Me gusta comer. No, realmente no me gusta. Me encanta, me apasiona, me fascina.

En una época de mi vida consideré seriamente dedicarme a  la comida en su más amplio espectro. Seré crítica culinaria -me dije. Sonaba a un futuro delicioso.

Desde que tengo memoria, ha existido en mí una relación muy estrecha con la comida. Sobre todo nuestra suculenta y bien servida gastronomía. Mi vinculo con ella se basa en una refrán popular: “Barriga llena, corazón contento”.

Con el paso de los años fui descubriendo que mi cuerpo tenía ciertas limitaciones. Una de ellas fue el asma. Una fiesta infantil a los 4 años nunca fue sinónimo de caramelos y descontrol para mí. El asma que tenía, y tengo, siempre estuvo muy ligado a la alimentación lo cual pautó ciertas reglas que debía  seguir a rajatabla. No colorantes, no lácteos en exceso, ningún producto que tuviera preservantes y todo esto reflejado en una interminable lista de los más deliciosos alimentos que en ese entonces puede imaginar un niño.

Ya se imaginaran la frustración que sentía en este tipo de pequeños encuentros zagales. Era la constante búsqueda de chicha morada, arroz con leche y mazamorra natural.

Las veces en las que cometía travesuras – porque travesuras tuvieron que haber- traen a mí imágenes de ronchitas de agua, mucha picazón y el color blanquecino de la leche de magnesio.

De allí nace mi amor de niña hacia la comida casera y se podría decir bastante más saludable respecto a la que comían mis otros compañeritos. Platos de comida casera no muy condimentada, limonada en vez de gaseosa, postrecitos hechos en casa, olor a miel de chancaca y queso serrano. La vida era deliciosa si me la comía bocado a bocado, sin desesperar.

Y el tiempo pasa, y nos vamos volviendo viejos. Y  llegan así a mi vida de pequeña curiosa los días de andar de fiestita en fiestita, de KFC a McDonald’s, de McDonald’s a Bembos. Es allí donde entre juego y juego, música pegajosa y pasteles coloridos nace mi más temido y a la vez delicioso pecado. La gula, la gula de los fast-food.

Ustedes se preguntarán, ¿qué hace una chica que dice gustar de las frituras escribiendo una columna sobre vida sana? ¿Es una nueva especie de broma viral que vincule plataformas virtuales de opinión?

Pues la primera respuesta es un poco larga  y la segunda es un no, aún no tengo el ingenio para viralizar algo, aún no.

La primera respuesta la resumo en una cita que probablemente hayan oído antes: “En un sistema cerrado, nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”. Yo decidí no destruir mi pasado de comer frituras – porque tampoco puedo decir que de vez en cuando no como unos cuantos wantanes en el chifa o una pierna de pollo crispy- si no decidí tomarlo como un aprendizaje.  Vida sana para mí no es dieta, no es privarse de los placeres de la vida  si no todo lo contrario; es aprender a disfrutar más. Poder llegar a saborear una fruta  y verla no solo como está  sino como un postre, como una fuente de energía, de vitaminas.

Vida sana nos invita a no simplemente llenarnos sino a aprender y desear disfrutar de alimentarnos. Alimentar nuestra alma y nuestro cuerpo. Vida sana también es equilibrio.

Mi amor hacia comer poco o nada saludable hizo que no tuviera reparo en pensar qué estaba dentro de mi sándwich o decoraba mi plato. Además mi posterior descubrimiento de que poseía intestino perezoso y lo doloroso que podía llegar a ser me hizo pautar el cambio.

Sé que muchas veces solemos conformamos con la rutina alimenticia, con cómo nos vemos porque pues,  de alguna forma sentimos que no estamos mal y pues no hay culpas; me ha pasado.

Muchas veces nos aferramos diciendo que velar sobre eso no es lo nuestro ya que somos acérrimos defensores de nuestros ideales de aceptación del ser y no nos dejaremos vencer por el machismo, ni  por los estereotipos de belleza emitidos por los medios.

Oh vamos, Vida Sana no va hacia eso. Este será un espacio para informarnos, para aprender juntos y para que les enseñe un poco respecto a pequeños hábitos para vernos y sentirnos mejor que fui aprendiendo en búsquedas en línea, preguntando en los mercados y en fin, ya verán cómo la curiosidad me ha ido llevando a varios lados.

También compartiré con ustedes esas buenas recetas caseras de la abuelita – de la abuelita naturista, claro-. Investigaremos lugares y ferias para visitar, espacios donde se pueden realizar actividades físicas no muy convencionales, restaurantes y tiendas veganas-vegetarianas. Habrá de todo para todos. Pero ante todo, la bandera de vida sana será el estilo cercano de escritura. Siempre honesto, muy amistoso y horizontal.

-And.