Ayer fui al Teatro Pirandello a ver la obra ¿Qué me pongo?, escrita por Mariana Silva y dirigida por Norma Martínez. Ni bien llegué a la sala, quedé abrumado por el increíble trabajo visual del que ostentaba la producción, y que nos inducía a ir pensando de una vez en el significado de la ropa para las mujeres, pero además de eso, de cómo podemos descubrir sus pensamientos a través de la ropa que escogen. “Interesante”, pensé, “ojalá sea una suerte de pasarela en vivo, una especie de ´La Cocina´ de la moda”. Una hora y media después, salgo de la sala sintiéndome un tonto. No solamente porque pensaba que en algún momento de la historia vería a Vanessa Saba desfilar a lo Heidi Klum y con un traje majestuoso, sino porque me fue casi imposible entender la mayoría de cosas de las que se hablaron en la obra por un simple hecho: ser hombre. “Pero Carlos” pensarán ustedes “¿cómo vas a hablar de una obra de la cual no has entendido nada?” El tema no es que no haya entendido lo que dijeron por ser hombre, sino porque considero que la obra se termina perdiendo en el mundo de la feminidad antes de lograr transmitir su idea o tema general, a pesar de tocar un tema tan interesante como lo es la hermosa y dolorosamente compleja mente de las mujeres.

Las historias específicas de las que habla la obra se cuentan como si los personajes estuviesen en una suerte de círculo de confesiones/terapia grupal/conferencia testimonial que develan los distintos sufrimientos que solamente las mujeres padecen por el mismo hecho de ser mujeres, y el precio que tiene el ser mujer no solamente desde dentro de sí mismas (la manera en la que se relacionan con su cuerpo, su sexualidad y su manera de pensar) sino en una sociedad que desde hace décadas no termina por cuajar la idea de abandonar el esquema machista. Sin embargo, cuando parece que se está tomando el tema de la relación de esta lucha de género con la ropa (lo cual habría sido lo natural, dado que el mismo título tiene que ver con ello), poco después se suelta el tema y no se lo retoma por el resto de la obra. Se habla de prendas específicas en cada una de las historias, pero ninguna llega a tener la suficiente fuerza en ellas, como si hubiesen sido parte de cada momento por motivos circunstanciales más que por motivos realmente importantes, como supuestamente debería ser. Entonces queda la sensación de que el título y el recurso de la moda han sido utilizados como un mero enganche. Los personajes, tan diversos como son y tan bien interpretados por cada una de las cinco actrices, hablan de muchas otras cosas aparte de la ropa que utilizan y esta interesante idea se termina perdiendo entre tantos otros elementos. Algunos de los testimonios que cuentan terminan siendo olvidados fácilmente, y los recursos audiovisuales tan buenos de la obra no reciben el impulso necesario como para hacer que las prendas que proyectan queden grabadas en nuestra memoria.

Por otro lado, la obra definitivamente es rescatada por el trabajo de Norma Martínez sobre su elenco. Nos es extremadamente fácil observar ante nosotros a aquellas mujeres llenas de salsa, calle y chacota que Ebelin Ortiz personifica en las historias que le toca relatar, incluso dentro de ese delicado vestido de sastre blanco. Vanessa Saba transmite tanta finura como elegancia, que contrastan muy bien con sus relatos acerca de los problemas con el exceso de vellos corporales. Mayra Couto aporta enseñándonos cómo las mujeres son también capaces de ser sencillas, pero no por eso menos atractivas. Sin embargo, Montserrat Brugué e Yvonne Frayssinett son las principales responsables de llevar adelante el esquema de la obra. Montserrat sorprende utilizando su voz y cuerpo de manera tan extraordinaria como siempre, capaz de hacer de inocente púber en un momento y de cuajada anciana en el siguiente, y asegurando carcajadas en cada una de sus intervenciones. Yvonne Frayssinet rompe con tanta fuerza el espacio que el público no tiene más remedio que involucrarse con su personaje de forma completamente entregada, lo cual termina de crear un ambiente íntimo y placentero.

Sin embargo, y para terminar, algo que no debo dejar de revelar es que fui uno de los pocos amargados que no se rieron durante la obra, y que quedaron ahogados por el mar de carcajadas provocadas por las historias tan diversas en el texto. Eso es lo que finalmente me hizo pensar que tal vez fue el simple hecho de ser un hombre de 22 años que no estuvo presente en el mundo en la época de Parchís ni cuando estrenaron la primera película de El Planeta de los Simios lo que finalmente me impidió disfrutar esta obra a pleno. De todas formas, aún queda presente en mi cabeza la idea de que se pudo hacer un mayor trabajo para exprimirle el jugo a la obra y dejar un mensaje más claro ante el público. El tema de la igualdad entre hombres y mujeres es un tema que tiene gasolina para rato, y todo aporte en su favor es bienvenido. Lo único que me parece que faltó en ¿Qué me pongo? fue un mejor enfoque, una mayor comprensión del propósito de la obra. Algo así como cuando observas a tu hija de 14 años decirte desde la puerta “ya me voy” y lleva puesta una minifalda y un polo que dice “My milkshake brings all the boys to the yard.” Simplemente le quieres decir “hey, reformula un poco lo que estás haciendo.” Pero, una vez más, ni tengo hijos ni soy mujer, así que si quieren no me hagan caso. Mi recomendación final: Si eres mujer, anda a verla y vacílate. Si eres hombre, puedes ahorrarte el trámite. Ir a esta obra es recordar la imposibilidad de entender a las mujeres.

Si te veo así en la calle, no te entiendo