Esta es mi crónica sobre las dos semanas que estuve trabajando en el Banco del Libro de la universidad. Como ya les he comentado en crónicas anteriores, suelo tomar trabajos de medio tiempo para solventar mis compras, salidas, etc. Nada como un poco de semi-independencia económica para subirnos la moral. Por segundo ciclo consecutivo, estuve trabajando como personal de apoyo en la unidad administrativa del Banco del Libro. Fue un contrato por las dos primeras semanas de clase, época en la cual se recibe la mayor afluencia de alumnos.

Tal vez se hayan dado una vuelta por allí aunque quede (para nosotros, Letras) en el fin del mundo. En realidad, es un servicio brindado por la universidad bastante útil y beneficioso. Puedes encontrar no solo libros de texto para tus cursos, libros para IC, sino también una amplia colección de literatura; ejemplares que puedes alquilar a módicos precios por un rango de 3 a 4 meses. Para citar algunos, encontrarás “Matématica para no matemáticos”, la biblia de “Mate 0”, a 5 soles; novelas a 6 y algunos otros textos más especializados a 10 o 20 soles

Estuve trabajando en jornadas de 6 a 8 horas, falté a un par de clases para completar mis horas, pero en general mi jefa fue bastante comprensiva conmigo. Llegaba a las 8:30 am. y a esa hora ya habían chicos haciendo cola esperando la apertura. El año pasado me dediqué a archivo, pero este ciclo estuve la mayoría del tiempo en atención. Mi tarea, a decir verdad, podría ser hecha por una computadora. Consistía en gestionar el llenado de las fichas bibliográficas de cada libro y la firma de los contratos de alquiler. Trabajábamos como una línea de ensamblaje. La Sra. Elba, nuestra jefa, buscaba los libros y generaba el contrato, yo me encargaba del llenado de las fichas y remitía el contrato firmado a Wendy, la practicante que tenía la caja a su cargo. Luego le entregaba las fichas y contratos a Javier, quien las ordena para su posterior archivo.

El banco trabaja los primeros días del ciclo con un sistema de turnos para asignar horarios a la gran cantidad de alumnos que acuden por sus textos. En realidad, el 80% de estos están asignados a alumnos de Estudios Generales Ciencias. Ellos sí que le sacan provecho al servicio. Era divertidísimo ver llegar a los cachimbos que no sabían qué era el Banco del Libro, pero como habían recibido un mail con su turno automático, llegaban todos emocionados a preguntar para qué servía.

La Sra. Elba, con una paciencia admirable, le explicaba a cada uno exactamente qué hacíamos. A todos les preguntaba: “¿Qué libro necesitas?” Algunos que aún no habían asistido a la mayoría de sus clases ni siquiera sabían los títulos. Por supuesto, ella, con sus incontables años de experiencia, les recomendaba personalmente los textos que necesitarían. “¿Qué llevas, IFU, IMU, IC, Cálculo?”, decía. Ellos entonces le daban su lista de cursos y ella los libros que los profesores les pedirían para el ciclo. Medina para Física, Leithold para Cálculo, etc, etc. Diversos autores, ediciones y precios a escoger para cada curso.

Finalmente, llevaban de 6 a 8 libros cada uno con unas cuentas de hasta 100 soles. Bueno, eran unos librazos de 500 hojas cada uno. Yo les entregaba las fichas de cada libro las cuales tenían que llenar con sus nombres, códigos y fecha. “Llena cada una de las fichas con tus datos, por favor”, era mi frase de todo el día. Claro que siempre hay cada alumno distraído que pregunta: “¿todas?”, “Sí, todas las fichas”. “¿Qué día es hoy?”, “¿Dónde firmo?”. Paciencia y buen humor, nada más. Algunos escribían tan, pero tan lento que acaparaban los lapiceros, la fila se amontonaba, las fichas se acumulaban. Realmente tenía que prestar atención a cada detalle para evitar cualquier confusión y, obviamente, todo con una sonrisa

Ciertamente, desde que ingresé a la universidad, he tenido percepciones mixtas acerca de la atención en los servicios de la universidad. Especialmente en las concesiones el trato al cliente deja mucho que desear. Así que en esta oportunidad que tuve de estar al otro lado de la situación decidí aprovechar en brindar el mejor trato a todos. Un “buenos días”, un “por favor”, “gracias”, “de nada”, una sonrisa. Yo creo que esas pequeñas cosas le pueden cambiar el día a cualquiera. Claro, algunos alumnos son más amables que otros. Algunas veces me pregunto qué pasó con el “de nada”, ya nadie lo dice, uno dice gracias y la gente dice “ya”, o no dice nada en absoluto. Educación de casa supongo. Felizmente no tuvimos ningún desubicado o malcriado.

Tengo muchas más anécdotas que contar pero no quiero hacer esta crónica demasiado extensa. Solo les recomiendo que se den una vuelta por el Pabellón “B” y con 6 solsitos se llevan a su casa una novelita para que quede a su cuidado por tres meses. La atención es de 8 am. a 1 pm. y de 2:30 a 5:30 pm.  Y, aunque ya no me encontrarán allí, hay muchos buenos libros esperándolos. Buen fin de semana.