Soy una chica independiente, en el sentido de que intento solucionar mis cosas por mí misma antes de buscar ayuda (a menos, claro, que el tiempo apremie). Ya sea en los estudios o en el gimnasio o nadando, yo sola veo cómo puedo desarrollar las situaciones que se me presentan, y si puedo sola, mejor. Es más, no muestro expresión alguna mientras hago ejercicio. Puedo estar sintiendo dolor, pero mi rostro es igual. Si ya siento el peso, apenas si empiezo a repetir el viejo truco de inhala-exhala. Pero no me muestro cansada. No he podido verme en los exámenes, pero supongo que debo ser algo así: mi cabeza se gana con la tormenta y yo me veo normal.

Gracias a ese mecanismo inherente, he podido solucionar problemas sin pedir ayuda o, al menos, calmar ciertas situaciones; y cuando la ayuda llega, ya lo arreglé todo. Eso es perfecto para mí, en especial si se considera que nunca he querido ser una damisela en peligro. Y de hecho, se supone que ahora, desde la última revolución sexual feminista, se nos anima a las mujeres a ser así. Se supone. No sé si animen a los hombres a aceptar mujeres así sin volverse “cositos”.

No sé la razón exacta por la cual tuve periodos de crisis afectivas durante el segundo ciclo, pero manejo varias teorías. Una de ellas involucra a mi subconsciente soluciona-problemas. Verán, mi mejor amigo de la universidad tiene una ambivalencia bastante interesante. Las personas que lo conocen al 100% son pocas. Pero para molestar, sí que es extrovertido. Participa en TODAS las clases, domine el tema o no. Conoce a muchas personas y le es fácil entablar conversaciones con extraños (cosa que yo no hago si no me dan, lo que en teatro se diría, “el pie”). Y, cual proporción, hay varias personas que lo conocen bastante. Asimismo, tiende a “ayudar al necesitado” dentro de ese grupo.

Lo cierto era que, tal vez sin saberlo, quería asegurar un puesto en ese club VIP, y bajé las fuerzas. Subconscientemente, claro. Si agregan eso a todas mis inseguridades (que no dejo ver) y a la falta de costumbre a ciertas relaciones (por no decir un probable apego inseguro) pueden acabar en crisis afectiva. Agréguenle crisis de fe y crisis existencial: receta de desastre, debo decir. Afortunadamente, la hice, y creo estar mejor. Igual quisiera una cita con un psicólogo.

La idea de mi independencia como problema para que tipos seguros y fuertes (no “cositos”) te vean como amiga potencial regresó a mi mente el miércoles, cuando fui a la sala de torturas con un trainer que me agrada bastante. Estaba al lado de otra tipa y nos hizo hacer planchas. “Me jodí, apesto en esto…”, pienso. ¿Pero QUÉ? ¡Me están saliendo bien por primera vez en seis años!

Mi compañera eventual parecía no tener la misma suerte. Entonces el trainer se le acerca y ya, la ayuda y se queda pendiente. Su trabajo, hasta ahí, bien. El problema es que la sin problemas era yo, quien, pasado el orgullo inicial por ese logro, ya había extrapolado la situación a su vida y parecía notar patrones. No en ese caso, obviamente. Es como una persona sana quejándose de que el doctor les presta más atención a los enfermos. Me refiero a la vida diaria, al menos a la mía.

Es raro que una chica como yo no quiera “cositos”. Se supone que te facilitan la vida, no discuten y todo bien. Pero para que nadie me discuta, me bastaría estar bajo presión y listo: no hay un interlocutor. Los tipos seguros me caen bien porque están, si no definidos en cuanto a personalidad y goles, en proceso de estarlo. Busco en mis amistades un intercambio permanente, no solo una alimentación o simplemente nada. Para esas cosas sirven los hijos, y yo ni sé si llegaré a tenerlos. Pero los amigos no son hijos; al menos, no hijos bebés.

Pero mi subconsciente ya vio un posible problema para el fin de asegurarme otro amigo, y lo evitará sin importar el feminismo que profesa el consciente. Los objetivos parecen pesar más que la ideología para el bastardo.

Me le acerco al, aparentemente, veinteañero torturador que está paralelo a la puerta de entrada.

– ¿Puedo salir por ahí?- señalo la puerta.
– Ve por el costado y sal por allá- señala hacia el fondo.

Una pregunta de principiante, de chica nueva y desorientada.

Estoy en ese gimnasio desde hace cuatro años.