Hace un buen tiempo, una chica compartió un post en Facebook denunciando a su ex pareja. Los hechos narrados ocurrieron un año antes de que la chica denunciara estos actos y, además, la denuncia fue hecha en un contexto bastante particular. En base a ello, pensaríamos – yo también me incluyo – que sus declaraciones fueron exageradas, fuera de lugar y, probablemente, tenían como finalidad desacreditar a esta persona.

El anuncio de la marcha Ni Una Menos, del 13 de agosto pasado, fomentó que muchas mujeres compartieran sus testimonios de violencia tanto verbal, física y simbólica a lo largo de su vida. Muchas, que jamás habían contado nada de esto en su vida, lo hicieron. Esto promovió que muchas otras también lo hicieran, al punto de que nos dimos cuenta de que todas habíamos sido violentadas en algún momento de nuestras vidas, y fuimos conscientes del círculo de violencia en el que vivíamos.

En ese contexto, me vi inmersa en una situación de conflicto conmigo misma. Hacía mucho había juzgado a una persona por denunciar los actos violentos un año después de haberlos sufrido. Incluso, había hablado de lo exagerado que me pareció dicha reacción. Sin embargo, al leer los testimonios, caí en la cuenta de que el proceso de aceptación de lo sucedido y la posible denuncia de esto – ya que esta es una opción personal – es largo y complejo. No es algo que podamos y debamos hacer inmediatamente. Toma tiempo, y el juzgar a las demás por ello, juzgarlas porque no lo hicieron en el momento en el que nosotrxs creemos es el correcto – ya que si es después entonces pierdes credibilidad – juzgarlas porque pensamos que su denuncia es desmesurada o que no hay pruebas suficientes que respalden sus palabras, al hacer esto, estamos cayendo de nuevo en el círculo de la violencia, en esa violencia que quizás no mata, pero sí lastima. Darme cuenta de que mis comentarios alimentaban este círculo al cuestionar la credibilidad de la denuncia de esta persona –debido a que había pasado un año, no había pruebas “reales” y el contexto era bastante dudoso – me hizo auto-cuestionarme y replantearme muchas cosas que hoy en día ya no comparto e incluso discuto.

Hace unos días vi un artículo que deslegitimaba las denuncias que muchas mujeres publicaron en Facebook hacia Gustavo Faverón alias “defensor tenaz de libertades y causas que millones de nosotros compartimos”. Este artículo es, en mi opinión, sumamente violento, dado que no sólo trata de desacreditar a mujeres apelando al “fanatismo feminista” y comparándolo con el musulmán, sino que además, busca desmerecer el efecto que ha tenido este movimiento en muchas mujeres: la visibilización y empoderamiento de estas a través del diálogo que se ha creado en las redes, la prensa, las conversaciones cotidianas, los espacios políticos, etc. María Luisa  Del Río critica lo exagerada que son estas mujeres, critica el que hablemos, el que nos quedemos calladas. Para ella, estas denuncias son un trampolín a la fama. La poca seriedad y el respeto hacia ellas se debe a que estas mujeres no lo “eliminé o bloqueé a la persona no deseada”. Ella ha nacido en Lima, ella conoce el acoso y, por eso, ella puede emitir estos juicios hacia muchas.

El efecto Faverón hace una comparación entre la sociedad peruana y la alemana. Señala que en Berlín “el concepto de tolerancia se ha ido a un extremo tal que algunas comunas empiezan a prohibir las playas de nudistas por tratarse de una costumbre que ofende a los musulmanes. Y este es el punto que todos debemos lamentar: esa necesidad de seguir al pie de la letra una premisa como la tolerancia, al punto que hay que tolerar, también, el fanatismo del vecino.” Posteriormente, vuelve al caso peruano y dice lo siguiente “Llevar la extraordinaria y urgentísima tendencia del #NiUnaMenos a un extremo fanático podría derivar en una contramarcha asfixiante, como la de las comunas de Berlín prohibiendo a su propia gente bañarse calata en un lago.”

Lo que ella ignora – y francamente me desagrada – es que la sociedad europea y la sociedad latinoamericana son bastante distintas. Para empezar, los programas para integrar a poblaciones vulneradas en Europa, surgen a partir de las masivas y constantes migraciones de los territorios aledaños. Lo que buscan es incorporar a estas sociedades dentro de la ya existente respetando sus diferencias. Por otro lado, las sociedades latinoamericanas son sociedades postcoloniales. En ellas, lo que se plantea es “cómo concebir y generar formas de organización política y de convivencia intercultural basadas en el reconocimiento de la diversidad, la inclusión socio-económica y  la participación política de los grupos culturales originarios secularmente postergados.” (Tubino). De modo que, a diferencia de las sociedades europeas, las latinas buscan construir modelos que integren a las sociedades existentes desde antes de la época colonial, es decir, a sociedades que han sido sometidas y marginadas a lo largo del tiempo. La comparación que hace la autora del artículo entre ambas sociedades – y ambos tópicos – es incompatible. Una cosa es el supuesto “extremismo” generado por una medida que busca integrar a sociedades migrantes mientras que otra, es hablar del supuesto “fanatismo” que ha “desatado” Ni Una Menos en una sociedad en la cual seguimos teniendo problemas en integrar a poblaciones sometidas desde tiempos coloniales donde las mujeres, no son la excepción.

Asimismo, Maria Luisa señala que las tradiciones musulmanas, y en particular la tolerancia, está haciendo que muchas personas dejen de hacer ciertas cosas para no trasgredir o alterar ciertas creencias y, de esa manera, esta supuesta tolerancia limita las libertades del otrx. No entiendo desde qué punto de vista esto puede ser comparable con hacer público el acoso. En otras palabras, ¿el señalar e identificar a nuestrxs agresorxs está limitándolxs? ¿Debemos interpelarnos por el hecho de que Gustavo Faverón tenga que “soportar” el “fanatismo” las mujeres que tomaron el screenshot? Francamente, considero que su comparación no es para nada asertiva y sí bastante indignante.

A pesar del lamentable artículo, hay algo que me parece aún más doloroso: la considerable cantidad de personas que respaldan esta postura. No se trata de Faverón, se trata de cómo solemos ver a los victimarios como – una vez leí en Facebook y suscribo – monstruos o villanos, como personas que salen de lo común, como unos cuantos casos aislados. Los victimarios son personas tan comunes como nosotrxs. La violencia está en lo cotidiano, disfrazada – incluso – en aquellas personas con una supuesta moral intachable, pensemos, por ejemplo, en los sacerdotes y los numerosos casos de pedofilia y violaciones sexuales encontrados en diversas diócesis. Tampoco se trata de que hay que creerlo todo. Si bien es cierto que hay casos de denuncias falsas u oportunistas, estas no necesariamente están vinculadas al hecho de que sean screenshots.

Asimismo, tampoco se trata de desacreditar a las mujeres porque no hicieron lo que nosotras haríamos. Muchas veces, nos acostumbramos a normalizar y asimilar conductas violentas. Darnos cuenta de la violencia a la que estamos sometidas es un paso muy grande y toma tiempo aceptarlo. Claro, que lindo el comentario de María Luisa y todas las que dicen que si te acosan en Facebook lo bloqueas y ya está. Tan simplista y egoísta como muchos de los comentarios etnocentristas vigentes en nuestra sociedad actual.

¿Habrá sido mejor seguir calladas o vale realmente la pena animarse a denunciar para ser juzgadas de la manera en que TODAS las mujeres hemos sido, somos y seremos? Calladita, más bonita.