Chueca

Soy chueca,
Cabeza con un hoyo,
un pie más grande que otro.
Soy chueca,
hombro caído,
no me puedo poner algunos vestidos.
Soy chueca,
encima de mi cuerpo,
lunares en mi lado izquierdo.
Soy chueca,
nudillo roto,
dedo segundo más grande que el gordo.
Soy chueca,
Mi campana cuelga y toso,
soy chueca, chueca,
Adentro, mi corazón y mi pulmón
soy chueca, muy chueca,
mi omóplato y mi tendón,
mis orejas y mis ojos.
Soy chueca e incompleta.
por fuera y sin pudor,
soy Chueca, chueca.

Por: Valentina De Las Casas. Estudiante de la PUCP

Poema perteneciente a una recopilación titulada “Dosmilochocientas palabras”

Canciones bajo tierra (Fragmento)

Llegó cuando el cielo ya se había pintado de un intenso color negro. Sin embargo, la misa aún no había culminado. Las palomas iban y venían, hasta que se perdieron eternamente en la oscuridad. Observó por un momento la fuente que reposaba en la plazuela de la iglesia. El sonido del agua la tranquilizaba. Le hacía pensar que su visita a las Catacumbas sería como el caer de dichas gotas; efímera, fugaz. Entró a la iglesia e identificó las escaleras que la conducirían hacia las criptas. Mientras bajaba, iba escuchando los cantos de los beatos y pensó en lo mágico que sería escuchar, una vez más, las melodías de su abuelo.

Una vez abajo, un interminable laberinto le dio la bienvenida y una sensación de claustrofobia la invadió. Era un ambiente bastante cerrado de techos bajos y pasillos angostos. Solo oscuridad y silencio. Bueno, y unas pequeñas lámparas que únicamente aumentaban su espanto. Mientras avanzaba, no pudo evitar observar la presencia de puertas falsas en el interior. “Seguro esconden los túneles secretos”, imaginó. Pero, eso no le importaba; ella iba en búsqueda del hechizo. “Perdóname, Antonio, pero ya es hora de salvar mi propio destino”, agregó para sí misma.

Dobló, entró por un pasadizo y encontró un cúmulo de tumbas. Al leer los nombres, se acordó de sus clases de historia de la universidad. No obstante, también había muchos nombres que Quena juraría no haber escuchado jamás. Siguió avanzando, las paredes ahora estaban más cerca y desprendían un fuerte olor rancio, como el de un almacén viejo. Era un olor que la perseguía y que, por más que le disgustaba, la invitaba a continuar. “¿Seré capaz de encontrar aquel diminuto papel?”, dudó. Sin embargo, la adrenalina la conquistaba y ella estaba dispuesta a seguir.

Caminó, caminó, caminó. Horas de horas sin rumbo. Se sentía observada por miles de cráneos que la miraban sin ver. Estaban colocados minuciosamente uno al costado de otro y formaban extensos círculos. Era un orden que la perturbaba de sólo pensar que pudo haberse realizado por fines estéticos.

Se detuvo al observar unas rejas en el techo, las cuales revelaban el interior de la iglesia. La misa ya había terminado; no había nadie. Un frío envolvió su cuerpo, miedos atiborraron su mente. Debido a su desconcierto, tropezó con una celda y entró acompañada del chirrido de la verja.

Dentro de la celda, había un pozo que debía tener, aproximadamente, unos diez metros de altura. Huesos y cráneos, como era de esperarse, reposaban en dicho hueco. Bajó sin meditarlo dos veces. Era un lugar perfectamente inalcanzablemente para esconder el hechizo; debía estar ahí. Cayó sobré fémures, tibias y peronés. Sacó su pala y empezó a remover los huesos y la tierra, descubriendo, sin mucho esfuerzo, una infinita cantidad de papeles arrugados. “Lo encontré”, pensó sin duda alguna. Con un inmenso desasosiego, abrió los papeles y leyó las letras escritas en ellos. Cada párrafo le iba pareciendo más conocido, hasta el punto de que las letras empezaron a cantar en su memoria. Eran las canciones de su abuelo. No obstante, estaban incompletas y había partes borrosas. Sus manos, heladas por el frio de la ansiedad, no pudieron seguir sosteniéndolas. Aquellas lejanas melodías aumentaban su confianza y la impulsaban a seguir excavando, con el fin de descubrir el hechizo. Y fue ahí cuando se encontró con su propia mirada. Su cuerpo yacía, aún intacto, bajo toda esa tierra. Estaba perdido en la eterna oscuridad, al igual que las palomas que vislumbró en la plazuela. Ya era muy tarde. Se contempló con lágrimas en los ojos, arrepintiéndose de todos los años de abandono. Ahora, ¿Quién era ella, si su cuerpo dormía en polvo? ¿Quién era ella si su cuerpo quedaría atrapado en aquel perpetuo laberinto? Se llamó, se llamó sin esperanza, solo para escuchar la humilde compañía de su soledad. Abrazó con impotencia su frágil pasado, mientras veía cómo su identidad iba envolviéndose en el más profundo y amargo olvido.

Por: Anónimo. Estudiante de Psicología de la PUCP