Desolación, desesperanza: quizás la sensación por excelencia en los cuentos épicos, el camino de expiación del héroe mientras se enfrenta a lo desconocido. Desolación al enfrentarse a la indomable naturaleza, a poderes desconocidos, todo, sin embargo, por una causa superior. A la larga, el origen parece ser el mismo: la búsqueda de gloria, la necesidad de consagración. Parece, entonces, que la necesidad de trascendencia —poder subsistir al paso del tiempo, a la propia muerte— es capaz de hacerle frente a todo tipo de peligro. Werner Herzog, sin embargo, no destaca por cuentos cualquiera. Su cine no edulcora ni inspira, sino que, a su modo, sirve para diseccionar aspectos inquietantes de la naturaleza humana y las peripecias surgidas por ellos. Su cine es épico, casi fantástico, pero sin finales felices.

En Aguirre, la cólera de Dios, las reglas de juego se mantienen. Sigue habiendo un héroe y una causa superior a la finitud de su existencia; siguen existiendo el confrontamiento hombre-naturaleza y el deseo -en este caso, la sed de oro- que no es fácilmente satisfecho. El “héroe” es el conquistador Lope de Aguirre, bosquejado como un personaje definitivamente shakesperiano: despótico, egocéntrico y dispuesto a maquinar contantes complots para adueñarse del poder. La causa, una expedición de la corona española para hallar al Dorado, mística ciudad prehispánica. Era esperable que, enrolado en tan agreste empresa, Aguirre no diese su brazo a torcer.

Esta premisa sirve con un propósito mayor: diseccionar la grandeza, la ambición desmedida que corrompe y que, indudablemente, nos lleva a la obsesión. Estamos ante un elemento que, pudiendo ser ventaja o maldición según cómo se mire, se no es irrenunciable. Ya hablábamos antes de la necesidad de trascendencia; pues bien, parece que es así cómo se materializa. En el egoísmo. Cada personaje en Aguirre, a su estilo, parece contaminado por esta misma ambición. Todos los transportados al “nuevo mundo” quieren sacarle provecho a esa tierra virgen: los españoles del montón buscan hacerse ricos; las mujeres buscan contentar a padres y maridos; los frailes buscan impartir el evangelio a cómo de lugar; los devotos a la corona quieren expandir el reino tomando posesión del supuesto “Dorado”.

El filme lleva esto hasta lo grotesco: vemos como el “rey” de esta nueva tierra, proclamado un par de días atrás, disfruta de un almuerzo desmedido, mientras que los demás españoles —antes “iguales” a él— sufren por el hambre. Esta misma disposición del poder se refleja entre españoles o indígenas: para Aguirre como para sus seguidores, los indígenas son piezas intercambiables, meros utensilios en la búsqueda del nuevo mundo. En numerosas escenas, los indígenas son sacrificados: son carne de cañón, casi esclavos, aquellos cuya muerte no se lamenta.

Vemos cómo la trascendencia despierta a la ambición y la ambición desata al ego. Y el ego se enfrenta a la miseria, al embiste de la naturaleza. De a pocos, atestiguamos cómo Aguirre va dejando las pretensiones terrenales —dinero, comodidades, poder— por un deseo metafísico, excepcional: convertirse, a su modo, en una deidad. No sabemos si es producto del delirio —luego de días de hambruna, sufrimiento y desastre— o si es que el camino ya estaba antes trazado, si es que en tan feroz lucha de egos —todos deseando poder — solo se puede destacar siendo Dios. Más que evangelizar, Aguirre quiere imponer su propia religión. Su culto.

Aquí somos testigos del último paso en la búsqueda del ego: la lucha contra el origen, contra la propia creación. Así como el capitán Ahab buscaba capturar lo indomable —representado por Moby Dick— así Aguirre quiere vencer a la naturaleza y, con ello, derrotar a quien mueve sus hilos. La cólera de Dios, entonces, es la reacción natural del creador frente al desafío de sus súbditos, o así lo entiende Aguirre. Su reacción, sin embargo, no es la del devoto arrepentido, sino la del feligrés pródigo, rebelde, alguien que, con cada nueva peripecia en su camino, aumenta su resentimiento y sigue retando a su espíritu.

Para narrar esta caída a las tinieblas, destaca el estilo. Herzog prefiere forzar el contraste: hiperrealismo versus realismo mágico. Se prefiere una estética sencilla, casi sin detalles: se nos arroja a la selva peruana solo con un par de cámaras y actores vestidos a la época. Es un estilo que roza la no-ficción: la cámara desnuda, el ritmo tan lento, los planos cercanos a rostros y manos, la ausencia de sonidos; todo sugiere realidad, poca ficción y menos fantasía. Sentimos el dolor en nuestra propia piel, nos vemos directamente inmersos en este infierno.

Así, Herzog expone que la tragedia, incluso cuando trasgrede todo límite esperable, sucede de forma cotidiana, inevitable; es como cualquier otro hecho. Reduce el carácter “extraordinario” del infortunio, le reduce singularidad al fracaso: lo hace común. Estamos acostumbrados a que el cine nos manipule, a que nos avise mediante elementos reconocibles en qué momento la historia sufrirá un giro irrevocable: se aumenta la música, se tienen escenas de transición, se enfoca el rostro contrariado del protagonista.

Aquí no hay nada de eso. Aquí la muerte es una escena más, la tragedia aparece de pronto, sin bombos ni platillos, y empieza a degradar al espíritu de los sobrevivientes.

He ahí la confrontación: la selva, de a pocos, empieza a engullir a sus protagonistas; lo desconocido termina por vencer a los “héroes”, todo, de forma  surrealista, inesperada. Realismo mágico en la medida que lo fantasioso está naturalmente inserto con lo real. Aunque la estética parezca realista, no es así lo que vemos en la pantalla: delirio, locura impotente, extrañeza. En la selva, no se distingue sueño —pesadilla— de realidad. La lentitud del film, su ritmo soporífero, hacen que tales visiones se extiendan. La música gutural, como anunciando la entrada al infierno, también lo consigue. Aguirre y su tripulación pierden la guía. El trabajo inmersivo de Herzog rinde sus frutos: nos vemos igual de atomizados por el calor, rendidos por la sed, desesperados.

Así, sobre una balsa, el ego decae. Dios vence al hombre.