—Disculpa hijo, no puedo confesar eso—le dijo un cura a mi padre, sin evitar soltarle un poco de desprecio con cada palabra.

En aquel momento se encontraban dentro de la Iglesia San Pedro, sumergida en las profundidades olvidadas del Centro de la capital, en un confesionario tan pequeño y oscuro como las tardes de Lima.  Era la primera vez que mi padre iba a buscar el perdón de Dios, tras cuatro o cinco años de supuesta inactividad religiosa, pero el cura de turno seguía negándole el sacramento.

—Lo que has hecho va en contra de La Iglesia y contra Dios mismo—siguió hablando el sacerdote, cuya voz empezaba a delatar su vejez—. Tienes que abandonar a esa mujer con la que andas y  regresar con tu esposa.

Sin embargo, él se negaba.

“¿Por qué debería regresar con ella si llevaban ya varios años separados por voluntad mutua?”,  era lo que pensaba mi padre.  Por lo que volvió a repetirle al cura que sí, se habían divorciado años atrás, cuando concluyeron qué sería lo mejor para ambos.  Razón por la que hoy en día tenía a otra mujer (mi madre) a quién amaba y no tenía voluntad alguna de abandonarla, menos ahora que acababan de tener a su segundo hijo.   Pero el mensajero de Dios no quería ceder.  Comenzó a decir que esa mujer lo estaba llevando por un camino pecador, de aquellos que te alejan inevitablemente del Señor; que aquella fantasía del divorció no existía, ya que todo lo atado por Dios no lo deshace más que Dios mismo o, en casos excepcionales, el mismo jefe de la Iglesia Católica.  Y él no tenía tanta suerte.

No obstante, frente a la decisión de mi padre, el sacerdote término resignándose al ver que no podría persuadirlo.  Entonces, le propuso una única salida: vivir con ella como si de un hermano se tratase.  Lo cual, expresado de una manera menos poética y más práctica, significaba no tener ningún tipo de intimidad con ella.  Por supuesto, dicha proposición fue descartada tan rápida como él sacerdote terminó de pronunciarla. Le parecía un absurdo el no poder relacionarse como cualquier otra pareja normal por haber estado casado años atrás.

—Entonces, no puedo hacer nada hijo.  Considérate excomulgado de la Iglesia católica— sentenció el hombre de sotana, dando por acabada la confesión.

Así, mi padre abandonó la pequeña jaula de madera que era el confesionario y, con pequeños y decepcionantes pasos, salió de la iglesia para no regresar sino años más tarde.  En el camino, pensó que todo el asunto era una gran estupidez; que en este mundo no necesitas que un anciano en Roma te firme un papel para estar en gracia con Dios ni que haya un hombre que pueda vetarte de Él.  Luego, pensó que era la misma Iglesia que años atrás cobraba a los fieles por indulgencias, y se sintió rotundamente decepcionado mientras abandonaba las grandes, murallas que resultaban ser las puertas de la Iglesia, donde se encontraba mi madre, esperándolo para irse a su casa al costado del mar.

Por esta razón, es que nunca vi a mi padre comulgar cuando era niño.  Él seguía asistiendo a misa casi todos los domingos para poder llevarme a mí y a mi hermano, pero solo se quedaba sentado en las filas con un rostro reflexivo.  En un principio, tuve el ingenuo pensamiento de que lo hacía para hacerme compañía en la banca hasta que tuviera edad para comulgar y pudiésemos ir los dos juntos.

Solo cuando fui mayor, me contó la historia completa, fue que pude entender la verdadera causa, la cual se encontraba muy distante de cualquier sospecha.  Para entonces, ya no trataba de lo que le dijo aquel hombre  hace más de una década,  sino de una perdida de fe en la Iglesia como Institución que le resultaba imposible de restaurar.  Incluso tras las innumerables charlas que le dieron después otros jesuitas. Ellos le explicaron su mala suerte por encontrarse con un hombre que sin más, se atreviera a excomulgarlo a juicio propio, (un sacerdote no puede hacerlo). La única razón por la que yo era parte, de esta cuando era niño, era porque tenía fe en que las cosas mejorarían para cuando yo sea mayor, pero que aún así no debería tomar al pie de la letra todo lo expuesto.

Ahora, recordando dichos días cuando recién acababa de recibir la primera comunión y me la pasaba sin comulgar, porque pensaba que me la pasaba pecando y pecando cada minuto, no olvido que cierta mañana de Domingo en misa, al comentarle esto a mi padre,  atinó a responderme con una tranquila y dulce voz: “No necesitas de un hombre para tener el perdón del Señor. Cuando eres niño, tienes un privilegio frente a Dios.  Puedes confesarte directamente”.

Irónicamente esto terminó siendo mucho más real e íntimo que cualquier experiencia asistida que tuve en las Iglesias, que siempre parecían tan distantes e impersonales.  Aunque claro, no estoy seguro si deberían fiarse de mí. Ya que al final, no soy más que un hijo del pecado.