¿Les suena diplomacia de trampa de la deuda, o debt trap diplomacy? Me explico. Este concepto se volvió bastante popular durante los últimos años para referirse a la estrategia de influencia que China usa al momento de hacer negocios e inyectar dinero en ciertos países. O sea, hablamos de la forma en que China ha puesto en práctica su política exterior, sobre todo con aquellos Estados en vías de desarrollo.

Es así que la diplomacia de la trampa de la deuda implica que el gobierno otorgue liquidez o invierta enormes volúmenes de capital para poner en marcha proyectos de infraestructura considerados como estratégicos por Beijing. De esta manera, el Estado receptor goza de solvencia o puede mostrar ‘desarrollo’; sin embargo, el precio es alto, ya que dada su condición económica, no le queda más que hacer grandes concesiones o endeudarse por periodos de hasta 99 años.

Esta estrategia, parte de un proyecto más grande que apunta a convertir a China en la nueva superpotencia mundial, ha logrado resultados bastante visibles, aunque duramente cuestionados por terceros países. En respuesta a ello, el régimen de Xi Jinping se ha limitado a señalar que todo se hace siguiendo los puntos de coexistencia pacífica y la lógica ganar-ganar dando, en pocas palabras, el mensaje de ‘no se entrometa en nuestros asuntos, que nosotros no lo hacemos en los suyos’. 

En este sentido, la confrontación, al menos retórica y muy medida, quedaba relegada solo para la defensa de los intereses nacionales, sobre todo territoriales, y/o para ejercer presión sobre algún país pequeño que intentaba cuestionar el poderío chino. Contra las potencias, o países fuera de su zona de influencia regional, el discurso siempre ha sido sobre todo calmado y en aras de la cooperación. Sin embargo, y como en política los vientos son variables, en los últimos meses hemos venido observando un cambio importante que ha traído consigo un nuevo concepto: wolf warrior diplomacy

Esta nueva forma de referirse a la diplomacia china, que debe su nombre a una saga de películas que podrían sintetizarse como el ‘el rambo chino’ (Wolf Warrior I y II), implica un cambio sustancial, ya que se ha pasado de una pasividad casi templaria a mostrar los dientes a quien sea necesario, incluso a viejos socios, en espacios como redes sociales y entrevistas. Veamos si no las declaraciones de los funcionarios del servicio exterior chino Hua Chunying o Zhao Lijian contra Reino Unido, Australia, India o la propia Venezuela. Pero, ¿por qué este giro?

Un primer aspecto, y quizá el más resaltante, es el hecho de que la wolf warrior diplomacy surgió como respuesta a los duros cuestionamientos y acusaciones que China empezó a recibir con respecto a su responsabilidad en la actual pandemia. Denominar al coronavirus como ‘virus chino’ o ‘virus de Wuhan’ no le sentó nada bien al régimen de Beijing, y qué decir sobre las presiones para que se inicie una investigación independiente sobre el origen de la enfermedad: !impensable para el PCCH!. Además, esto no le haría nada bien a su soft power ni a la imagen de paladín en la lucha contra el COVID-19 que se busca proyectar. Sin embargo, el paso de la pasividad a la proclividad por respuestas filosas tiene otras razones.

China empezó a afirmar su posición como potencia en ascenso desde después de la crisis del 2008. Luego, la llegada de Xi Jinping a la presidencia en el 2013 inyectó un fuerte sentimiento nacionalista, el llamado China Dream, y mostró una necesidad acuciante de contar la historia de éxito del modelo chino. Todo ello se ve reflejado en la asertividad de su política exterior, dado que si bien el mundo en el que China ha venido logrando su vertiginoso ascenso le es de provecho, las condiciones del mismo no le son del todo favorables a largo plazo, por lo que pretende cambiarlo desde dentro. 

Pero el punto crucial se encuentra en la propia organización interna del régimen. Yang Jiechi, actual consejero de Estado de Relaciones Exteriores, fue elevado en 2017 al 19º Politburó del Partido Comunista Chino, órgano donde se toman las decisiones más importantes que guiarán el accionar del régimen tanto a nivel nacional como internacional. Vemos, entonces, que la política exterior vuelve a estar en la más alta de las prioridades, hecho que no se veía desde fines de la Guerra Fría.

Pero vayamos más profundo. El servicio exterior chino ha venido experimentando una renovación generacional, por lo que entre sus filas pueden contarse personas que no han vivido los periodos más duros de Mao o la gradual apertura al mundo impulsada por Deng. Estos nuevos funcionarios, como los mencionados líneas arriba, han llegado con ideas propias de una generación espectadora del rápido proceso de globalización de fines del siglo XX e, imbuidos por el aire de rejuvenecimiento que trajo Xi Jinping, no temen en defender los intereses de su país, incluso de maneras poco tradicionales hasta el momento. Su ímpetu y el no problema por mostrarse confrontacionales podría entenderse, entonces, como una extensión del nacionalismo chino y una primera línea de respuesta, al menos incipiente, en la empresa de Beijing por convertirse en superpotencia mundial.

Pero no creamos ni esperemos un giro de 180 grados. La wolf warrior diplomacy es nueva, y aunque sería apresurado pensar que va a reemplazar totalmente a la forma en cómo se ha venido manejando la política exterior china, es necesario no perderla de vista. Esta nueva manera de expresarse en el escenario internacional podría ser una herramienta complementaria, por lo que desde este espacio no se cree que vaya a reemplazar a estrategias como la debt trap diplomacy. Recordemos el pragmatismo.