Poco hablo de las experiencias universitarias que recorren mi vida. Como siempre me trato de enfocar en lo internacional en vez de aquello nacional, entonces no se da lugar a que escriba algo del lugar en donde estudio que, además, tiene dentro de su nombre las palabras “del Perú”. No obstante, es innegable que, a veces, las universidades cumplen con expectativas académicas seriamente altas. Tienen convenios con otras universidades del mundo, comparten trabajos, hacen trabajos conjuntos, se desarrollan mutuamente, amplían el conocimiento de las personas y hacen pensar en un futuro mejor. El conocimiento limitado hasta antes de la Ilustración se empieza a volver algo más disperso en la sociedad y puede haber un disfrute a la hora de la adquisición de nuevos saberes. La eliminación de este límite va de la mano, en este caso y hoy en día, con invitaciones de expertos en una materia radicados en un sitio a otro sitio. La situación específica a la que me remito es el conjunto (o congreso) de conferencias que está organizando la PUCP con invitados de los pesos pesados de la materia de filosofía del lenguaje; todo esto es gracias al Círculo de Investigación en Filosofía Analítica. Luego de haber asistido a unas cuantas charlas, he podido caer en cuenta de que hablar de la filosofía y del lenguaje, su relación, la lógica relacionada a ellas y haberlo escuchado todo en otro idioma es realmente complejo. Esto no tiene por qué ser necesariamente malo. Todo lo contrario, podemos verle el lado bueno en más de una medida. En esta breve entrada, solo quiero demostrar algo que, incluso, puede ser visto en el poema de Parménides al “Ser”. A continuación, lo veremos.

En cualquier momento, luego de muchos años de estudios académicos y especializaciones varias, uno se puede dar el lujo y esfuerzo de hablar de temas complejos (ojo: no difíciles, complejos). Entiendo aquí a la complejidad como un conjunto entremezclado de características, ideas y conceptos de diferentes tipos que deben ser entendidos para luego entender aquello que es complejo. Así, por ejemplo, complejo es el ser humano y compleja es una persona en particular. Una persona que no tiene nada por decir, nada por contar, nada por compartir es, en totalidad, lo opuesto a una persona simple. Que no pueda decirse, pensarse, expresarse lo que se quiera no implica que no exista nada de complejidad en esa persona. Para facilitar nuestra percepción hacia ella, sin embargo, lo que hacemos es muy claramente definirla como simple. Lo mismo hacemos con la existencia de las rocas, pequeñas hormigas, entre otras cosas. Lo trivial (en tanto que es poco útil al hombre) y común entra en una bola de nieve de la simplicidad que se hace cada vez más grande. ¿Qué se puede decir de esto? Es claro: muchas cosas. Lo simple está condenado a ser simple. No podemos decir, empero, nada en igual sentido si queremos hablar de lo útil e importante así sea común. La cultura es un concepto común. Cada indeterminado grupo de indeterminadas personas tiene un conjunto de actitudes, creencias, prácticas, costumbres y discursos que vienen a definirlos muchas veces. Esta definición es, por si acaso, moldeable y nunca es una totalidad de la identidad de la persona que pertenece a ella. Es claro que puede ser gran parte de ella o parte importante, pero el ser humano va más allá. Esta especie es particularmente compleja. Lo que el ser humano creó también lo es. Esto quiere decir que es también la cultura una complejidad. Sin lugar a dudas, entonces, si nos detenemos en este punto, es lo opuesto a descabellado pensar que la cultura puede ser definida simplemente. Es más, cualquier definición simple de una cultura, pensaría yo, es en gran sentido irracional. Es una aproximación inútil aparte de ilógica. Es inútil porque no sirve para entender a la cultura, y es ilógica porque no toma en cuenta toda la serie de premisas y consecuencias que tiene esta cultura para actuar como actúa. Ciertamente, esto se nos aparece como un tema complejo por donde se le mire. Hoy me he podido percatar de eso en tanto asistía a algunas conferencias de filosofía del lenguaje justamente. El hecho de que estas conferencias hayan sido, pues, totalmente especializadas en un tema de esta materia que en sí misma ya tiene una carga de conceptos muy grande, además de estar en otro idioma, fue lo que hizo comenzar a vuestro servidor a pensar en la complejidad que el ser humano ha ido creando. Una de las características principales del ser humano es su lenguaje hablado y escrito. El ingresar a este mundo a través de una mirada filosófica, es decir, del saber por el saber, te deja imbuido seriamente en una dimensión que nunca antes había sido conocida. Esa dimensión es la del análisis mismo del lenguaje por el lenguaje a través de todos los mecanismos posibles para darle algún tipo de sentido a todo lo que no se le puede encontrar sentido fácilmente. En algún sentido, derriban estos pensadores axiomas y “verdades absolutas” para tratar de demostrar que, incluso, dentro de una de las características más comunes –más útiles, a la vez– del ser humano, el lenguaje, solo puede existir la premisa de que no hay justificación externa que valga. La idea de que, además, el lenguaje sea el objeto de estudio en este caso va totalmente anexada a la idea de que es, como siempre, el instrumento de estudio. Se analiza indefinidamente y hace compleja cualquier interpretación y afirmación sobre este. Un círculo vicioso del lenguaje y de la filosofía en relación a la filosofía del lenguaje.

