Un paso, dos pasos. ¡Cuidado, hay un chicle en el piso! Tres pasos, cuatro. Camina y el viento golpea su piel llenándola de energía. Sus cabellos vuelan de un lado a otro, despeinándose arbitrariamente. Su ropa choca contra su cuerpo, producto de la acción del aire. Hace frío, sí, un poco, pero a ella no le importa, es más, lo disfruta. Camina y mira, curiosa, cómo las hojas de los árboles se mueven al ritmo del viento, cómo el pasto, ya un poco crecido, baila con la misma musicalidad. Mira a todos lados, ¡qué curioso es el mundo! ¿Cómo coordinan los árboles con las flores, el pasto, las palomas y el viento? Se para un momento para observar con detenimiento, para captar en su mente esas circunstancias, ese olor a belleza, esa adormecedora sensación, ese sonido silencioso, ese paisaje tan cotidianamente precioso. Así como cuando una cámara de fotos capta una imagen y la guarda, ella captó todo. Un rayito de sol que se escabullía entre las ramas de los árboles le caía en la cara, el cielo se había despejado un poco, raro en Lima. Ella cierra los ojos. Quisiera quedarse estancada para siempre ahí. Admiró la naturaleza, al mundo y sintió paz. Respiró profundo, abrió los ojos lentamente y fue descubriendo su habitación, su cama, sus adornos, su cortina, su clóset; su bitácora frente a ella y su mano sosteniendo un lápiz que escribía con nostalgia. ¡Anhelaba estar en aquel lugar! Aquel lugar llamado paz.