Me imagino que el reconocido periodista peruano en aquella nocturna emisión no pensó en el complejo tema que se aventuraba denunciar cuando pronunció esas célebres palabras, hoy virales, en la pantalla chica. Pero en mi maquiavélica cabeza (y en la de mi asesor de tesis), ya veníamos maquinando cómo el tópico del ojo por ojo ha configurado un nuevo personaje para las ficciones gráficas y audiovisuales: el antihéroe, amoral, un Robin Hood de la postmodernidad, el que hace el mal para borrar el mal, el ejemplo vivo de lo ambiguo y lo extralegal.

La figura del súper héroe, el que solo usaba la violencia cuando el estado inicial de las cosas se veía alterado y el malhechor/criminal/facineroso/choro atacaba, ha sido suplida por ejemplares complejos que en la ficción canalizan la frustración y el deseo de venganza en tiempos de caos. Estos seres tienen el tema del bien y el mal tan mezclados que la sentencia moral aquí no tiene caso. Y utilizan la violencia como un modo de expresión, en respuesta a una sociedad opresora y desorbitada.

En este sentido, como olvidar al limpiador social de la novela gráfica de Alan Moore, V de Venganza. Sus intentos por acabar con la corrupción política y los modos de opresión desfasados con atentados terroristas se han convertido en tema de estudio desde los lentes de la filosofía, la política y las ciencias sociales. De ahí, y con otros ejemplares justicieros, se avecinaría un nuevo cambio para el recurso de lo violento en estas historias que, lejos de generar rechazo, han atrapado y logrado mantener un público cautivo.

Podríamos pasar del lenguaje gráfico a la ruptura del conservadurismo televisivo, en lo que muchos teóricos del tema denominan “la edad de oro“ de la producción de series estadounidenses. La violencia es mostrada explícitamente y genera empatía hacia estos antihéroes, sobreviviente de un mundo donde solo existes si violentas al otro. Personalmente, considero que los mejores ejemplares para evidenciar este nuevo uso de la violencia como recurso narrativo en grandes producciones audiovisuales se encuentran en las series Dexter y Breaking Bad.

Mi antihéroe favorito, el primero desde antaño, Dexter Morgan, investiga desde su dependencia policial. En el día es un forense, le gusta la sangre, pero en las noches no puede frenar ese impulso tanático que lo atormentó desde niño. Sin embargo, su padrastro, un oficial de la policía, le enseñó a mantener un código para hacer el menor daño posible: Matar a los enemigos de la ley, de los que ésta no se puede librar tan fácilmente por toda la parafernalia legal (aquí, en Miami o en la China). Su alternativa de solución es un accionar violento, mucho más efectivo y certero.

Luego, Walter White, el protagonista de Breaking Bad, un profesor de química sobrecalificado y con un cáncer avanzado en el pulmón coquetea con el mundo de las drogas y el trato con traficantes y mafiosos que irán contaminando su personalidad y lo irán despojando de sus escrúpulos. En un inicio, lo que busca es dinero para dejar a su familia tras su muerte, pero el afán y la avaricia le harán acabar con diferentes elementos nocivos para la sociedad. Por esta razón, su destrucción es inocuo.

Y como estos, muchos casos son conocidos para los serieadictos: Los Soprano, Dr. House, The Wire, etc., cuentan con estos personajes creados para esas historias que nos atrapan, explorando la dimensión del bien y el mal sin demarcaciones precisas. Se podría decir que esto es lo que genera, en muchos caso, la identificación con estos antihéroes que pueden moverse entre el yin y el mal, entre lo aprobado y lo reprobado, legalizando la violencia en miras a un bien mayor: sacar lo abyecto, lo que no suma, lo que embrutece. Para ellos, eso es mejor que no hacer nada.

Este es el nuevo paradigma televisivo, el de la doble moral, es el que está revolucionando el mercado y enloqueciendo a las audiencias. Pero recordemos que se trata de ficciones que, pese a que encierren un panorama social muy cercano al mundo real, buscan hacer una crítica sobre el fracaso de la idea del liderazgo social y el orden institucional, de ahí que el apego de los seguidores hacia estos personajes y sus historias.

La realidad puede estar en la televisión, pero la televisión no puede estar en la realidad, señor periodista (Yo: 2015).