La alarma del despertador no deja de sonar. Su incesante melodía es señal de que mi día tiene que empezar. Al igual que muchos universitarios, a causa de lecturas y trabajos, me encuentro totalmente fatigado. Así somnoliento prendo el televisor con la intención dispersar la sensación de cansancio. Veo la pantalla y una noticia me despierta de golpe: “Después de años de conflicto entre bancadas, por fin se llegó a un acuerdo en relación a la elección de las personas que debían ocupar los cargos concernientes a la  Defensoría del Pueblo, Tribunal Constitucional y Banco Central”. Luego de un alturado debate, los parlamentarios dejaron de lado la angurria de poder al entender que los intereses del país siempre deben estar por encima de las ambiciones personales y partidarias. En ese sentido, no dudaron en escoger a la persona más apta, más allá de su color político o afán por repartirse las plazas.

Alegre por la lección de civismo que acababa de contemplar, me encontraba presto para dirigirme a mi centro de estudios. En el camino, me detuve a observar los titulares de los periódicos. Todos ellos resaltaban lo siguiente: “Poder Ejecutivo desiste en sus intenciones de retornarle la categoría de obligatorio al servicio militar, en caso no puedas pagar una boleta universitaria, o en su defecto, una multa de casi dos mil soles. En lugar de ello, gracias a que el Ministerio de Economía aprobó la partida de dinero, la cual garantiza que las personas que desean servir a su país, reciban un sueldo honorable y no una “propina”, así como también condiciones dignas de alimentación, educación y vivienda, el presidente Humala afirmó que “se ha dado un gran paso para solucionar el déficit de voluntarios”. El hecho de que tus padres no tengan dinero, esta vez, no sería causal para que seas incluido en un sorteo con otras personas de tu misma condición económica”. Dos buenas noticias en un día, no podía creerlo.

Al llegar a mi universidad, mis compañeros me dieron otra sorpresa: “Las autoridades acusadas de corrupción habían sido relevadas de su cargo. En su lugar, la nueva directiva anunciaba que invertiría el dinero obtenido del canon minero en obras de infraestructura y en la promoción de investigaciones científicas”. Por fin dejaríamos de estudiar en aulas sin techo y con paredes hechas a base de madera triplay, por fin tendríamos los laboratorios necesarios para desarrollar tecnologías que permitan contribuir al progreso de nuestro país. Ni la corrupción de las altas esferas universitarias, ni la burocracia estatal acostumbrada a ralentizar los procesos de inversión, serían impedimento para que los jóvenes podamos formarnos como buenos profesionales. “Dentro de algunos años, tal vez, ya no será del todo imposible que una universidad peruana esté entre las 500 mejores del mundo”, pensé.

De regreso a casa, el niño que acostumbraba vender caramelos en la pista, ya no estaba vestido con los harapos de siempre. Más bien, él portaba un impecable uniforme escolar. Me dijo que el Estado tenía como objetivo dejar de ser el país con la tasa de trabajo infantil más alta de la región. Además, se estaban implementando una serie de reformas que nos sacarían del hoyo que nos sindica con el hecho de ser el país con más analfabetos funcionales del mundo. Ya en casa, recostado en mi cama, recordé las gratas noticias que había recibido en tan corto lapso. Todas serán señal de que el país estaba avanzando, de que nos estábamos convirtiendo en una sociedad más justa, más humana. Permanecí ensimismado en mis pensamientos, hasta que el incesante ruido de mi despertador comenzó a sonar. Me encontraba más fatigado que de costumbre, procedí a prender el televisor. El presidente Humala se encontraba dando una entrevista, y dijo: “Propongo a los medios de comunicación transmitir 15 o 20 minutos de buenas noticias, para que las podamos presenciar con nuestros hijos”. Somnoliento, pensaba si es que todos los gratos momentos habían sido parte de un sueño o si  aún me encontraba en trance, mejor dicho, en una pesadilla; sólo así podía explicarme que el presidente de mi país creyera que en el Perú existiesen tantos motivos para alegrarse, como para poder ser transmitidos en 15 0 20 minutos al día.