A la señora Bibiana la vida le enseñó a defenderse de la calle. Enfermera de profesión, por azares del destino, no pudo abrirse paso en un hospital de la nación y tuvo que cachuelearse en cuanto trabajo le cayese en sus manos. Luego de laborar cuidando ancianos y realizando masajes terapéuticos, Bibiana probó suerte en la ONPE. Aquí trabajaría por corto tiempo y, aunque sabía que pasaría más de ocho horas trabajando al día, su situación económica hizo que acepte sin pensarla mucho. La paga era buena y al cash. Tal era la motivación de Bibiana.

No fue muy difícil que entre a trabajar. Más que requerir gente académicamente competente y de universidades de renombre como suele hacerse, la ONPE, en un plano primario, solicita a sus colaboradores de campo dentro del radio de los conocidos. Así, recomendada como estaba, Bibiana presentó sus papeles y entró. Eran las presidenciales del 2011 y Bibiana era una obrera de la democracia.

De San Martín de Porres la mandaron a La Victoria, a una de las zonas más picantes. Su labor, en ese entonces, consistía en ir de casa en casa buscando a ciudadanos para darles la mala nueva de que habían sido seleccionados por sorteo como miembros de mesa. Por ello, Bibiana desarrolló aún más su empatía. Al ser tal noticia como un baldazo de agua fría, a Bibiana no le quedaba de otra que comportarse campechanamente y decirles: “Así es la vida, pues”, entre otras palabras de aliento y comprensión. De esa forma, les ganaba el vivo a los seleccionados y por momentos su afabilidad hacía que estos le abriesen la puerta y le inviten a que descanse. La profesión consistía en un 90% en caminar grandes distancias, así que para Bibiana las muestras de amabilidad de aquellas personas superaban toda expectativa.

Exigencias para un rápido aprendizaje

Pero una vez le tocó entregar credenciales por una zona maleada y a Bibiana le entró el miedo. Mas un compañero de trabajo, al ver que sus ojos se hacían más grandes por el nerviosismo que esto le causaba, le dijo: “Oye, mira, La Victoria es un barrio movido, pero a fin de cuentas es mi barrio. Yo lo conozco y te diré lo siguiente. Cuando camines por la calle, hazte la mala. ¿Me entiendes?”. Bibiana lo miraba incrédula. “Sí, Bibi. ¡Tienes que poner cara de mala! Si no, te paran de cabeza y te pelan todo. Así es por donde irás hoy”. Bibi captaba el mensaje, pero igual estaba conmocionada. Felizmente, eso le duró unos pocos segundos. Su compañero, viéndola un poquito más recuperada, finalizó: “Y si ves a un maleado de la zona, no te paltees. Al contrario, sigue poniendo cara de mala y haz esto”. Lanzó un escupitajo a su costado con una pose de faite y la miró con dureza, pero a la vez con indiferencia. “Con esto, Bibi, saldrás intacta. Es el lenguaje de los bravos”.

Con esta ruda pedagogía, Bibi salió a las calles. Era la única forma de salir bien librada de su labor. Al pasar por una calle llena de pintas, basura y rostros sospechosos, Bibi dudó. Pero fue cuestión de minutos para que volviese a la compostura. Un gordo de gorra azul gastada se acercaba a ella. No la pensó mucho. Siguió su ruta. Hizo como que mascaba chicle, elevó el mentón, se acomodó de un movimiento sus grandes lentes de sol negros y con la espalda echada ligeramente para atrás, caminó. A escasos metros del voluminoso individuo, Bibi lanzó el escupitajo más veraz que podía salir de ella. El gordo cerró y abrió los ojos, se pasó la lengua por la boca y ni le miró el bolso. Por dentro, Bibi era un castillo de naipes a punto de derrumbarse, pero supo comportarse a la altura de las circunstancias. Dos años después, Bibi daba las mismas enseñanzas a un joven cuando ambos caminaban por el Jr. Amazonas en Pueblo Libre, una zona nada recomendable, pasando la Av La Marina, y que no se puede visitar a solas si se quiere que la billetera se mantenga en su lugar. Era tiempo del proceso de revocatoria en Lima y la ONPE, por única medida de seguridad, recomendaba a los trabajadores de campo a que salgan en mancha. No vaya a pasarles algo.

