Es muy común el caminar por las calles y escuchar el inicio de una pelea. Las razones para iniciarla son variadas, sin embargo, el factor común, si es que no se llega a los golpes, es el uso de insultos o palabras con el afán de menospreciar al otro. Palabras como ignorante, idiota, estúpido que, conjugadas con alguna lisura, no tardan en aparecer. Esta semana me tocó formar parte de esta experiencia.

Presencié las agresiones verbales entre dos vendedoras en el centro de Lima. En medio de los insultos, mi sorpresa fue el escuchar lo siguiente: “Vas a ver serrana ignorante, de a golpes te voy a regresar a tu pueblo”. Si bien forma parte de los peyorativos más usados por los peruanos para agredir a otros, esto no fue lo que más me sorprendió. La respuesta emitida por la aludida, fue lo que selló la pelea: “¿Serrana? Disculpa yo he nacido aquí en Lima”.

Insultos como estos, basados en una cuestión racial, son frecuentes en nuestro país, especialmente en Lima Metropolitana. El hecho de que se hayan vuelto comunes ha logrado que el ciudadano pierda la sensibilidad del tema que esconden. Como varios autores mencionan, como Manrique o Bruce solo por mencionar a algunos, es imposible negar que el Perú es un país racista. Sin embargo, no se demuestra abiertamente, sino que se presenta de manera sutil en distintos ámbitos de nuestro día a día.

Desde una pequeña discusión hasta los medios de televisión. Quiero centrarme en este último ya que hoy en día, a pesar de las múltiples críticas que reciben los programas, el humor discriminatorio sigue reproduciéndose en los medios de comunicación. Podemos mencionar personajes como la Chola Chabuca o la Pánfila, que ridiculizan la imagen de la mujer provinciana; en el primer caso, la mujer andina y en el segundo, la mujer norteña.

Uno de los programas televisivos más controversiales, no solo en el Perú sino a nivel mundial, ha sido la Paisana Jacinta. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se pronunció en contra. La respuesta por parte del Estado no fue eficiente para este problema: el viceministro de Derechos Humanos y acceso a la Justicia del Perú solo atinó a comentar que esperaba que Canal 2 pudiera reflexionar sobre las recomendaciones emitidas por la ONU. No hubo políticas, no hubo cambios. Las principales acciones vinieron por personajes independientes y la participación de organismos ligados a la defensa del indígena.

Si bien se logró su retiro de la pantalla por falta de auspiciadores, este año volvió dentro de un nuevo formato: “El WhatsApp de JB”. Esta vez no como un programa propio, sino como un segmento. A partir de esto, es alarmante que el racismo sea considerado como un asunto normal y sea aceptado en la mente de los peruanos. El mismo Jorge Benavides, actor que da vida a la Paisana Jacinta, declaró a la prensa que considera que su programa no hace daño a nadie y que solo sirve para dar diversión. Recalca también que su personaje es muy querido por el público. Tristemente, esto es verdad. Algo que ha caracterizado este programa es la gran acogida que tiene en nuestro país.

La gran pregunta alrededor de este tema es: ¿Hasta cuándo tendremos que seguir aceptando el racismo como normal?. Quizás en algún momento de nuestras vidas hemos choleado a alguien o nos han catalogado de cholos. Como ya mencioné, es un hecho muy común en nuestra ciudad. Sin embargo, ¿por qué cholo? ¿por qué no otro insulto?. Simplemente porque consideramos que decirle cholo a alguien es decirle que es un ignorante, agresivo, sin modales, etc.

Finalmente, debemos empezar a entender que, de alguna u otra manera, todos somos cholos y que eso no es sinónimo de inferioridad sino de grandeza porque tenemos con nosotros un pasado cultural enorme que caracteriza a nuestra tierra. Nos sentimos orgullosos de Machu Picchu o de otros lugares construidos por nuestros antepasados, pero nos avergüenza ser relacionados con ellos. Soy peruano, soy cholo y no me avergüenzo de ello.