I

 

Es el jardín de infancia, pero desde ya los mocositos le echan al fastidio. Dice un niñato sociólogo a otro que es muy curioso, callado, ojos grandazos, que observa como si el mundo fuera su primera vez…

-¡Oye tú, antropóloco! ¿Sabes que trabajarás para mí cuando seas más grande?

-¡Ándate a la conch…!

 

II

 

Estando en la biblioteca, dos jóvenes de cabellera larga examinan una lista de búsqueda. Buscan algo así como Historias de Cronopios y de Famas, de Cortázar. De pronto, alguien aparece de un velorio, de un velorio de sus propios y desmentidos sueños. ¿Qué les dice? ¿Qué les dice esta fantasma?

-¡Corran, colegas! ¡La calle está dura! ¡Aprendan estadís…!

Un hueco hondo se lo lleva.

 

III

 

Dos imágenes. Una más real que la otra, pero vigentes para las condiciones de vida del egresado de la carrera de antropología. “Sea específico”, demanda la formación profesional. Entonces habrá que enfatizar que ambas situaciones han sido extraídas del contexto de una de las universidades más pudientes del Perú: la PUCP.

¿Qué es el antropólogo? ¿Para qué servimos? ¿Cómo se come la antropología?, como preguntaría hace poquito un compañero de la etnia shipibo-conibo, atribulado él por la cantidad de contenidos muy críticos (a veces desorientadores…) que daba a conocer esta pequeña pero poderosa (¿insolente?) carrera. El día de hoy, los estudiantes de antropología de la PUCP, como cada año, quisieron responder a esta pregunta, pero variándola tantito: ¿de qué come la antropología? Por eso, en el marco de la Semana Introductoria de Antropología, una de las mesas se propuso indagar por esa alejada dimensión, con altos niveles de otredad, llamado MER-CA-DO LA-BO-RAL.

 

IV

 

Es jueves, son 6 de la tarde y en la Sala de Grados se empieza a revertir la desoladora imagen que hasta hace algunos meses se tenía cuando, una que otra vez, la especialidad de antropología organiza eventos de carácter académico. Sin necesidad de que alguien se ponga foraja y, como en la calle, se ponga a jalar alumnos, estos fueron voluntariosamente entrando para escuchar esta mesa de carácter laboral.

Frente a nosotros estaban un antropólogo que trabaja como asesor político, pero también como comunicador en el portal progresista La Mula: Javier Torres Seoane. A su costado una corajuda docente que no solo trabaja temas rurales, sino que cuando las papas queman interviene, como fue el reciente caso de su cercana Piura tras los devastadores efectos del Fenómeno del Niño: María Luisa Burneo. A la siniestra de Burneo, una alumna hace algunos ciclos egresada, Ana Lucía Araujo Raurau, también con preferencia por la temática rural. Quien empieza es la reciente ex alumna.

 

V

Antropóloga Ana Lucía Araujo Raurau

Organizada, ella dividió su participación en 6 ejes. El primero tenía que ver con los espacios de trabajo en un mercado que ha aumentado en su demanda, pero que sigue teniendo una posición marginal. Así, los centros de investigación tienen vigencia, pero emplean muy poco a los antropólogos. El Estado sigue siendo un lugar de inserción laboral, pero quien ha abierto más su abanico de solicitudes laborales ha sido el sector privado, lugar en donde están las consultorías, las empresas privadas, agencias de márketing y las ONG’s. De estas, las consultorías son las que acogen mayormente a los antropólogos.

El segundo eje tenía que ver con el acceso a estos espacios, el cual se conceptualizó bajo la idea de red. En este sentido, pueden hablarse de tres tipos de red. Una red “exclusiva” en la que los egresados ingresan a centros de investigación gracias a la influencia del parentesco (aquellos que tienen a su apá…). Otra que se rige bajo esa importantísima relación entre profesor-alumno, considerada como la evolución por antonomasia de la relación asesor-tesista. Por último, está la red más de base, la red alumno-alumno. “¿Oe, alguna chamba por ahí?”.

