Muchos guían sus luchas vitales bajo un medio del cual sostenerse. Para muchos, la afrenta del poder contra los desposeídos, la libertad total, el fin de la opresión, reivindicaciones necesarias, en fin. Para ello se cubren de un arma: el fusil, la palabra, la fe, el sabotaje, el complot, la duda, el miedo, el terror o la amalgama de ellas. Pues, veamos, Javier Heraud- o camarada Rodrigo Machado- le dio otra dimensión a su anhelo: el fusil y la poesía. Javier Heraud, la poesía y el fusil: la misma cosa.

Día cálido como es hoy, nació un poema rebelde. Lima vio a Victoria Pérez Tellería alumbrar a Javier, su tercer hijo. Cualquiera podría pensar que él lo tenía todo, pues residió en Miraflores, estudió en el Markham College, ingresaba luego a la PUCP, una vida sin correrías; no se equivocan, pudo llevar una vida sosegada, sin sobresaltos, pero algo en el interior siempre puede jugar distinto, la formación de la conciencia toma otros caminos, a veces inciertos.

Para ser un guerrillero necesitas sacrificar. El ideal lo condujo al abandono, discernir entre la comodidad o el padecimiento de otros, entre el observador y el actor, entre correr o quedarse. El sendero lo tenía trazado. Se subió al carro menos agraciado, la ruta llena de niebla con una luz en el fondo, la certidumbre de la utopía.

En la Católica quiso estudiar Letras, porque la poesía le había sonreído gratamente: publicó su primer libro a los dieciocho años, fue nombrado “El Poeta Joven del Perú”, antes venía de ser el “Primer Premio de Literatura” en el colegio. No obstante, la Literatura o las Letras, en general,  no son siempre las carreras soñadas por los padres, por eso el guerrillero en ciernes ingresó a San Marcos para estudiar Derecho, para estar cerca del pueblo. Allí vio al país desnudo, lo alimentó también sus tempranas experiencias de maestro en el Instituto Industrial No.24, donde dictó los cursos de inglés y castellano y, en 1960, como profesor de inglés en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe.

Ese sabor agrio de un Perú suturado e incoherente lo llevó de sumergirse en política. No tardó en inscribirse, el 16 de enero de 1961, en las filas del Movimiento Social Progresista (MSP), de tendencia Social – Demócrata. Con ellos participó en diferentes causas, la más notoria fue la marcha en repudio a la visita de Nixon al Perú, en ese momento Vicepresidente de EE.UU. En paralelo, publicaba “El Viaje” un conjunto de celebrados poemas.

Visitar Moscú invitado por el Forum Mundial de la Juventud, fue un punto de inflexión ideológica de Heraud. Aprovechó el tiempo por esas tierras, entre julio y octubre del 61, visitando Asia, París (específicamente la tumba de Vallejo, de allí el poema que revisa esa visita titulado “En Montrouge”) y Madrid. La efervescencia de esos tiempos de revolución soviética y el auge del comunismo  adoptó la pulsión del poeta por cambiar la realidad peruana, era preciso empezar a luchar como ellos, usar la violencia con fines límpidos.

Regresar a Lima después de esa travesía significó algunos virajes. En 1962 la renuncia al MSP, alegando: “Es el planteamiento falso de este llamado “socialismo humanista” lo que está condicionando toda la marcha del Movimiento y lo lleva a una praxis equivocada. Yo no creo que sea suficiente llamarse revolucionario para serlo…”. Sentenciaría así: “De ahora en adelante, me enrumbaré por la ruta definitiva donde brilla esplendorosa el alba de la humanidad.” Se refería a la revolución armada, en él, la genuina lucha.

Ahora con una beca, esta vez para estudiar cinematografía, enrumbó a Cuba. Fue un viaje semi clandestino con paradas en Chile y Bolivia. En el primero logró contactarse con jóvenes comunistas con los mismos propósitos y logró entrevistarse con Allende quién luego alcanzaría a ser presidente de la nación del sur.

Ya en Cuba curte su formación comunista mientras estudia cine, participa en círculos literarios, y no deja de escribir poesía con el seudónimo de “Rodrigo Machado”. Allí se encontró con Castro, símbolo incuestionable de la victoria contra las manos opresoras del poder corrupto. Javier Heraud, o Rodrigo Machado, creía que levantarse en armas era la única forma de volver a las tierras sometidas en libres, en un carta que le dirigió a su madre en Lima comentaba su admiración por el logro cubano y , por el contrario, su tristeza de saber que el Perú se sabía ahogado por los golpes de estado.

Con la convicción ganada en La Habana, regresó al Perú a través de La Paz con un grupo de guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional del Perú (ELN), arengaban provocar la guerra contra el imperialismo (poema “Explicación”), Rodrigo Machado se adelantaba en el grupo. De esta manera entran al país, se organizan con otros comprometidos, avanzan así luego por la selva. En una reunión de planteamiento fueron descubiertos por la Guardia Nacional. En un incidente que no queda claro, murió un miembro del orden. Posteriormente, huyen usando sus armas, los fusiles que ya eran parte de su cuerpo. Javier Heraud toma una canoa, se adentra en el río Madre de Dios y, entonces, la premonición de un poema:

(…)

Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre pájaros y árboles.

Una bala perforó, desde la orilla, su cuerpo. Murió el poeta pero la muerte cuajó al héroe, dejó  su triste placer de olvidar a los mortales con su manto oscuro del tiempo. Pues al fin y al cabo, Javier Heraud –Rodrigo Machado-  se burló de la muerte, le mostró los dientes recios en una sonrisa desbocada. Javier Heraud, joven y decidido, dejó un canto, un poema y la rebeldía de quien sigue la línea recta del ideal más fuerte que uno mismo, más fuerte.