Vender es bacán

“Arturo” tiene 31 años y quiere ser egiptólogo. Nació en Chiclayo y vive en Ate. Cumplida la mayoría de edad, dos años  tuvieron que pasar para que ingrese a una importante empresa cervecera por recomendación de un familiar para trabajar como vendedor itinerante. De eso han pasado nueve años y “Arturo” reconoce con satisfacción que gracias a la empresa ha conocido parte del Perú y algunos países de Latinoamérica. Con el sueldo recibido, se ha pagado sus estudios superiores  y también su hobby de coleccionista de latas de cerveza y gaseosa de muchas marcas del mundo. Su cuarto está lleno de ellas y no le importa mucho que sus familiares le recriminen por eso. “Ya, ma”, responde. Pero si la cosa va a mayores, “Arturo” lo dice con seguridad: “Chapo mi maleta y me voy de la casa”. Así de simple.

En estos momentos, “Arturo” trabaja en más de 30 tiendas por zona en Manchay. “Yo soy callejero”, confiesa, mientras el sol mañanero golpea su rostro en el carro que nos lleva desde Ate hasta su centro de labores. La gente lo conoce y, por ser entrador y chévere, “Arturo” se ha ganado el cariño de sus clientes.

Ofrecer cervezas en una determinada zona por más de un año de manera constante tiene sus beneficios. De eso puede estar seguro un vendedor de la empresa que opera en el Valle de Jicamarca, el victoriano Juan Pérez. En una oportunidad, haciendo los cálculos de un pedido de más de 10 cajas de cerveza en una tiendecita de un mercado del lugar, la cliente y dueña del local se le acercó y le dio una invitación. “Venga al bautizo de mi hijo, pues”. “¿Quién? ¿El del cabellito parado?”. “Sí”. “Está bien, espérenme. ¿Puedo venir con mi señora, no?”. “Mmm…”. “O con la trampa vengo…”. La señora se ríe.  “Me gusta esta gente, es humilde. Tiene plata, pero no se alza ni nada. Es muy admirable”, reconoce el señor Pérez, luego de recorrer tres cerros realizando pedidos y poniendo la publicidad de la empresa. Pero volvamos con “Arturo”.

Con un angelito al costado, camino por el infierno

“Arturo” se siente más tranquilo donde está. Sin embargo, no siempre fue así. “Durante tres años chambeé en el Callao, en Los Barracones. ¿A ver tú anda ahí? Calato sales. Yo ahí estuve”. Solamente una vez le robaron.

El miedo de “Arturo” era insostenible y la empresa tomó cartas en el asunto. No tanto por él, sino por el dinero que se mueve en la zona. “Mira, tú chambeas para tu educación, para la salud, para tu ropita, para la familia, pero en esos lugares perdidos ¿para qué se puede chambear? La gente se dedica al robo, a cosas maleadas. ¿Qué puede hacer con su dinero? Se lo gasta en el vicio, en drogas, en cerveza. Tú tomas con tus patas los fines de semana, una noche cualquiera. En Los Barracones, se entra al vicio día y noche, día y noche. A la empresa le sale redondo, por eso estamos ahí”. No hay locales formales, solo bares de mala muerte en donde la delincuencia de la zona bebe sus infortunios. Por la importancia de la zona, a “Arturo” decidieron contratarle un “chaleco”, que en este caso vendría a ser un choro de la zona o un conocido. Con él, “Arturo” caminaba relativamente tranquilo pues, con lo violento que está el Callao, ni su “chaleco” se salvaba de un asalto al paso. Como sea, el “chaleco” cuidaba sus espaldas, lo cual brindó seguridad a este vendedor que se sigue sorprendiendo que mocosos del lugar porten fierros y que cuando sonrían la dentadura brille por los metales que ocupan el lugar de sus dientes. En esta zona se matan y no pasa nada.

La contratación de “chalecos”, como política de seguridad, es una constante entre las empresas que tienen un mercado en la zona. Se ha llegado incluso a que la empresa contacte directamente con los ladrones para que estos les realicen el trabajo. Esta forma de reinserción laboral funciona a medias, ya que los ladrones, a la vez que prestan sus servicios a estas gigantes empresas, venden drogas y roban luz y agua en la zona. “Arturo” muchas veces se ganó con el negocio de la microcomercialización de drogas, pero se tenía que tragar el sapo. Tres años estuvo en el Callao y en los últimos meses pudo caminar sin necesidad de “chaleco” pues ya era un conocido. Pasaba por los callejones y los fumones nada le hacían. Pero, sea como sea, el miedo se mantenía.

“Arturo” suspiró de alivio cuando fue cambiado de lugar. Lo mandaron a otras zonas que eran también movidas, pero, como seguramente él pensará, estaban a años luz de lo que había vivido en esas arriesgadas calles de la provincia porteña.

06-03-14