La tercera idea tenía que ver con el mérito. Este puede estar presente, pero no es determinante a la hora de ingresar a laborar. Aquí interviene el peso de la red o, siendo más directos, “el contacto”.  Por dicho motivo se hace referencia a que antes que el mérito, el contacto. Existe una lógica cerrada e inclusive se llegó a hablar de convocatorias dirigidas. Te contacto, estás, luego veamos los requisitos. Esto se hace evidente en el sector investigación. La cosa pasa a cambiar dentro del sector privado, donde la amplitud, ¿la competencia?, la hacen el área más democrática.

Hablando de la guita o, en un lenguaje especializado, el valor, Araujo dio cuenta que el valor del antropólogo en el mercado es muy variable. Es en el Estado donde se alcanzan los pagos más altos, con sueldos que oscilan entre S/. 3’000 y S/.6’000 y con contratos con beneficios de ley. En el campo de la investigación, la situación es un tanto más ingrata. “Retribuciones un poco bajas”. En el sector privado, aunque la demanda ha aumentado, la situación es problemática para el antropólogo pues en ocasiones este no sabe cuánto cobrar por su chamba o la demora en el pago transcurre entre el mes, mes y medio o los dos meses, dependiendo de cuán hábil se sea para la entrega del producto que se te ha pedido. Los recibos por honorarios, cabe decir, se distinguen en ocasiones por su ausencia.

Pese a lo calificados que estamos los estudiantes de antropología para el diseño de herramientas de investigación, el trabajo de campo, la observación y la codificación de data, como nos los recuerda Araujo, el mercado laboral exige una mayor preparación del egresado, más que nada en metodologías cuantitativa. Ahora bien, si incluimos el testimonio de un compañero salido hace poco de las canteras de la especialidad que da cuenta de la volatilidad de los primeros trabajos (léase falta de estabilidad laboral), Araujo añade una cuota más tensa al indicar que no solo los economistas y los politólogos son los que trabajan con la data producida por los antropólogos (agárrate con la anécdota del nido), sino que tienen empleos más estables. Un dato más que pone en aprietos a la especialidad es el “giro al campo”, jodido fenómeno en proceso de consolidación que empieza a emerger entre otras carreras de ciencias sociales, y que hará nuestro valor diferencial se pierda. Más allá de si lo hacen bien o no (los profesores, en –inocente- salvaguarda de su formación, dicen que no pasa nada con los “campos” no antropólogicos), es una realidad que debemos saber enfrentar.

El último eje que tocó la compañera fue el de las percepciones. Indica que se sigue viendo a los de nuestra formación como informales, relajados y con poco conocimiento, poco habilitados para hacer recomendaciones. Fuera de tal tipo de percepciones, es evidente que existe una informalización para con nuestro trabajo. Habría que ver cuánto influye o no esto dentro de las relaciones laborales; más todavía considerando la inestabilidad laboral y la irregularidad a la hora de emitir certificados laborales, como anota Araujo.

Al final, la ponente presentó cuestionamientos válidos hacia la formación profesional de los antropólogos. ¿Qué tanto de nuestra formación es requerida por el mercado laboral? Al respecto, ¿qué tipo de profesionales terminan resultando después de años de formación?

 

VI

Antropóloga María Luisa Burneo

Ordenada e impactante la presentación de Ana Lucía. Quizá por eso Burneo inició con una anécdota a manera de ponerse a tono con la exigente realidad descrita por Araujo.

Era la década de los 90’s y a nadie en mi promoción se le había ocurrido trabajar en una empresa minera. Pero en el año 98…

Es el año 98. Cuatro años atrás la minera Yanacocha ingresa a Cajamarca a explorar para explotar. En ese marco, la empresa arma una convocatoria: necesita a los estudiosos del “Otro” para ejecutar mejor.

Algunos compañeros dijeron sí.

Fue tanto el impacto de esa decisión que lo que los mismos alumnos decidieron hacer fue discutir semejantes medidas en una reunión; a la sazón, llevada a cabo en casa de Burneo. ¿Se debería o no se debería trabajar para la minera? La docente solo deja constancia de que fue una “pelea legendaria” que abrió muchas heridas.

Volviendo a la charla, ella llamó la atención por la demanda existente en el sector privado, área en donde las consultorías privadas se destacan, lugar en donde las industrias extractivas tienen una posición predominante.

