Mad Max: Fury Road es una película en su propio género, sumida en su propio mundo. Es un producto arriesgado, bestial, siempre impresionante. Puede que George Miller no revoluciona el género de acción, pero bien que se queda cerca. Su filme funciona como una sola carrera voraz y desmedida, una especie de rito salvaje filmado de forma bella. A su modo, a veces torpe y directo, trata de decir algo valioso, de imprimir su filosofía metalpunk, mainstream y progresista en cada toma. No es un remake o un reboot, sino una reinvención, desde la base, de lo que implica la distopía. Y es explosivamente entretenida.

Max deambula por el desierto. Se le ve herido, cabizbajo, subsumido en la culpa. Subsiste en un mundo dominado por maniáticos motociclistas, pandillas violentas y caudillos con poder insuperable. Allí, Inmortan Joe, que domina con puño de hierro La Ciudadela, regulando el acceso al agua y recursos, seguido por numerosos esclavos. Max es secuestrado y llevado a La Ciudadela por Nux, uno de los seguidores de Joe. Es usado como bolsa de sangre para mantener vivo a su captor. No pasa mucho antes de que se desate el caos: Imperator Furiosa, hija de Joe, escapa de La Ciudadela llevándose a las virgenes y futuras madres. Max, decidido a sobrevivir, forma una alianza con Furiosa, a fin de huir de la intimidante caravana de vehículos motorizados que saldrán a su encuentro.

Mad Max no debe dejarte tranquilo. De alguna manera —que resulta difícil de descifrar— nos regocijamos ante una experiencia caótica, desesperada, un frenesí imparable de sonido y color, una revisión catatónica del cine de acción, una persecución que nos deja sin aliento. La estructura del film, por supuesto, parte de lo simple. Una persecución, una pausa. La fórmula de repite. Vehemencia. Caos. La furiosa banda sonora de Junkie XL —que intercala la orquesta con chirriantes sonidos de guitarra— da el ritmo preciso para que lo que se sucede en la pantalla. Miller, por su parte, hecha mano a todo recurso del repetorio: tomas rapidísimas sucedidas unas a otras, zoom ins a los rostros desesperados de los personajes, paneos que atraviesan la coraza de polvo y desierto. La conjunción de música, cámara y montaje parece calibrada de forma riesgosa, como si al mínimo exceso, todo podría salir mal. Al parecer, no es así, o no lo notamos: nos quedamos ante una experiencia ritualista, insuperable.

El ritmo que se mantiene entre las ruinas.

Nos vemos inmersos en un mundo extrañamente bello. Llamémoslo la estética de lo bizarro. Un mundo post apocalíptico tiene la libertad de ser dibujado al gusto de quien lo idea, con tal de ser mínimamente coherente y creíble. Importa, primero, la estética heavy: calaveras, motocicletas, gasolina, música fuerte, fuego y metal. Importan los colores: un naranja saturadísimo en la mañana del desierto, un azul profundo para la noche. Importan los decorados, como una serie B idealizada: cada vehículo, más inventivo que el anterior, es una pieza de arte por sí misma.

A su modo, claro.

Aquí, por supuesto, hay espacio para lo cultural. Un nuevo mundo es una cultura distinta. Los símbolos abundan. La necesidad de esperanza se traduce en religión, y la religión, al parecer, está en la necesidad: se adora al agua, al volante, al mesiánico personaje que provee al pobre de recursos. Los distintivos son diversos: los colores blancos y negros de los devotos a Joe; los tatuajes como métodos de reconocimiento; los ornamentos en cada vehículo.

Dentro de este mundo, lo más fascinante reside en el tratamiento de los cuerpos. Por una vez, los cuerpos abyectos —término referido a lo marginal, lo rechazado “lo feo”— gozan de protagonismo. Inmortan Joe tiene la mitad de su cuerpo cubierto de metales. La mayoría de sus sirvientes tienen alguna anomalía anatómica: carne fuera de lugar, rostros desproporcionados, piel maltratada y parchada como se puede. El hijo de Joe sufre de un extraño enanismo. En este nuevo mundo lo abyecto es visto de forma natural, es insertado en lo aceptable socialmente. Miller no se incomoda al filmarlos. ¿Acaso se aprovecha de estos cuerpos al filmarlos, generando rechazo en la audiencia? Puede que no. A fin de cuentas, el narra el mundo como lo ve. Que no podamos soportarlo, por algún sesgo social y propio, no le es relevante.

Mad Max quiere ser moderna. Ello implica hablar de temas que importan actualmente. Algunos son mejor representados que otros. Algunos se quedan en el cliché: recreaciones comunes de disputas que ya conocemos. Religión y poder en Inmortan Joe. Una lucha feroz por los recursos, tragedia de los comunes llevada al extremo, en la vil manipulación del agua, la gasolina y los cultivos. El trauma frente a la pérdida, visible desde los flashbacks de Max, como una representación del dolor y el post conflicto. Todo esto es aceptable. Mad Max tampoco se esfuerza en decir algo más allá de lo obvio. Se queda una visión intuitiva, prefabricada, fácil de realizar.

Eso es distinto, queremos creer, cuando se trata de las mujeres. Las dinámicas de género en Mad Max, si bien evidentes, son entendidas de forma sutil. Mujeres robustas bombean leche a borbotones. Las vírgenes, de belleza canónica, son dispuestas como objeto de deseo y condenadas a servir como una fábrica de maternidad. La maternidad es pieza de cambio en la crisis: quien tiene la fertilidad tiene el poder. Las mujeres en la carretera, motorizadas y curtidas por el sol, representan la sororidad frente a la desesperación. Quizás el momento más sobrecogedor del film —de tantos qué hay— está en la liberación de las vírgenes: libres de Joe, se arrancan con vioencia los calzones de fierro, símbolo del control de sus cuerpos, de su fertilidad y su sexo. El fierro se queda olvidado en la aridez del desierto.

Las vírgenes siguen su camino.

Pensemos en Furiosa. Ella misma tiene un cuerpo abyecto: sin un brazo, con el pelo a rape y la cabeza teñida de negro, contrasta la belleza canónica de La Ciudadela. Si las virgenes representan la inocencia y la sumisión, Furiosa es evidentemente la femme fatale, la rebelión y la disputa.

Furiosa no tiene que decirnos más sobre sus convicciones: para ella audiencia es evidente. “Redención”, dice Furiosa, en un diálogo que, como otros en el film, está de más.

Por eso, sin duda, lo que más sorprende es su relación con el protagonista. Max no es héroe, ni superhéroe, ni antihéroe: es superviviente. Al parecer, luego de traumas —y frente a un sinfín de amenazas— no hay tiempo para consideraciones morales. Sería erróneo pensar, entonces, que la relación entre Max y Furiosa tiene algo de sentimental, o algún tipo de compromiso ético. No. Se trata simplemente de un vínculo de supervivencia. La supervivencia instintivamente lleva a la confianza. Por eso, su victoria parece inevitable. No es coincidencia que la confianza —a través de la solidaridad, el sacrificio— sea lo que mantiene a la especie con vida.

El final, entonces, llega con moraleja. Enseñanzas aparte, el cierre es agridulce: no sabemos si Furiosa podrá concertar a todas las partes involucradas y crear un nicho de solidaridad y justicia. Queremos creer que sí, pero la realidad dice lo contrario. Nosotros, como Max, dejamos a Furiosa, sus vírgenes y su pueblo, dispuestos a seguir con lo nuestro. Aun así, el corazón sigue bombeando con fuerza, su ritmo sigue descontrolado, y la emoción no se disipa con facilidad. La carrera se mantiene con nosotros. Cosas del cine.