No es fácil seguir a los hermanos Dardenne. Su cine se nos hace demasiado cercano, demasiado real. Ello, en ocasiones, implica dureza. Y, según parece, lo duro parece hallarse en la infancia. Estamos, a fin de cuentas, ante la etapa de autodescubrimiento, de emociones contrapuestas y de una búsqueda urgente de identidad. Por ese motivo, y por más que no lo parezca, este filme no es sencillo. Ojo que la propuesta sí lo es: un niño, una bicicleta y la búsqueda de un lugae mejor. Claro que suena simplón, incluso melodramático. Para los Dardenne, sin embargo, el cine, como la vida misma, está repleto de pequeños detalles conflictivos, pequeñas verdades que sufren al ser reveladas, pequeños obstáculos que, a priori, parecen imposibles de vencer. Así, ya sea la falta del padre, la rabia incontenible o la necesidad de aprobación del resto, las disputas que residen en Cyril, nuestro protagonista, deben entenderse de a pocos, filmarse con comprensión y cuidado. Solo así la infancia cobra sentido.

Vamos con lo primero. Entender a Cyril es entender su contexto. Como en otras propuestas de los Dardenne, estamos ante la Europa de los suburbios, un territorio aparentemente plácido que, sin embargo, esconde sus propias tensiones. Cyril crece sin padre, deambula por las calles en su bicicleta, buscando cualquier excusa para abandonar el orfanato. Su padre ha rehecho su vida y no puede hacerse cargo de él. Es en este punto que la historia se torna un poco más ficcional de lo debido, casi como una fábula de esas que oímos cuando niños. Cecil atrae la atención de Samantha, joven e idealista, quien se dispone a darle cuidado mientras pueda. Este simple acto de empatía se trata, entonces, de la única motivación qué le queda a Cyril para controlar sus rabietas, sus temores y hasta los deseos de rebelarse por la aprobación del resto, aún cuando le cuesta aceptar del todo a Samantha.

Como en otras películas de los hermanos Dardenne, este film se sostiene principalmente en lo que Blanche Du Bois llamaría “la bondad de los extraños”. ¿Deberíamos creernos ese acto como si se tratase de un cotidiano, de algo posible? Tomando en cuenta que la buena samaritana aparece muy pronto en el film, algo parece no convencernos. Podemos suponer que este es un recurso más del repertorio narrativo de los directores para captar nuestra atención. Y es que, al iniciar como un acto tan extraño, tan lleno de sacrificios, lo único que hace el filme es aumentar la curiosidad de la audiencia, forzarnos a prestar atención a los detalles y las preguntas, para entender la voluntad de los personajes.

¿Quién es Samantha? ¿En qué cree? ¿Por qué hace que lo hace? Es algo que se descubre de a pocos, que se intuye desde el subtexto. Su empatía es asumida con naturalidad, sin edulcorante ni mayor ceremonia. Entendemos que a ella genuinamente le importa ayudar al resto, casi como cualquier otra acción de rutina, como cualquier otra cosa que le da sentido a nuestra vida. A ella le importa el resto, incluso como una responsabilidad o hasta obligación, como si simplemente no pudiera dejar de importarle.

Las mismas interrogantes aplican a Cyril. Nuestro protagonista parece provenir de distintos retazos de lo que todos fuimos en la infancia. Un poco de rebeldía, un poco de ingenuidad, un poco de tristeza, esa tristeza nostálgica e indulgente que solo puede tener un niño que todavía no racionaliza el dolor. Aun así, este es un personaje único: un pequeño rebelde con causa. Tiene que ver, por supuesto, con la interpretación: una interpretación delicada, explosiva cuando debe serlo, atenta a los pequeños impulsos que el guion le brinda. Como Samantha, buscamos querer a Cyril, aún cuando no sea sencillo hacerlo.

Este tipo de películas, la acción es secundaria. La evolución de los personajes depende del día a día, de los estímulos que uno a otro se brinda. Samantha se mantiene pendiente de Cyril, y Cyril, de a pocos, parece aceptarla, no como una madre, sino como una figura de protección. Parece ser que las cuestiones sobre paternidad y maternidad son mucho más complicadas de lo que se cree. El padre de Cyril bien podría hacerse cargo de su hijo, pero, al parecer, su vida está cuidadosamente planeada y en ella no cabe él. Por supuesto, nuestro primer instinto hace que rechacemos sus acciones y su visible egoísmo. Aun así, y en eso ayuda la sinceridad de Jeremy Rénnier, solo nos queda reconocer que muchos de nosotros no podríamos reaccionar de otra manera. De igual forma, somos más tolerantes con Cyril, perdonamos sus reacciones violentas y su rechazo a Samantha. Entendemos lo que es alejarse del hijo y desprenderse del padre, como si fuese cotidiano, como si resultase inevitable.

Mucho depende de cómo se filma, en este caso, bajo la preferencia de los directores por lo ordinario. Los Dardenne prefieren escenas extensas con pasajes que se eligen sin mucha deliberación, como si cualquiera fuese fácilmente intercambiable por otra. Nosotros, acostumbrados a la excesiva planificación del cine de Hollywood, no podemos sino agradecer este respiro, este toque de la vida urbana, esta introspección por los suburbios que se realiza con espontaneidad, con certeza. Ver la vida como la vida misma. El conflicto que guía las escenas aparece mucho más tarde de lo que esperamos; la resolución no es tan evidente, los clichés se resisten. Por supuesto, nos reconocemos en esta propuesta: a fin a cuentas, la vida no es como una película de Hollywood.

Sí, podríamos decir que nuestra principal intención en el cine es olvidarnos de nosotros mismos por unos cuantos minutos. Ello no implica distanciarse de la realidad, sino verla con otros ojos, ojos más empáticos, bondadosos, capaces de entender el dolor ajeno y relacionarlo con el propio. Hay una razón por la que seguimos creyendo en esta extraña relación, casi simbiótica, entre Cyril y Samantha. Nos parece genuino —además de relevante— cuando dos personas confían uno en otro y, de a pocos, consiguen la felicidad, o al menos lo intentan.

De todas formas, hay un par de elementos del estilo que todavía nos nos sorprenden. ¿Por qué motivo los Dardenne llenaron sus escenas de partituras de Beethoven en vez de preferir el silencio de filmes anteriores? ¿Por qué filmar de forma brillante las escenas en un poco amigable barrio industrial? Ello podría corresponder a lo que nos referíamos antes, al acercamiento con el cuento de hadas. Seamos claros: a pesar del análisis matizado que se hace la relación entre Cyril y su protectora, los Dardenne nos recuerdan que, a fin de cuentas, seguimos viendo la historia de un niño, y que su perspectiva cuenta. La dulce melodía clásica, que fácilmente podemos asociar con la inocencia y otros arquetipos relacionados a la infancia, ayudan a entender a Cyril, su subjetividad, y su agencia.

En el cierre, ambas posturas del film —si las podemos llamar así— parecen enlazarse. Por un lado, como película necesariamente realista, dudamos de que el futuro de Cyril sea lecho de rosas, y, por lo que vemos, bien sabemos que el daño podrás seguirlo por mucho tiempo, quizás de forma imborrable. De todas formas, nos quedamos con la nota de esperanza, la dulzona escena de despedida en la que Cyril y Samantha toman su bicicleta y, seguros de lo suyo, echan andar sin aparente preocupación en sus rostros.

Puede ser contradictorio, pero no lo sentimos así. Es, por supuesto, otro de los trucos del cine.