Se ha normalizado-cuestiona Burneo.

Hace 20 años no era así, expresa. Señala, en ese sentido, cómo las épocas políticas marcan el campo laboral. En los 80’s y 90’s los trabajos con ONG’s estaban ligados con la temática de la participación popular (la misma, decimos nosotros, que tenía sus propias contradicciones). Pero en los 90’s salen estas instituciones. Entra el neoliberalismo, sale Sendero. Son otras épocas.

Egresada ella, coge el guante dejado por Araujo: “¡Cuando egresé yo ganaba S/.700 pero era feliz! ¡Sobre todo con quienes me tocó trabajar!”. Habla de Cepes, Centro Peruano de Estudios Sociales. Cuando decimos eso del guante, nos referimos a la expectativa de ingresos que tiene el estudiante. Hoy por hoy, ¿se espera ganar mucho, demasiado? Habría que ver cuánto influye en eso el hecho del esfuerzo que hacen nuestros padres para costearnos las boletas, cuánto de eso influye la política de elitización de la universidad que sube y sube los costos por educación. Hablemos pues de la naturaleza de las demandas y de sus presiones. Hablar de eso, además, significa darle una dura mirada a los primeras bajas remuneraciones; esto incluye los bajísimos costos de transcripción de entrevistas, tema que amerita una discusión por parte nuestra por el desbalance entre el tiempo invertido y costo de minuto del audio. ¡Chapa esa flor… ¡

Sobre si debemos explorar otras herramientas, sobre si debemos ser más “cuanti”, Burneo dice que sí, que los antropólogos somos malos para los números, pero que para ella eso nunca fue un problema. Dice más bien que somos personas con sólidos conocimientos teóricos y con gran capacidad para la elaboración de criterios de análisis, variables, indicadores. Somos “buenos pensadores…”, refiere.

En ese momento, Burneo se dispersa un poco. La seguimos.

La otra vez revisaba los diseños para prácticas de campo de mis estudiantes. Ya se fueron todos –dice en alusión al respetable-. Por ahí veo uno, dos. Y veo que entre las técnicas está la de “mapeo de actores”.

No le parece a Burneo, no le parece. Procede a cuestionar esta suerte de técnica que para ella es una forma de análisis. Pasa a historizarla. Dice que sirve para ver cuántos de los actores presentes en el lugar de estudio son influenciables, con quiénes se pueden hacer alianzas. Dice ella que sus orígenes son corporativistas; podría agregársele coloniales, imperialistas. ¿Cómo cayeron dentro? Bah. Se normalizaron.

Además no tienen una coherencia dentro del diseño antropológico-fustiga la antropóloga.

Vuelve al campo de la formación. Se pregunta: ¿Conocer otras herramientas analíticas nos da un plus? Dice ella que en términos de formación académica, desde su perspectiva, la antropología está presta para estudiar las relaciones de poder. Insiste en el rol del debate, la reflexión y la metodología. Respecto a los recambios planteados por Araujo, se pregunta: ¿la formación evoluciona en función de qué?

Pasa a decir que su opción siempre fue investigar. Dice que los espacios de la investigación en el Perú son pocos y además muy peleados. Siendo así las cosas, como antropólogos habremos de movernos entre la investigación y otras cosas, tales como, en su caso, proyectos de desarrollo. Pero ante todo, la formación es clave. Se puede ser versátil, y esto hay que hacerlo de manera inteligente. ¿Mi impresión? No formuló una posición concreta de acuerdo a las habilidades que debe incorporar el antropólogo en el presente contexto.

Antes del cierre lanza la pregunta: ¿para qué hacemos antropología? ¿Cuál es nuestro rol? Insistiendo en el desarrollo de las habilidades propias de la carrera, discurre hacia el cuestionamiento de cómo esta se vende a intereses privados, de cómo, como en el caso de Uchuraccay, la misma antropología jugó en pared con el statu quo haciendo ver a los campesinos de ese pueblo como al margen de los procesos de modernización, de la historia, confluyendo esa imagen con un ideario racista, el cual impulsado por el contexto tuvo consecuencias sanguinarias.

