Bullanga y baile

Entre invitados intrusos supe que mi rabia tendría que aspirar escondida, mi tobillo lastimado tras la falda larga  que mi suegra había dispuesto para cubrir “esas partes”. Eran las bodas de oro de los papas de Pedro, mi esposo, quien aún hacía ansiada su llegada ¿Qué sería ahora? ¿Tráfico maldito? ¿Montañas de informes aduaneros? ¿Las caderas desnudas de la practicante?

Los bailes andamiosos empezaron. Ancianos se dirigían a la pista cansados. Conté casi catorce pares de ojos alicaídos. Es una paradoja mirar sus pupilas, pues, te transmiten extinción a pesar de estar llenos de vida, repletos de esta, miles de recuerdos y más momentos. Tal vez están hartos de vida, sus ojos solo llaman a terminarla, y son estas danzas fúnebres para recordar, tantos dineros, hijos, hechos, maldades,  que son ahora dama cogida de la cintura carcomida, y varón conduciendo el baile con palmas de pliegues apiñados. Eran catorce los tíos de Pedro, pero una pareja todavía tenía que llegar.

Las masas sexagesimales padecían ritmos que tal vez ni percibían del todo—Antonia, hijita, ven con los tíos de Pedro que acaban de llegar, están ahí la esquina de la sala. Dale el niño a la chacha—. al mando instante de mi suegra, solté a Sandrito, se deslizo sin muchos amarres de mi brazo. Ya no sentía las juguetonas manos de mi hijo halando mi sastre para quedarse, eran unas garras las que ahora si conseguían moverme, mi suegra, muy firme, con paso mortal y fino me hacía cruzar entre los vetustos bailarines. La necesidad de auxilio me invadió, la presa era hecha rastras de camino al desnuque.

A pasos extras de abordar a la pareja, un último juicio me asalto con seguridad, la misma con la que zafé mi codo  de las ventosas que me tenían. Pensé en España, mecer a mi hijo en tierras andaluces, calentar la estufa en la podrida habitación o tomar el sol en el balcón descalza con el tobillo ocioso que nunca se hartaba de un poco más de bronceado, ese que ahora lo tatuaron de costurón profundo, ejecutado por el mismo ausente sobrino de los invitados principales. También estuvieron en Cádiz la noche que casi me arrancan una pierna, estuvieron y más, no dieron ni chispa de rechazo al acto, solo dejaron mi lacrimoso cuerpo en el hospital cercano y regresaron días después.— Buenas noches señor Braulio, señora Irma, Pedro aún no llega pero pueden pasar al cuarto a convidar un vinito ¿Cómo les fue en el viaje a África? —. Alguien tocó el timbre, lloré.

Lu Ramos

Aymuray, Arequipa, 19 años

 

 

Moneda


Una cara tiene la moneda,
otra cara tiene la moneda,
se puede ser una cara de la moneda.


¿Una cara con 5 vale?
Seduce 5, compra cinco.
Pero si no hay la otra cara,
no es moneda, es cara.


¿Y el escudo es cruz o sello?
Vale el escudo o no vale,
No tiene un 5.
No vale pero es cara.


Una cara no ve a su igual,
es ciega, o está perdida.


Una cara no vale un cielo,
dos caras valen 1 sol,
una cara no vale 50 céntimos.


Ninguna de las caras de la moneda.
¿Se puede ser el filo de la moneda?
Las dos caras de la moneda,
o ninguna.


Se puede ser tan delgado,
se puede ser tan irrelevante,
se puede ser la unión.


No tener privilegios,
no tener quebranto.
¿Se puede?
¿o no se puede?

 

Valentina de las Casas

PUCP