Las películas de John Carney llevan títulos que dejan poca imaginación para el espectador. Si Once (2007) es la historia de un encuentro efímero entre dos músicos irlandeses, Begin Again (2014) es evidentemente lo que su nombre anuncia (la historia de nuevos comienzos) y Sing Street (2016) es, en pocas palabras, la historia de unas cuantas canciones y el barrio en el que estas son concebidas. Esta parece ser la primera pista de un elemento cotidiano en el cine del irlandés: emociones traslúcidas, obvias; conflictos muy vívidos y medianamente creíbles; muchísimo sentimentalismo y aún más melodrama, así como la música. Para bien o para mal, Carney parece tener una misma idea y muchas formas de llevarla a la cabo. Una serie de preguntas invaden su cine. ¿Cómo se llega a concebir la canción adecuada? ¿Cómo se da el proceso de vulnerabilidad y presión que facilita su creación? ¿Quiénes lo harían y por qué?

Tomamos las dos películas más recientes de Carney e indagamos en su significado.

Una canción que salvará tu vida – Begin Again

Begin Again no es una película pretenciosa. No presenta un estilo refinado de filmación ni personajes envueltos en tramas difíciles de entender. No presenta una versión cínica sobre la industria musical y sus crueldades, como muchas otras películas lo han hecho. En contraste, este film va por lo básico: un chico y una chica que encuentran un lenguaje común en la música pop. Dos personas cuya atracción creciente no se manifiesta en actos románticos, sino en noches en vela con un IPod encendido.

La película, que muestra a un productor musical recientemente despedido en su intento por lanzar a una nueva joven cantautora al escenario, funciona a pesar de lo edulcorado de su propuesta, la ausencia de un guion melodramático o una propuesta posmoderna. Y las razones sobran.

La primera razón tiene que ver con el estilo del film. A diferencia de otras películas, en la que los eventos musicales se distancian de la historia principal, aquí la música es la trama. Igual que en Once, Carney prefiere insertar la música en el día a día de sus protagonista, con distintas aristas contrapuestas. La música, como elemento catárquico, se hace presente. La música es la única forma en la que nuestra protagonista puede confrontar la perdida de su novio y su estado de incertidumbre en Nueva York. La música reúne a padre e hija, y a esposo y esposa. La música fomenta amistades y las amarra en el tiempo. La película está llena de esas escenas, a priori vacías, pero con ese poderoso subtexto de fondo: gente que hace música y que la adopta como lenguaje principal.

La segunda razón corresponde más al corazón que a otra cosa. La película sabe jugar bien con nuestras emociones, manipularlos de forma sutil cuando conviene, convencernos de pasar un verano con estos personajes. El Nueva York de medio año, soleado y brillante, es el espacio ideal para disfrutar de sesiones joviales musicales. La química entre los protagonistas es indudable. La selección de escenas de Carney, si bien a veces empalagosa, es lo suficientemente genuina para convencernos de lo que sucede. La actuación de Keira Knightley, honesta, afectiva y muy amable con la audiencia, es el hilo conducto perfecto para lo que se filma.

La tercera razón tiene que ver inevitablemente con la música. Delicadas baladas pop componen la mayoría del soundtrack. Un sonido barroco, pero ligero, imponente en sus letras, pero apaciguado por la gentil voz de Keira Knightley. Baladas que se alejan de la simpleza conceptual del pop tradicional, pero que, a la hora de la hora, echan mano a los viejos trucos (jingles sencillos, coros pegadizos, estribillos fáciles de seguir) que hacen que una canción sea accesible y memorable. Lost Stars, balada principal, es cantada con la dosis adecuada de melancolía y también cierto temor. Love You Like a Fool, quizás la canción más personal del repertorio, parece tan espontánea como cuidadosamente calibrada en menos de tres minutos. Pero la más sorpresiva debe ser Tell Me If You Wanna Go Home, pieza indie rock y folk pop que expone el lado más rebelde y sensual de la música moderna.

Juguemos al rock and roll – Sing Street

Sing Street es un testimonio sagaz y maduro sobre la adolescencia y la identidad. Uno que, como es propio de John Carney, depende más de los personajes y sus acciones cotidianas que de una historia coherente. De todas formas, a diferencia de otros filmes, aquí la trama sí puede parecer algo más cliché, o por lo menos más cercana a ciertas películas ochenteras: un adolescente, Connor, que, sumido en la represión católica irlandesa, decide armar su propia banda de rock y conquistar a una chica.

También podríamos decir que Sing Street es, en pocas palabras, la exploración muy personal de los constantes reajustes y configuraciones por los que pasa la identidad individual antes de afianzarse en las personas. ¿Qué mejor forma de reflejarlo que con música? La alegoría es sencilla: si la música puede definir nuestro estado de ánimo (y nuestra propia evolución), entonces, es a través de la música que encontramos nuestro camino a seguir, o un par de pistas relacionas a este.

Sing Street comienza como una banda de synthpop, con un Riddle of the Model que nos recuerda las delicias del sintetizador propias de Kraftwerk y Ultravox. Es un sonido naive, pop ingenuo y con cierto toque experimental, como una banda que recién germina. Más adelante, en pleno proceso de maduración, la banda pasa de un pop rock suave en Up, hasta un post punk mucho más gótico (y maduro) en A Beautiful Sea. “Uno puede ser happysad (triste-feliz)”, nos dice el film, resumiendo de forma muy astuta el estilo de The Cure y las propias emociones del protagonista.

Más adelante, con un Connor más seguro de lo que siente, la banda presenta su pieza más elaborada (y la canción más accesible del álbum): Drive It Like You Stole It, un pop rock en la tradición de Huey Lewis o el David Bowie de Let´s Dance. Por supuesto, cuando la crisis invade la vida de Connor, y la censura amenaza a Sing Street, la banda coquetea con el rock alternativo y punk propio de la escena underground ochentera. ¿Acaso canciones como Brown Shoes y Girls no nos recuerdan a la música contestataria que, a su modo, daría paso al estilo rebelde de los 90?

Cualquier amante de la música pop en inglés, parte esencial del canon occidental, no puede evitar formar una sonrisa o dos con cada nueva referencia que, lejos de ser parte de un pastiche mal formado, resulta un homenaje genuino a los estilos que definieron generaciones e identidades.

Por supuesto, este experimento solo funciona con personajes relevantes. Connor es un chico cualquiera con problemas cualquiera. Su hermano, voz de la razón rebelde y gurú rock, es un curioso collage de esas “malas compañías” que permitieron a cientos de adolescentes censurados por el sistema disfrutar de la vida y la música pop. Su amor por una chica y el pronto divorcio de sus padres lo fuerzan a madurar antes de tiempo, y a utilizar la música a su favor en el proceso.

¿Por qué funciona? Porque enamora, duele, permanece. Como la música.