Cierra Burneo. Cita a Bordieu, sociólogo, también etnólogo. Por eso, parafrasea: “La antropología es un deporte de combate…”.

 

VII

Antropólogo Javier Torres

Javier Torres, una suerte de Wolverine de la antropología, señala las paredes de la Sala de Grados: “¿Han visto esa galería de fotos, de decanos? Ninguno es antropólogo”. “Éramos tan marginales en mis tiempos que ni participábamos en el tercio estudiantil de la facultad…”. Él fue delegado de antropología y su cargo duro por mucho tiempo. No por ansias de poder, sino porque nadie se animaba a tomar la posta. Cuenta Torres que participaba en discusiones con las altas autoridades, con los decanos y otros representantes estudiantiles. Cuenta cómo discutía con Vega-Centeno padre, con Vega-Centeno hijo. Eran fines de los ochenta. Acaloradas discusiones, pero no por ello sin basarse en el respeto. A veces se ganaba, a veces no.

A nosotros nos veían como poco profesionales. Ese es un karma que nos persigue.

Quiere explorar esa imagen y por eso acude a su mente el prólogo que realiza Carlos Iván Degregori para su libro donde es coautor, Conquistadores de un nuevo mundo. Ahí el antropólogo fallecido cuenta que quería ser antropólogo, terminar en algún paraje africano. Finalizó siendo uno de los más grandes estudiosos del Perú contemporáneo.

Me acuerdo cuando me enseñó Etnicidad y minorías étnicas. ¿Te acuerdas?-mira a Burneo; ella dice sí-. Carlos Iván decía, con su experiencia sanmarquina, en Huamanga: “Oye, a los de la Católica no les gusta leer”.

En esa baraja de imágenes, en esa supuesta falta de seriedad académica de la carrera, Torres cuenta que a la carrera se le quería imponer una mayor cuota de estadísticas, de econometría.

No ganaron. Pero en Dintilhac [edificio donde se reunían las autoridades universitarias] se veía cómo sacar la carrera. Afortunadamente, una persona conservadora, el profesor Marzal, ayudó a impedirlo.

Recordando su propia decisión de seguir la carrera, indicó que se interesó por la antropología pues identificaba que era la cultura, el campo por donde se podía explicar más al Perú. Rememora a sus compañeros de aula, dice verlos como libres, “que es algo distinto a ser informal”; compañeros con ideas propias. Y eran gente diversa, gente salida de carreras de ciencias como Álex Diez o Guillermo Salas, o gente que provenía… “me acuerdo de un compañero que incluso venía de estudios agrarios…”.

Cuenta cómo las ONG’s eran espacios de labor, como lo fue la academia y sobre todo el instituto de etnomusicología. “Ahí donde estaba Ráez, también Gisela Cánepa”. Tiene en mente al profesor Fuenzalida cuando este advertía desde las primeras clases: “aquel que no tenga capacidad de observación que se dedique a otra cosa”. Gerardo Damonte, actual docente, también advertía de una manera similar: “aquel que no tenga costumbre de leer que se dedique a otra cosa”.

Lo que yo recibí, señala Torres al hablar de la formación, era tener una interpretación diferente, la cual se distinguía de la que tenían mis compañeros de trabajo. Y es ahí que destaca al economista Richard Webb cuando este dijo: “tenemos una realidad poco formal, con poca institucionalización. Ustedes, los antropólogos, pueden hablarnos de muchas cosas”.

Pero desde distintas ópticas se pueden ver a nuestras habilidades. Como constructoras para un país equitativo o como impulsadoras de un sector privado que arremete contra la diferencia social y cultural.

Antes que las mineras, las petroleras. Carlos Mora, también antropólogo, abrió las puertas para eso.

Así, las ópticas, y sus manifestaciones institucionalizadas de poder, operan dentro del trabajo del antropólogo.

Miren yo trabajo en una empresa de comunicaciones. Y como toda empresa, tiene accionistas. La empresa se mueve por los intereses de ellos. Sabemos que se busca la generación de ganancia y utilidades.

