Soy de las personas que defiende el poder de la música, ya que me define y me salva la vida. Se podría decir que me di cuenta de su poder desde pequeña, mientras cantaba con Xuxa o me rehusaba a bailar al compás del Sapito. Fue desde ahí donde empecé a diferenciar el tipo de música que me atraía del que no. Asimismo (y claro está, ello provenía de mi mente) la música me sorprendió con su cartel de bienvenida. Los años iban pasando y la moda proponía nuevos ritmos; podía seguirlos, aunque todavía no me consideraba suficientemente capaz para darme cuenta de que no hay algún género musical mejor que otro. Quizá el lector dirá: “¿Y tu historia acaso afecta  la combinación música –  filosofía?”

Sorpresivamente, sí afecta: no solo puedo haber sido yo, sino también otros casos en los que la música estableció y sigue estableciendo una determinada filosofía (además de ponerle banda sonora a cualquier actividad, decisiva o no, que la persona realice). Concibo a dicha filosofía como una herramienta con la cual puedo establecer un modo de vida determinado aplicando o poniendo a prueba las enseñanzas que filósofos de todas las épocas reflejan en sus obras. Por lo cual, si se encuentra reflejada en la música, la filosofía no solo establecería un modo de vida: la volvería más humana, más intensa. Además, es pasajera o temporal: se da el lujo de cambiar cada cierto tiempo; porque tanto la percepción del mundo, como la de los actos que se desarrollan cotidianamente también se encuentran en constante trasformación (es por eso que no me hubiera quedado escuchando para siempre el Ilarilarié). Sin embargo, uno mismo sigue manteniendo su esencia, debido al hecho de que cambiar no implica que se haga totalmente; sino ¿cómo se explica el tarareo que provocan las canciones de reguetón más antiguas o el suspiro al escuchar la voz de los ex cantantes de Disney?

Por lo tanto, no hay razón por la cual sentirse avergonzado de los gustos musicales que cada uno posee, puesto que hay una relación filosofía – música que los respalda. Y lo mejor es que no se desfalleció en el intento, al contrario, se liberó. Solo hay que tener curiosidad para expandir los intereses musicales y no limitarse en un solo género. No hay que sentir vergüenza si en lugar de escuchar rock se escuchan baladas o si en lugar de escuchar k-pop se decide escuchar noise. Hay de todo y para todos. En esa variedad está el gusto.