Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia

Caminé por el pasillo raudamente. Mi clase de Lenguaje y Sociedad estaba por empezar y el piso no era el más apropiado para caminar rápido (había llovido hasta hace unos minutos antes y el suelo parecía una batea). Subí las escaleras con las lecturas en mano mientras seguía en mi lucha interna de si debía entrar a clase o quedarme a estudiar con Andrea afuera. Entré al salón y no vi a ninguno de mis amigos, en realidad solo tres gatos adornaban la nada abarrotada aula. Salí y me apoyé en las barandas del cuarto piso. Mi overall rozaba el suelo y ya se encontraba sucio por la tierra húmeda mientras mi siempre enmarañado cabello volaba por el fuerte viento que soplaba en el cielo gris de invierno.

Empecé a recordar la charla que había tenido por la mañana con mi mamá. En ella le relataba cómo me había tenido que prestar tres lapiceros para mis exámenes finales el ciclo pasado, dos de los cuales ya había devuelto porque conocía a sus dueños y me habían insistido en hacerlo. El destino del tercer lapicero era aún incierto, pues yo todavía lo conservaba y no pensaba devolverlo. Y es que después de todo, ¿quién devuelve un lapicero? ¿y mucho más cuando se trata de una persona con quien compartiste solo una clase y con la que nunca cruzaste palabra? Creo que dije esto último sin pensarlo, porque cuando regresé a la realidad mi mamá ya se había enfrascado en un discurso de por qué el país está como está y de la importancia de devolver las cosas prestadas. Yo insistí en que no conocía al chico que me lo había prestado, que apenas recordaba su rostro y que nadie devuelve un lapicero. Mi mamá alegó que eso no importaba, que yo no debía seguir al resto y que era mi obligación devolver ese lapicero. Yo seguí diciendo que me parecía una completa ridiculez y que quedaría muy mal parada delante de todos. Lo último que me dijo mi madre fue: “¡Sé un poco más responsable de tus actos!” y con eso dio por terminada la discusión.

Estaba inmersa en esos pensamientos cuando divisé a Andrés que venía del otro lado con su habitual aire desgarbado. Nos saludamos y entramos al salón. Yo no paraba de decir que no sabía si entrar a clase o quedarme afuera estudiando.

– Solo es una hora. No es que te pierdas el discurso a la nación. –sostuvo Andrés mientras sacaba su laptop y la abría. –  Piénsalo bien.

– Es que no estoy tan segura de lo que he estudiado y, de cualquier forma, la clase solo dura una hora. –respondí yo mientras me balanceaba en la silla.

– Ya no le des más vueltas al asunto. Si no estás segura, vete y estudia. Ya luego yo te paso los apuntes.

Me aplasté los cachetes en claro signo de desesperación y, como si necesitara una buena excusa para faltar a clases, lo vi pasar mientras miraba hacia el salón. No es que me sorprendiera; después de todo, él tenía varios amigos en mi clase. Lo medité durante un instante pero en ese momento sonaron las palabras de mi madre en mi cabeza sobre devolver el lapicero. El chico acababa de pasar, esa era la oportunidad. Solo debía acercarme a él y dárselo. Casi sin darme cuenta me paré, no sin antes decirle a Andrés que por favor tomara apuntes por mí. Salí del salón y divisé a Andrea entrando al baño. Me quedé esperando afuera siempre atenta de que el profesor no llegara y se diera cuenta de que no entraría a clase.

– Hola, Cass. –me dijo Carla mientras se dirigía al salón– ¿No entras a clase?

– No, tengo control de Investiga en menos de una hora.

– Oh, no te preocupes. Yo te paso los apuntes.

– Listo. Gracias. –respondí con una sonrisa de oreja a oreja.

Carla me sonrió de vuelta y siguió el camino hacia el salón. La puerta que estaba al costado, la del baño de hombres, se abrió y el chico del lapicero salió sin percatarse que unos ojos oscuros lo miraban dubitativamente. “Vale, seguro ni se acuerda del lapicero. ¿En qué momento pensé en devolvérselo? Hay cosas en las que no puedo hacerle caso a mi mamá”, me dije a mí misma. 

En ese momento, Andrea salió del baño con su ya conocida ropa colorida y su clásico moño que apenas podía contener su rizado cabello.

– ¿Qué pasó? Vamos a estudiar. Tengo mucho miedo de este control.

– Sentémonos debajo de una sombrilla. Las otras mesas están mojadas.