Pone sobre el tapete el típico discurso que se le plantea al antropólogo de la mina. Sus jefes son claros:

Mira, queremos que el proyecto salga. Y para eso tenemos que sacar a la gente. Lo podemos hacer por las buenas o las malas. Te hemos llamado para sacarlos por las buenas. ¿No puedes? Tranquilo, compare, llamamos a otro y listo.

Así las cosas, señala que el pensamiento crítico no puede ejercerse dentro de una corporación. Y lo mismo aplica para el Estado, si se toma en cuenta “que está capturado”. Cita el caso de Juan Ossio, quien siendo antropólogo y funcionario público, avalaba casos de discriminación étnica.

¡Y ahí uno no se puede quedar callado!-reclama.

Expresa lo que todo antropólogo con la moral vigente piensa, que en las comunidades en donde ha trabajado (¡como las que no también!) nos une un vínculo, uno que va más allá de lo laboral. Y que defender ese vínculo implica usar el conocimiento que uno tiene. No quedarse callado. Por eso, Seoane salió a hablar cuando en el conflicto de Ilave producido en el 2004 quiso que se le conciba de la misma manera como pasó con Uchuraccay. “Inadmisible”. La razón era moral y lo moral es aplicarla así trabajes en una empresa de turismo, enfatiza. Uno tiene una responsabilidad pública. La misma que tuvo Carlos Iván Degregori, recuerda, cuando simplemente contó lo que vio en Ayacucho y generó una interpelación a aquellos que veían a Sendero como una resurrección del mesianismo andino.

El antropólogo escucha, conoce. Hay que emplear útil y políticamente ese conocimiento.

 

VIII

 

Un compañero recién egresado anota para los oyentes:

Hay un sesgo rural hacia la carrera.

¿Cómo mejoramos las competencias en investigación? Los puestos están casi asignados previamente.

Los pagos no son acordes a lo que hace un Jefe de Práctica. En el caso de las ONG’s, cuando sales de campo no te dan seguros y tienes que negociar de manera muy ilógica unos buenos viáticos. Por ejemplo, IEP y Grade abusan de su prestigio en esos sentidos.

¿El Estado actual valora la licenciatura? Con Ollanta al parecer sí, con este gobierno no parece serlo.

Una compañera, sentada adelante, protestó por la falta de politización de la carrera. ¿Qué se hace? ¿Confiamos en el Colegio Público de Antropólogos? ¡La investigación debe de ir de la mano con la política! Cuando hay problemas en el país, ¡a los antropólogos nadie los llama!

Otra compañera atiende el tema de las redes: Sí, eso que dice Raurau es cierto. ¿Pero cómo tejen sus redes los compañeros de Villarreal o San Marcos?

Por ahí otro estudiante observa: ¿algún referente de la carrera que promueva el diálogo que necesitamos?

Me toca: hablo de la Red de Estudiantes de Antropología de Lima, la cual está en proceso de consolidación. Digo que estratégicamente es útil pues nos permitirá, a la larga, una mayor presencia en el plano público y académico. También dije que me preocupaba que una compañera me diga que para formar esa red nadie en Católica se comería ese pleito. Y es curioso, pues exigimos cambios, mas los delegamos. En ese sentido, apunté que cabe esperarse esas actitudes en lo político pues basé mi pronóstico en lo que veo en las clases: se discute poco, la gente está en sus laptops; la mayoría en Facebook…

IX

Se responde en orden. Ana Lucía le dice a Burneo que no concuerda con ella. Piensa que debería haber un mayor diálogo entre la carrera y el mercado. Critica los cursos de Métodos I y Métodos II. Dice que deben mejorarse. Indica también que a nivel de formación de base de datos, estamos en nada. “No se sabe buscar”. En cuanto a la interdisciplinariedad, apunta previamente: ¿Por qué no hablamos? ¿Será que no nos hacemos entender ni con nuestros pares de la academia ni con la gente de a pie?

