Editado por Astrid Crisóstomo

Hace casi ya dos semanas desde que se llevaron a cabo elecciones parlamentarias extraordinarias, al día de hoy, la nube de polvo y sorpresa parece haberse disipado y esto nos permite ver con mayor claridad el panorama político y social.

Según la última encuesta de Datum, el 53% de los peruanos no se siente representado en el nuevo Congreso. La disolución respondió al descontento popular por obvias razones, pero los nuevos parlamentarios no han logrado llenar las ansias de renovación. La presencia de nueve bancadas, algunas de ellas de corte sobre todo extremista, pone en cuestión la realidad social y política en la que el Perú se encuentra de cara al bicentenario.

Es preciso preguntarse, más allá de la victoria de agrupaciones digamos tradicionales y dentro del sistema, ¿por qué bancadas como Unión por el Perú y el Frepap tienen un número nada despreciable de congresistas? Es posible realizar amplios cuestionamientos a cada uno de estos partidos. El primero, tiene un líder totalmente antisistema y radical que está preso; el segundo, lleva en su ADN la peligrosa mezcla de religión y política. 

De acuerdo con la encuesta antes mencionada, es posible ver que la preferencia por estos partidos, además de Podemos Perú, encuentra sustento en que representan mano dura, propuesta de cambio radical y renovación. Lo mencionando anteriormente puede explicarse en el hecho de que la democracia peruana es joven y la tradición autoritaria es fuerte. Cambiar ese sistema de pensamiento que apuesta por el pragmatismo antes que por la institucionalidad es sumamente complicado y de largo aliento.

Sumado a ello, el peruano de a pie no espera prácticamente nada del Estado, sino que lo ve como aquel gran Leviatan que limita su acción individual y prefiere estar fuera de él, lo que nos deriva al problema de la informalidad. En el Perú, ser formal es muy costoso y las leyes son prácticamente imposibles de seguir. Además, no puede hablarse de rule of law ni de verdadera igualdad ante la ley, ya que esta no cuesta para todos lo mismo. 

De igual manera, el descontento se agrava por el hecho de que los servicios que el ciudadano recibe por el pago de sus impuestos son en la gran mayoría de los casos deficientes o simplemente inexistentes. 

Y como cereza del pastel, el crecimiento económico se ha relantizado. Pero esto no se debe necesariamente a una falla del modelo, sino a factores como el cambio en el entorno internacional y la falta de reformas atinadas. Si bien la pobreza se redujo de un 60% a un 20%, el Perú de hoy no es el mismo que el Perú de los 90 ni de los 2000.

Todos estos factores pueden explicar la preferencia por grupos tirados hacia los extremos. Quien votó por ellos hizo sentir su descontento, alzó su voz de protesta y tuvo que elegir del menú que presentaba el plato tradicional con caras más o menos nuevas y la opción radical, casi pintoresca. La ideología pesó poco o nada frente al descontento acumulado, ¿o se cree que la ansia por algún tipo de colectivismo en un Estado como el peruano puede ser más fuerte que el deseo de tener algo nuevo, no parecido a lo anterior y que prometa acabar con los problemas más sensibles de manera eficaz?


Ahora, si la democracia es deliberación y consenso, ¿será posible que las nueve bancadas, que juntan perro, pericote y gato, puedan negociar y ponerse de acuerdo en temas como la reforma política, el crecimiento económico, la corrupción, la inseguridad y las cuestiones género? Teniendo en cuenta las agendas partidarias particulares y el hecho de que no hay mayoría clara, con tres legislaturas solo podemos esperar que no hagan tanto como quisieran.