Para mi mala suerte, la única mesa vacía con sombrilla estaba al costado de donde se había sentado el chico del lapicero. Ladeé mi cabeza con disgusto. Sabía que si me sentaba a su costado iba a estar pensando en lo que me dijo mi querida madre unas horas antes y no podría concentrarme en el control de lectura. Sin embargo, era nuestra única opción para poder estudiar “tranquilamente” y sin mojarnos.

Estuvimos estudiando y recordando todo con preguntas intercaladas. Yo no volteé a mirarlo en ningún momento para evitar cualquier asomo de las palabras de mi madre a mi mente, y vaya que lo conseguí. Después de un rato de estar estudiando, Andrea dijo que lo mejor era ir yendo al salón para relajarnos. Yo de relajada no tenía ni la punta del pie pues sentía que apenas sabía la primera parte de la lectura, así que le hice caso y nos dirigimos rumbo al salón.

Lamentablemente, siempre he tenido muy en cuenta lo que dicen mis papás sobre mí, y a cualquier cosa que digan le busco el doble significado y no paro hasta hallarlo. En este caso, mi mamá había apelado dramáticamente a mi calidad moral de la que (según ella) tanto me jactaba, y casi había logrado que mandara toda mi dignidad al diablo y devolviera un mísero lapicero mordido. Me sentí tan patética en ese momento que en un arranque de locura ya estaba parada al lado del chico hablando como una grabadora. El pobre hombre no pudo contener su reacción de sorpresa y su expresión era digna de una foto. Contuve la risa porque yo no estaba en mejor situación que él.

– Hola, tú me prestaste este lapicero el ciclo pasado para un examen. Gracias. –dije mientras le tendía el lapicero.

– ¿Qué? –su expresión era épica realmente (aun ahora cuando la recuerdo no puedo evitar soltar una fuerte carcajada)

– Que tú me prestaste esto para un examen final el ciclo pasado. Toma.

El chico sonrió con confusión. Para ese instante la situación ya se había tornado lo bastante tensa como para que cualquiera de los dos dijera una incoherencia.

– Es que no tengo ningún lapicero así.

– ¿Ah no? –internamente me repetía una y otra vez que mi mamá me las pagaría. Sería una noche sangrienta.– Qué raro porque estaba casi segura de que eras tú quien me lo prestó.

– No es mío, pero si quieres me lo das, no tengo problema.

– Ajá, sí, no. En fin, qué raro… Bueno, no importa.

Giré sobre mis talones y me fui a paso rápido con una consternada Andrea que me repetía una y otra vez que nadie en este mundo devuelve un lapicero y que había pecado de ingenua.

– Creo que ya perdí la dignidad, Andrea. –dije haciendo un gesto muy dramático.– Se reirán de mí por el resto de mis  días. ¡¿Quién en este mundo devuelve un lapicero?! Solo alguien infinitamente honesto o extremadamente estúpido. Es un hecho: soy una estúpida.

Apenas pude concentrarme en el control, y es que tengo una tendencia obsesiva por las cosas y esta vez no fue la excepción. Me repetía una y otra vez lo estúpida e influenciable que había sido para devolver algo tan poco importante. Felizmente luego de un rato me calmé y decidí no darle más vueltas al asunto. Ser honesta no es un pecado… o tal vez sí lo es cuando la otra persona no recuerda que te prestó algo y uno, con toda la voluntad de devolvérselo, termina por quedar muy ridículo. Bah, ya qué más daba. Yo había cumplido con mi calidad moral y había intentado dárselo. Ya tendría algo con qué fastidiar la moralidad de mi madre.

Dos días después, por la tarde, cuando en los pasillos raramente te cruzas con alguien y reina un silencio sepulcral en los salones, yo me dirigía hacia la sala de estudios a empezar a soltar las primeras ideas para mi trabajo de Investigación Académica. El molesto sol había hecho que optara por ir ahí y no quedarme en cafeta o en las mesas del cuarto piso, decisión de la que me arrepentiría unos minutos más tarde.

Entré y me senté de espaldas a la puerta, justo cuando recordé que mi amigo me buscaría ahí y debería estar atenta para cuando llegara con el objetivo de salir prestos a la biblioteca sin armar mucho alboroto, así que cambié mi lugar en la mesa y me senté mirando hacia la puerta. Me enfrasqué en mi lectura y milagrosamente no me distraje hasta diez minutos más tarde cuando un chico que estaba cerca de mí se paró bruscamente y salió apurado.

Alcé la vista a tiempo como para verle la mitad del rostro y reconocerlo de inmediato. En ese instante maldije el momento en que decidí entrar a la sala de estudios. “¡Oh no! Ahora va a pensar que lo estoy siguiendo, o peor aún… que me gusta”, me reproché a mí misma.