Sigue Burneo. Observa el cuestionamiento del sesgo agrario. ¿Qué sesgo? Desde hace buen tiempo se ha dejado de mirar el agro. Si bien ella la pasó bien en momentos en que no había mucho control sobre los estudiantes a la hora de que ellos hagan campo (la anécdota del jeep marrón que usaban los antiguos estudiantes para irse de campo se presta para mínimo un libro o una película), le interesa que los actuales estudiantes problematicen su condición laboral. Asimismo, dice que ella pertenece a la generación sin licenciatura. En tiempos de Fujimori, las condiciones laborales eran bieeeen fregadas, remata. Seguidamente, se pasa a la mención de la participación organizada de la antropología. Pero, justamente, a la alumna que habló del rol político de la antropología, la docente le dijo que hay que diferenciar entre “la política” y “lo político”. En su caso, ella no participa políticamente pues por ahora ningún grupo la convence. Sin embargo, puede decir que ante ciertas situaciones, ella emite opinión, y esta opinión es política. Recuerda, nuevamente, el caso de Uchuraccay y el grave silencio de la comunidad “crítica” de su momento. Por ahí pasa a criticar los medios y el control monopólico existente. En cuanto a los institutos de investigación y la formación de redes dijo que caray, que sí, que donde ha estado siempre ha estado acompañada de alumnos de su confianza, es decir, alumnos de Católica. Es sincera la profesora. Más sincera cuando reconoce: “A veces somos parte del problema. ¿Pero cuál es la solución? ¿Cómo romperla? ¿La red? No lo sé”. Finalmente, dice que debemos dejar de ser meramente productores de data.

Comentarios de Torres. Él sí ha trabajado con colegas de otras regiones, tales como Ayacucho, Cusco, Puno. En efecto, hay jerarquías, pero también hay creación de redes entre los colegas. El antropólogo salta nuevamente al pasado e indica cómo en sus tiempos los alumnos, organizados, se dedicaron a estudiar la malla curricular, y se dieron cuenta, maldita sea, que estaba creada en función de los profesores. ¡Habían cursos que se heredaban! Mencionó a Heraclio Bonilla, el historiador de la corriente dependendista, y cómo cuando se fue este, el curso que dictaba dejó de tener razón de ser.

Los derechos deben defenderse, y hacer eso es hacer política-cuenta este antropólogo que en sus años mozos apoyó para expulsar a un mal profesor.

En referencia a la imagen subvalorada, sobre la política, habló del Colegio de Antropólogos. Dejando de lado las risitas que se formaron en algún momento, llamó la atención sobre una inquietante relación: Colegio de Antropólogos – Consejo Nacional de la Magistratura – Selección de altas autoridades nacionales. Dejó la sensación que ambas instituciones jugaban en pared para mantener la corrupción. Por cierto, trascendió que uno de sus ex presidentes, Javier Ávila, resultó expulsado del IEP por plagio hace algunos años. Caso distinto, apunta, el de un Varese o un Chirif, antropólogos funcionarios de Sinamos durante el velascato e impulsadores de leyes en favor de las minorías étnicas de la Amazonía.

Muchos asuntos de por medio. Mucha relación de poder. Mucha política y jerarquía. Cuando le presentó un avance de tesis a Jean Marie Ansión, su asesor, este le dijo: “No publiques esto pues si no, ninguna ONG te contratará”. Mucha política, jerarquía, poder. Mucha huevada.

Así que si a veces no se habla… tal vez también debe ser por cálculo.

Ante todas estas magras noticias, ante todo este poder malhadado presente también en nuestra facultad, una petición lógica:

Se debe hacer la etnografía de la propia facultad.

Arremete contra la PUCP:

La universidad tiene desde años una lógica empresarial, cuando yo esta bandera no estaba –señala la bandera del Vaticano-, tampoco esta otra –señala la bandera del Perú. El Vaticano… ¿Los alumnos se han preguntado sobre la implicancia de esto para su universidad…?

Algunos bajamos los ojos, cobardes, irresponsables…

Debemos salir, ser críticos con el poder. Cuando estaba en noticias SER, quienes me tocaban la puerta para publicar algo eran politólogos, nada de antropólogos. Debemos ser críticos con el poder…

Termina la charla. Afuera se hablará algo de estadística, sobre mejorar su enseñanza en favor del e estudiante. Torres indica:

Pero eso no se soluciona con un curso. Se debe preparar desde Letras.

Crítico, se debe ser pendejo con el poder.

12-05-17

Última revisión: 25-07-17