A estas alturas del partido ya se sabe quién es el principal enemigo del presidente Ollanta Humala. No, no se trata de la oposición congresal cuya principal agenda consiste en conseguir la libertad de su líder. No, tampoco nos referimos a la dizque oposición que se olvida de serlo bajo el pretexto de salvaguardar la “gobernabilidad del país”, aunque más pareciera que lo hiciesen con la intención de armar un blindaje que proteja a su “sano y sagrado” del linchamiento mediático. Tampoco hacemos referencia al verbo florido de Don Isaac, el patriarca de los Humala, quien no tiene reparos en hacernos recordar, continuamente, como la sabiduría popular ha bautizado a su descendiente más ilustre (léase “cosito”). Ninguno de los agentes mencionados tiene el peso político del actual principal opositor del régimen, es decir, Ollanta Humala. No el Ollanta Humala presidente, aquel que juró por el “espíritu de la Constitución del 79” y el que nos impele a no ser panzones ni pelucones; sino el Ollanta Humala candidato.

“Es mejor ser reyes de nuestros silencios que esclavos de nuestras palabras”, reza el reconocido refrán que supuestamente Shakespeare un día dijo. Dudo que el dramaturgo británico alguna vez en su vida fuera candidato a la presidencia, o peor aún, que haya sido presidente. Pero sus palabras se acoplan perfectamente al nuestro. Desde su famosa dicotomía ambientalista del “Agua sí, oro no” en tierras cajamarquinas antes de ser electo, o su propuesta pública de no pertenecer a la Alianza del Pacífico porque, supuestamente, nos convertía en súbditos del imperio; sus palabras lo han convertido en un punto vulnerable para sus críticos, quienes ven con beneplácito como el Ollanta presidente se encarga de contradecir punto por punto a su idiosincrasia del pasado. Desde la presente tribuna, no censuro los cambios de perspectiva de Humala, dado que estos pueden generar efectos positivos en sus decisiones gubernamentales (aunque eso depende de la posición política de cada uno, claro está), sin embargo, resulta obvio que aquellos generan malestar en su electorado base. Este último, un cúmulo de personas en contra del sistema económico y político, han calificado al presidente como un “traidor” y “felón”; y razones no les falta.

Como premio consuelo, solo quedaría decir que todos los políticos en campaña prometen una cosa, y en el poder, hacen otra. Solo miremos a García, quien en la campaña del 2011 cuestionaba el TLC con los Estados Unidos, y al final, no solo terminó implementándolo, sino que también fue el padre de “El Perro del Hortelano”, símbolo ideológico de la imposición de la cultura “occidental y progresista”, contraria per se a las costumbres atrasadas de las culturas nativas. Sin embargo, como dicen, “mal de muchos, consuelo de tontos”. Las continuas contradicciones entre la dialéctica electoral y el pragmatismo gubernamental provocan la desconfianza entre pueblo y clase política, promoviéndose de ese modo una idiosincrasia apolítica. Por ello, no es de extrañarse que cada cierto tiempo, aparezca un mesías que promete todo lo que el anterior no cumplió una vez en el poder. En contraste, desde Fujimori hasta Humala, sus victorias electorales son una muestra de que el pueblo peruano aún no se cura de la enfermedad de elegir sistemáticamente al “candidato regalón”.

  • Henri Camayo

    Hay que recordar también sus promesas de Toledo como candidato, ofreció bajar el IGV de 18% a 16%, llegado al poder lo subió a 19%; pregunto – un economista como Toledo no sabía que al bajar el IGV bajaba la recaudación fiscal? por supuesto que sí lo sabía, pero ofreció al electorado solamente para llegar a la Presidencia. Es cierto “que todos los políticos en campaña prometen una cosa, y en el poder, hacen otra”. Y la lucha contra la corrupción ofrecida por el “Cholo”, ahora está enredado y esclavizado por sus propias palabras en una danza de millones de dolares; por eso, efectivamente “Es mejor ser reyes de nuestros silencios que esclavos de nuestras palabras”, como reza el refrán de Shakespeare.