Mi imaginación desbordante ya estaba recreando toda clase de situaciones en las que él corría asustado por una “loca” (o sea, yo) que lo seguía a todo lado. Definitivamente el pobre muchacho se había ido por algo, y todo me indicaba que había sido por mí. Lo más probable era que empezara a pensar que tenía algún interés en él o algo por el estilo, pero de que no me quería ni ver no había duda. Ya era la segunda vez que me lo encontraba en el día y de hecho pensaba que lo estaba siguiendo.

Guille, Anthony y Lydia aparecieron en el momento oportuno como para salir disparada de la sala de estudios y socorrerme en sus abrazos. Les conté lo sucedido desde la escena del lapicero hasta su salida rápida. Los tres se echaron a reír, algo que contribuyó a empeorar mi situación emocional . 

– Un lapicero… –risa de Guille– Devolver un lapicero… –risa– un… –risa– lapicero… –risa– Tonta.

Guille con las justas podía respirar de lo mucho que se reía. Yo le puse la cara más seria que pude mientras me defendía con el argumento de que la situación era más grave de lo que pensaban.

– No es tan grave, Cass. –dijo Lydia.– No le des importancia. Solo fuiste honesta y quisiste devolverle su lapicero y ya. Sería muy tonto si piensa que te gusta.

– Yo no estaría tan seguro. –intervino Anthony haciendo un queco.– El chico dijo que no era su lapicero, eso quiere decir que no se acordaba de que te lo había prestado. ¿Estás segura de que era él? Quizás todo fue un error.

– Saben bien que no olvido las caras nunca. Estoy segura de que fue él. Pero eso no importa mucho si él no se acuerda, pues lo que podía ser tomado como una coincidencia, ha sido tomado como una persecución.

– De verdad sería muy estúpido si piensa que lo estás siguiendo porque te gusta y que lo del lapicero fue solo una excusa para hablarle. Cómo si alguien no supiera que a “la gelen” solo le gustan los chicos piel canela. Es obvio que él no encaja como piel canela.

– Muy gracioso. –le espeté con algo de preocupación.– ¿Me puedes decir cómo rayos él podría saber eso? Apenas sabía que existía cuando quise devolverle el lapicero, y va a saber mis gustos en chicos. No inventes.

– ¿Y si le hablas y le explicas todo? –preguntó repentinamente Guille que ya había recuperado la seriedad y se había enderezado.

– ¿Explicar qué? No hay nada que explicar. Encima de acosadora me tomará por loca. Debo evitar verlo. Dejaré de venir a la sala de estudios y cuando lo vea por los pasillos desviaré mi camino. Sí, eso haré.

– No creo que sea lo mejor. No vas a regir tu vida por un chico que piensa que estás interesada en él. Eso no es de “la  gelen”. –dijo Anthony.

– Pero es que lo otro es perder más la dignidad. –dije.– Y creo que por esta semana ya ha sido suficiente. Es horrible sentir cómo alguien se te corre por temor.

– ¿Saben qué? Creo que a veces no es bueno ser tan honesto en todo. –sostuvo Guille.– Miren lo que le ha pasado por ser honesta y tener las mejores intenciones. Un pata se le corre y piensa que lo está siguiendo. ¿Y qué pasaría si ese pata en algún momento se convierte en su jefe? No la vería igual pues recordaría que alguna vez le gustó. ¿Se  imaginan lo perjudicial que podría ser para su vida profesional? –dijo esto último como si fuera algo de vida o muerte.

– Oye, apágate. –le increpó Lydia ya harta del tema.– Mira, yo creo que lo mejor es que lo dejes ahí y que te sirva de lección para ya no ser tan ingenua. Como dice Guille, tanta honestidad con todo el mundo a veces te puede jugar  malas pasadas.

– Yo creo que actuaste bien, inocentemente pero bien. –agregó Anthony y agradecí sus palabras. –Si él piensa que te gusta por querer devolverle un lapicero, ya es su problema. Tú sigue tu vida normal como si nada hubiera pasado y ya.

Después de ese día me juré a mí misma que no volvería a ser tan ingenua y que habría cosas en las que mi mamá ya no me podría aconsejar. Respecto al chico, espero no volverlo a ver en un largo, largo tiempo. ¿Quién sabe? Quizás Guille tenga razón y pueda ser mi jefe en el futuro. De cualquier forma seguiré evitando la sala de estudios y el Café Cultural, lugares que eran mis hábitat, sobre todo este último. Una travesía más al intentar salvar mi dignidad perdida por culpa de la honestidad.