Los filósofos antiguos se preocuparon mucho por el kósmos. Por otro lado, la filosofía moderna se trató de centrar más en el sujeto, y la filosofía contemporánea ha tratado de sacar al sujeto de su centro e interpretarlo, por ejemplo, desde las estructuras. El interés se fue haciendo cada vez más específico. Quisimos saber primero cómo funcionaba nuestro Universo; luego, quisimos saber cómo funcionaba la Tierra; después de eso, cómo se construían las sociedades; siglos después, cómo somos por dentro; y, finalmente, hemos tratado de llegar a indagar acerca de las creaciones humanas. Toda esta individualización, particularización que se ha visto en otros momentos, claro está, de la no necesariamente lineal historia de la filosofía, ha estado a la par de los descubrimientos de la ciencia. Y la ciencia está en ese punto de la historia en que comienza a buscar vida en otros planetas. El kósmos, luego de la noticia de que un grupo de (exo)planetas han sido descubiertos como posibles albergadores de seres con vida, vuelve a ponerse en el centro. Se vuelve a poner en el centro tanto como la misma concepción antigua de que la historia es circular. Así volvemos al kósmos; es decir, volvemos a lo antiguo.

Yo, como vuestro humilde servidor, me he limitado no a hablar de todo el mundo, sino a centrarme especialmente en todo el mundo excepto el Perú, porque quería dar cuenta de que el Perú no se puede entender si no se entiende su contexto. Con esta nueva noticia, uno se puede rápidamente enterar de que el mundo no se puede entender sin su contexto. Sin embargo, esta entrada no es, para nada, un intento de dar clases de cosmología o astronomía. Más bien, esta entrada quiere retomar una frase de Carl Sagan en la que este afirmaba que el mundo era, pues, un punto azul pálido. Esto quería decir que todo lo que existe, hemos vivido y viviremos, conoceremos, interpretaremos, solo puede suceder en relación a ese punto azul pálido. No se equivocaba. Esa casa a la que llamamos Tierra ha sido origen de la filosofía, como ya vimos, pero también de la historia, de la economía, de la astronomía, de la fantasía, de la alegoría, de la sabiduría. Todas estas concepciones son humanamente –demasiado humanamente– terrestres.

¿Qué sucede en el momento en que descubrimos que, como dice un periódico alemán, la Tierra tiene sus hermanas y gemelas? En ese momento, posiblemente, será cierto que todas las concepciones que hemos tenido acerca de todo lo posible para pensar y de todo lo imposible sean limitadas. Todo lo que es posible para pensar y no pensar es una condición humana de aquellos que hemos nacido en la Tierra. Lo demás ya no lo es. La posibilidad de nuevas formas de vida para esos “extranjeros” que solo pueden ser incluidos dentro de este término en tanto nos consideremos los humanos como “ciudadanos del mundo” es algo que le puede aterrar al ser humano terrícola y terrestre. Es obvio que le puede aterrar, pues nunca antes había visto ninguna forma de vida de ese tipo y lo más probable es que cada uno en tanto ciudadano del mundo no sepa cómo afrontar un encuentro así. Todo el sistema de entendimiento que hemos desarrollado hasta ahora y que aún no se acaba de desarrollar, de pronto, se convierte en un pequeño sistema más de todos los posibles sistemas de entendimiento de todo lo cognoscible y lo no cognoscible. Es más, ¿hasta qué punto tendríamos la humana certeza de que esos extranjeros viven con un sistema de entendimiento?

La trivialización de estas preguntas y estos temas en relación a los- en esta entrada- llamados extranjeros se debe a muchos factores: no aparenta ser un tema concerniente a la Tierra; muchos objetos voladores no identificados han sido usados por la prensa sensacionalista para atraer lectores; se ha pensado en cómo son estos extranjeros, cuando en realidad son parte de nuestra imaginación como ciudadanos del mundo, entre otros. Y para tratar de evitar esta trivialización y sensacionalismo del tema, creo yo, que debe hacerse una rápida consulta a la filosofía de la Antigüedad. Parménides de Elea y Heráclito de Éfeso guiaron sus aparentemente contradictorias teorías hacia el camino de, en resumen, indicar que todo lo que existe y que se puede ver en realidad es parte de un todo. En el caso de Parménides, de un Ser y en el caso de Heráclito, de un Uno. Para Carl Sagan, un genial astrónomo y divulgador científico del siglo pasado, ese Ser o Uno es el mismísimo kósmos. Pensar en estos términos puede sacarnos de confusiones. Si trasladamos esta idea de lo Uno o del Ser a una concepción cósmica, repentinamente, nos eliminamos en tanto identidad como ciudadanos del mundo y nos volvemos ciudadanos del kósmos y del Universo.

¿Esta concepción filosófica tiene algún sentido? Seguro, si alguna virtud tiene la filosofía (tiene muchísimas, diría yo) es que puede darnos la libertad de reinterpretar indefinidamente, las veces que queramos, conceptos para no entrar en un problema lógico. Esta nueva concepción, de nosotros como ciudadanos del kósmos, nos libra de nuestra particularización tan exagerada del presente (no la elimina de nuestro vivir, obviamente, porque sin esta particularización, la vida no podría ser interpretada de la misma manera) y nos hace caer en cuenta de que todo aquello que hemos pensado, pensamos y pensaremos es solo una forma parcial de verlo que está limitada a la condición, como ya dije, de nuestra humanidad. No podemos pensar más de lo que está afuera de nuestras posibilidades. Pero otros seres quizá sí puedan. Y esto sucedería solo si es que piensan. Le hemos tratado de dar una explicación filosófica y, al menos para mí, esta idea sigue siendo aterradora. El kósmos es esa casa, pues, que, en vez de darnos comodidad, nos la quita.

Si algún aporte quise dar, en esta entrada, es el de informar un poco acerca del tema de una posible vida en los otros planetas. Es una noticia, más que internacional, interplanetaria. Siempre se habla de temas extranjeros. Ahondar un poco más en temas más lejanos incluso es sinónimo de que en realidad toda frontera terrestre es mínima a comparación del consciente límite de nuestro pensamiento dentro de todo el Universo. No hay que sentirnos mal; no obstante, por lo ínfimo de nuestra condición: es objeto de bienestar el ser conscientes de que lo extranjero va más allá de la atmósfera. No volaremos mucho físicamente porque no tenemos alas, pero volamos más alto que nunca con la cabeza.