Coco es una película animada Estadounidense de 2017, dirigida por Lee Unkrich, inspirada en la festividad mexicana del Día de Muertos, producida por Pixar y distribuida por Walt Disney Pictures. A rasgos generales, es una película, contextualizada durante la festividad del “Día de los muertos”, que cuenta la historia de Miguel, un niño de 12 años que vive en México junto a su familia. Debido a su gran afán por la música, Miguel desafía a su familia poniendo en marcha un plan que lo llevará a pasar un rato en un mundo paralelo: el mundo de los muertos. Su afán por querer descubrir la historia de sus antepasados y seguir su tradición musical hace que Miguel descubra verdades que nunca quiso desenmascarar, pero, a la vez, conecta a su familia, tanto viva como muerta de una manera más afectiva.

Entre los ejes temáticos de la película destacan temas familiares, culturales (como el famoso “Día de los muertos” en México), así como temas históricos que abarcan la memoria y el olvido. Sobre este último punto se realizará un pequeño análisis comparativo.

La película animada “Coco” está plagada de rasgos culturales mexicanos. Como se mencionó en la pequeña sinopsis, uno de los escenarios -o festividades- claves en la historia es la festividad del “Día de los muertos”, la cual toma lugar todos los años entre el primero y el dos de noviembre en México. Durante esta celebración, las familias arman un altar en sus casas con comida y objetos valiosos del fallecido para que así este pueda ser guiado hasta donde su familia. Se trata de una convivencia entre la vida (familiares vivos) y la muerte (familiares muertos), en donde lo material y espiritual se juntan para irradiar felicidad. En contraposición con la cultura occidental, en donde la muerte es vista como algo negativo (partiendo desde el verbo “penar”), esta tradición precolombina y con una visión diferente plasma a la muerte como algo alegre y positivo. Incluso, en la película, el lugar en donde pasan “su otra vida” los muertos se plasma como uno con características coloridas, alegres y activas, con actividades musicales y artísticas. Se puede decir, por tanto, que el mundo de los muertos funciona como un espejo del de los vivos, pues es urbanizado, tiene hasta control de migraciones y no luce para nada “muerto”.

La memoria, por consiguiente, se trata de un no olvidar. Los altares necesarios durante la celebración del “Día de los muertos” hacen que los ya fallecidos no sean olvidados por sus familiares y su identidad no sea disuelta en el tiempo. Por otro lado, es importante notar que el tema de la memoria va de la mano con la imagen del colectivo familiar. El altar construido en la película acoge a varias generaciones familiares. La familia, como colectivo, asigna tareas a cada uno de sus miembros para organizar esta festividad. Miguel, personaje principal de la película, necesita a su familia para pasar las barreras entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Si bien existe un conflicto entre lo individual (aspiraciones de Miguel) y lo colectivo (las tradiciones familiares), la imagen familiar se encuentra siempre presente. ¿Qué sería de Miguel sin su familia? Probablemente, no hubiera tenido interés en conocer a sus raíces, tampoco hubiera tenido una confrontación con ellos y, tampoco hubiera podido pasar “las migraciones muertas”. Además, el mundo paralelo (mundo de los muertos), depende de sus familiares vivos, pues si los dejan en el olvido, ellos desaparecen.

La gran pregunta es: ¿qué tiene que ver todo esto con la literatura? ¿No se trata sólo de cine? Pues no. Uno de los temas más trabajados en nuestro país (desde un enfoque literario y antropológico), debido a la época del terror que se vivió entre 1980 y 2000, es, precisamente, la memoria de las víctimas del conflicto armado interno (tanto por los grupos subversivos como por agentes del Estado). La CVR reúne miles de testimonios, desde situaciones de violencia sexual por parte de agentes del Estado, hasta el constante terror por las situaciones de violencia de los grupos terroristas. La memoria, en este caso, no cubre sólo al recordar de los familiares muertos, sino a un dolor irreparable por la manera en que muchas personas fueron ultrajadas. Mientras que en Coco se recuerdan a los antepasados con alegría, en estos casos de violencia, el recordar puede ser tomado como una apertura más de una herida casi incurable.

La batalla por la memoria es aún una tarea por realizar. Testimonios que le dan voz a algunos sectores silenciados por el propio Estado ya es un avance, pero las heridas tardarán mucho en secarse.