudad, por supuesto, se va desdibujando. Al inicio, es filmada a viva luz, mostrando las desigualdades sin ningún tapujo: una urbe que crece en medio del campo y el desierto.  Conforme avanza el día, vemos a la otra ciudad: la ciudad de la débil luz de los faroles, de los bares de mala muerte y de posadas desconfiables. En un tercer acto, conocemos a la otra ciudad: la de las madrugadas, hora inquietante de silencios, en las que los personajes vuelven a pretender, a asumir una barrera injusta con ellos mismos.

Bajo este lienzo, se pintan historias que, a priori, parecen esquemáticas, irreales. Aun así, queremos seguir viendo: queremos ver a personas normales en conflictos normales, a ver si así nos sentimos menos malos. Encadenados prefiere explorar el conflicto desde distintas aristas, a ver si consigue contar algo para todos. De alguna manera, vemos cierta narrativa fragmentada, cortada con escalpelo: momentos elegidos de forma cuidadosa y diseñadas para impactar de forma controversial. Historias que, en su intento por explotar las diferencias entre los personajes -por su origen, por sus anhelos y pecados- parecen alejarse unas de otras.

Eso no hace, sin embargo, que las historias parezcan disímiles entre sí. Los temas se repiten porque la sociedad así los decide. El tema de la masculinidad, por ejemplo, resulta demasiado recurrente, como una marca dentro de la identidad de las personas o una condena impuesta de la que no se puede escapar. Un hombre se siente engañado por su mujer y debe rescatar su hombría. Otro hombre, que ha visto su honor faltado, decide recurrir a la violencia para defenderse. Un tercer hombre se enfrenta al fracaso que es su matrimonio y, para ello, ahoga la culpa en silencio. De alguna manera, los hombres se enfrentan a falsas representaciones.  

Tenemos, por otra parte, la insatisfacción, como parte de la identidad individual y colectiva, así como la rutina. Vemos al personaje de Melania Urbina como una clara muestra de ello: joven, bella y exitosa, pero, aun así, insatisfecha; solitaria en medio de una casa enorme, confundida por sus sentimientos hacia quienes quiere. Vemos, a su vez, a una mujer anciana que, manteniendo el silencio, añora una vida mejor y al amante que ahora yace perdido. Una tercera mujer que, frente a las ruinas de su vida clase media alta, decide explorar su sexualidad por ella misma. No es coincidencia que la mayoría de protagonistas de estas historias sean mujeres. Todo esto responde a una sociedad que, a su estilo, ha censurado, sectorizado y escondido a las mujeres La insatisfacción, entonces, es cosa de todos los días. Se trata de un aspecto esencial en la identidad de estas mujeres, con todo lo que ello significa.

Y, claro está, hay espacio para las coincidencias, para explicar que el azar, incluso en circunstancias tan rígidas y preparadas, sigue sorprendiéndonos. De alguna manera, las historias tienen formas bastante ingeniosas de entrelazar a los personajes y hacerlo parecer repentino. La lógica, fácilmente popularizada desde la teoría del caos, es que cualquier decisión, cualquier reacción por más pequeña que resulte, desencadenará en una serie de efectos -problemáticos o no- que pueden cambiar el curso de las cosas. Desde la teoría se hace difícil, pero el cine lo hace sencillo. Nos damos cuenta que, día a día, nos enfrentamos a distintas decisiones y nos relacionamos con distintas personas. Generalmente, no prestamos atención. Mantenemos estas interacciones sin darle mayor importancia. Encadenados cuestiona esa premisa y nos fuerza a preocuparnos: una vez que estamos conectados, por convicción o conveniencia, cedemos ante la empatía.

Encadenados termina cerrando el círculo. Nos demuestra que, al final, todo se trata de cómo ciertas decisiones definen nuestro día y cómo ello implica que, a la larga, nuestra responsabilidad con ellas es mucho mayor. Si afectamos a otros con nuestras acciones egoístas, entonces existe una responsabilidad moral que, de alguna forma, no podemos evitar. En Encadenados nos enfrentamos a decisiones que también nos hacen daño, lamentándonos.

Queda confiar. Entrelazarse.