Debe de ser, hoy por hoy, una pregunta frecuente en la cabeza de todo el que publica su opinión en alguna plataforma de Internet la de si esta tendrá una tendencia a ser mayor aceptada o menor aceptada por la audiencia. Como persona que publica en Internet, uno debe de entrar en un dilema ligado con la pregunta de hasta qué punto puedo decir mi opinión libremente sin que sea desprestigiada porque no guarda relación con los estándares políticamente correctos. Después de tantos atentados, masacres, accidentes, entre otros, se debe tener cautela cuando se ejecuta el ejercicio de publicación. Esta entrada busca analizar, entonces, ese límite que existe entre la realidad, la libertad de opinión y la corrección política; desde los ojos, por suerte (porque no es otra cosa, sino suerte), de alguien quien piensa acorde, casi siempre, a los parámetros de la corrección política.

No es necesario recurrir a las humanidades para saber que la realidad está ahí. El problema viene a la hora de saber si es que la realidad es una o, más bien, es tantas como ojos que la perciben. Nadie negará, no obstante, que Alemania es un país dentro de Europa; tampoco me negará nadie que Perú está dentro de la región de Sudamérica en el continente de nombre América. Esas realidades que tomamos como verdaderas y, si así no fuera, posiblemente, seríamos considerados locos: no parecen crearnos ninguna dificultad a la hora de hablar de corrección política. El problema de la corrección política cuando se habla de realidad viene, más bien, cuando la realidad es polémica; es decir, cuando las percepciones sobre la realidad están divididas. Por ejemplo, cuando digo que es una realidad que lo peor para Alemania fue aceptar una enorme cantidad de refugiados o que el Perú tenía como única solución todo el plan ideado por el gobierno de Alberto Fujimori, muchas personas podrían marcar sus discrepancias conmigo y lanzarme al abismo de la invalidez de mis argumentos. Tengo suerte de no tener esos pensamientos; sin embargo, soy consciente de que, en sí mismos, los argumentos para defender estas posturas a las cuales yo me opongo no pueden ser inválidos: aquello es entrar en una terrible confusión lógica.

Hace un par de días, un grupo de manifestantes feministas (¿radicales?) en Argentina atacaron a un joven que cargaba la bandera del Vaticano en las puertas de una Iglesia. El joven en ningún momento agredió ni insultó a los manifestantes. El simple hecho de mostrarse con una bandera del Vaticano en una marcha feminista le costó agresiones en contra. En este caso, estas feministas han cometido actos delictivos y deben pagar por ello tanto legalmente como con arrepentimiento; además de la incoherencia o inconsecuencia con la que han actuado: buscar la igualdad en tanto agreden a alguien que piensa diferente. Enunciar esto no hace que disminuya mi desacuerdo con las políticas de la Iglesia católica y todo el daño que le ha hecho a la humanidad en la historia. No hace que deje de ser ateo y no hace que disminuya mi repudio hacia esta –famosa últimamente– división religiosa sodálite. Esta enunciación, más bien, quiere mostrar que mis ideales de libertad y consecuencia no se pueden limitar a mantener la paz solo al grupo que busca libertad y consecuencia, sino a todos general. Es como la idea de tolerar la intolerancia, porque durante la hora en que uno deja de tolerar la intolerancia, se vuelve intolerante. Por ahí no va la solución.

Se me podrá preguntar si es que la tolerancia de la intolerancia es menos perjudicial que la intolerancia a la intolerancia. Posiblemente sea igual de dañina, pero da una oportunidad hacia el diálogo. En este caso, la tolerancia de la intolerancia solo tiene validez si y solo si es un medio para un diálogo en el que se busque una situación mejor, para todos, de la que se está viviendo. Para esto, uno de lo valores principales modernos, el de la libertad, y sobre todo, el de la libertad de expresión, debe ser una de las bases. Pero la libertad de expresión y opinión pública no se puede quedar tan solo en existir como ella y ya. No puede funcionar, al menos ahora, en sí misma, sino que necesita algunas características externas para su real funcionamiento. ¿En qué sentido? Necesita pautas, máximas, leyes, mandamientos, entre otros, que gobiernen su uso para que, en esencia, ella pueda ser funcional. Esta libertad, por principio, debe de ser igual para todos. En tanto esto, nadie puede ser más ni menos libre que los demás. Si yo tengo derecho a burlarme de Mahoma en mi revista satírica, otros tendrán derecho de burlarse de mis creencias. Y lo acepto. Pero no voy más allá. Si de alguna manera alguien usa su derecho de hacer algo, yo, si quiero responder, tengo que regirme bajo el mismo derecho. El ir más allá es tan tentador que puede desembocar en la violación de las dos limitaciones que la libertad de expresión debe, necesariamente, tener: el no insultar y el no agredir a nadie. Estos dos términos son abusos y no usos de la libertad. Uno tiene derecho a decir lo que quiera en tanto no insulte ni agreda a nadie; añadiría, además, que uno tiene derecho a hablar lo que quiera en tanto tenga los fundamentos sólidos para hablar de eso. Cualquier otra forma de opinión que exceda estos límites debe ser tratada como lo amerita la justicia (hablar sin fundamentos es, muchísimas veces, mentir).

Entonces, ¿está bien ser políticamente correcto? No necesariamente, solo está bien ser políticamente correcto si es que comprendo que la opinión del grupo al que considero políticamente incorrecto es diferente a la mía y la respeto en tanto busco diálogo. Se podría crear una máxima mínima (es decir, un mandamiento que puede servir como un esbozo) para hacer la situación algo mejor, y más consecuente y coherente: “Habla de lo que quieras en tanto lo que digas respete la dignidad de los demás como esperas que los demás respeten la tuya (no insultos, no agravios, no agresiones y sí fundamentos sólidos)”. Bajo este principio, considero yo, es posible librarse de la corrección política –que es, en cierto sentido, dañina– para hablar de temas polémicos internacionales que, hoy en día, son varios: los estragos de la Primavera Árabe, la crisis en Venezuela, los vetos a políticos turcos en Alemania, la crisis de los refugiados, los gobiernos populistas en aumento. Así, estos argumentos que van en contra de los argumentos políticamente correctos podrán ser más universales (abarcarán más y podrán entender más a las opiniones más políticamente correctas) y no tendrán que sufrir el desprestigio por invalidez que dan justificación de reacción a grupos reaccionarios. Igual debe ser el trato con las opiniones políticamente correctas: no agresiones, no agravios, no insultos y sí fundamentos sólidos.

Este tema es de importancia internacional y puede ayudarnos a todos a interpretar mejor la realidad política mundial en la medida en que tratemos de ver que nosotros, los que nos llamamos tolerantes, solo lo podremos ser si toleramos a quienes llamamos intolerantes (sean conservadores, sean “cucufatos”). Es difícil moverse bajo esta lógica pero yo creo que no es imposible. Siempre hay que aclarar las cosas al hablar y nunca hay que dar nada por sobreentendido, ya que, para todo, siempre habrá opiniones distintas a las nuestras y el respeto a la diversidad es una de las cosas más puras y producentes que los seres podemos tener.