Esto suena terriblemente engorroso y para trabajarlo duramente. ¡Menuda flojera! ¡Mejor dejémoslo ahí! Ese sería un grave error, les digo yo. Esta afirmación sí que puede ser tomada como cierta por algunas razones particulares y necesarias (así son y no de otro modo). En primer lugar, el no entender algo es frustrante. No solo frustra al que no entendió, sino también a quien trató de explicarlo. El diálogo argumentado y razonado aquí no encuentra sitio. Es una terrible pena. No hay ningún tipo de entendimiento y, por ello, tampoco intersubjetividad y tampoco interculturalidad. El hecho de que tan fundamentales conceptos no puedan ser incluidos en un bagaje común es atroz, ya que, desde este principio, luego entra a tallar una falta de desarrollo mutuo entre culturas. Esto da más pena aún. En segundo lugar, las culturas que son interpretadas a modo simplista son muchas veces objeto de discriminación por una costumbre (que, muchas veces, ni tienen). Esto hace que refuercen algún tipo de práctica o cuestión en particular para demostrar lo contrario. Esta demostración muchas veces empeora la situación, pues quien discrimina pensará que esta demostración tiene un fin detrás muy ligado con sus costumbres. Es una idea realmente particular. En tercer lugar, y esto es innegable, hay un punto importante en cuestión entre quien va a adquirir el conocimiento y quien lo está impartiendo (y viceversa). Aquí entra Parménides que menciona, en algún momento de su poema, que, para que los dioses se acerquen a uno, uno debe hacer el mismo esfuerzo. Si uno se va acercando a tal dios o diosa, él o ella claramente se acercará a uno porque ha visto el esfuerzo que este está haciendo. No hay forma de que esto falle. Esta es, además, la base misma de la intersubjetividad. La intersubjetividad se basa en el mismo principio. Para que a uno se le entienda y se le pueda disfrutar su complejidad, uno tiene que hacer el esfuerzo para que lo entiendan. Uno tiene que hacer el esfuerzo por entender para llegar al otro lado. El esfuerzo es la base del entendimiento de lo complejo y de lo complejo en general.

La solución, como ven, es clara. Aparece, en otros término, con un pre-socrático (búsqueda del saber: en realidad, no hay mucha diferencia) y sigue siendo una de las cuestiones más importantes en el pensamiento de la humanidad. Lo que nos debe quedar más claro que nunca es que lo complejo (si su valor radica en eso mismo), como una conferencia especializada en otro idioma sobre un tema en sí mismo complejo, nunca debe ser simplificado. Su simplificación pierde detalles importantes y distorsiona la imagen. Hoy lo que menos necesitamos son imágenes distorsionadas.