Mientras escribo estas líneas me pregunto cuando acabará mi sufrimiento. Tengo la hora aproximada en que sucederá: 8:15 pm —o al menos eso dice Luz del sur—.

Hace 5 horas, desde las 10:30 am, que no cuento con energía eléctrica. El último rezago de electricidad que me queda es mi celular. Justo hoy olvidé cargarlo en la mañana, y por ello he tenido que racionar los 20% de batería que me quedan. Ya casi no queda nada: será mejor que lo apague; y lo guarde para emergencias —me digo a mí mismo—.

La luz solar empieza a escasear, el silencio se hace insoportable. No sé qué me ocurre, este aburrimiento me mata. Para mi fortuna, hoy tampoco tenía planes de ir a algún lado. Quiero matar el tiempo, pero dudo sobre qué pueda funcionar. Para este momento, he dormido 3 periodos seguidos, en total unas 2 horas; ruego a mi cuerpo dejarme dormir una vez más, así que me echo en mi cama a esperar…

Fue un sueño corto, quizás logré matar 1 hora. Prendo mi celular y veo que se encuentra en “danger”, es decir, menos de 5% de batería.

“Qué porquería” —pienso—. Sucede que a veces los celulares muestran más batería de la que tienen.

Decido explorar en internet el poco tiempo que me queda hasta que finalmente la luz se apaga, dejándome a oscuras. Parecen ser las 6 de la tarde y algo más; por eso, es que ya no puedo ver nada en mi habitación. Camino hacia la sala y veo que la luz de una vela alumbra a mi padre, quien lee el periódico en silencio.

Me quedé un rato a conversar, pero entonces recordé que había dejado estas líneas a medio escribir, por lo que decido coger una vela, encederla y llevarla a mi cuarto. La incrusto encima del pico de una botella de agua Evian que encontré en la cocina para que así este firme.

“Desde cuando nos volvimos tan pudientes” —me pregunto—.

La visión es muy escasa, las letras no se ven bien. Estoy escribiendo en mi cuaderno, a lapicero, como solía hacer hace ya algunos años en mis primeros textos. Desde hace un tiempo que escribo en el computador. Todas estas dificultades me llevan a pensar lo dependiente que me había vuelto de la energía eléctrica.

“Sin música, internet, videos, videojuegos o al menos Facebook. ¿Así escribían los antiguos escritores? Menuda porquería”.

Sin embargo, no me culpo por ello. Me he acostumbrado a vivir así, es por esa razón que es tan penoso el tránsito infinito de esperar que la luz se haga presente una vez más. Súbitamente, siento una presencia dentro de la habitación, me agarra las manos con sus uñas y entonces le veo: mi gato me rasguño, ya que estaba dándome golpecitos con el lapicero en la pierna. Su compañía es cálida, pero no es suficiente.

Comencé a pensar en todos los planes que tendría una vez que regresara la energía. “Jugaré unos juegos, escucharé música, cargaré dotas, chatearé con mis amigos y veré algunos memes”. El anhelo por ese instante era profundo. Cuando se tiene la posesión de algo, no se repara en lo importante que es. Cuando se está sano, no hay tanto deseo de la salud; si se está enfermo, todo cambia.

En mis últimos intentos por mantenerme cuerdo, presiono el interruptor de la luz principal de mi cuarto, para que así, cuando la energía vuelva nuevamente, pueda saberlo inmediatamente. Otra vez me hecho en mi cama, a esperar en la oscuridad de la noche, que dentro de unas horas más, pueda sentirme vivo otra vez.